Maniobra indigna

Hablan pacientes de psiquiatría que han sido atados: "Es una tortura injustificada"

Pacientes de psiquiatría que han sido atados como maniobra de contención

Pacientes de psiquiatría que han sido atados como maniobra de contención

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Michele Catanzaro
Michele Catanzaro

Periodista

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Daniel, Marta, Edgar y Enrique, cuatro pacientes de psiquiatría que han sido sometidos a contención mecánica, cuentan a EL PERIÓDICO su experiencia y censuran -al igual que la OMS- esta práctica extendida. Una técnica que divide a profesionales entre quienes creen que debe reducirse progresivamente y quienes optan por su abolición.


Daniel López (Badalona): "Te hacen ser sumiso"

Daniel López fue sometido a contención mecánica


/ CEDIDA

Cuando a Daniel López lo ataron a una cama en una unidad psiquiátrica de Murcia, sabía lo que le esperaba. En un ingreso anterior había pasado una noche de insomnio escuchando los gritos de ayuda de otro interno que estuvo atado hasta la mañana.

Daniel explica que entonces tenía un trabajo estresante, como coordinador de prevención de riesgos laborales. Un día le dijeron que debía someterse a una operación de corazón, y fue la gota que colmó el vaso. Empezó a tener brotes psicóticos en los que percibía que estaba a punto de morirse.

Durante un ingreso, sufrió uno de esos ataques y fue a pedir ayuda. El personal, que según relata Daniel estaba tomando un café, no le hizo el menor caso. En ese momento, dio un puñetazo sobre la mesa. La reacción fue llevarle en volandas a una habitación especial, donde le ataron hasta la mañana siguiente. «No creía lo que me estaba pasando –rememora–. Solo habría hecho falta que alguien me dijera: ‘¿Qué pasa, Dani?’. En vez de gritar, me dio un ataque de llorera. Me sentí como un niño indefenso, impotente, desamparado. Pasé del miedo a morir al deseo de morir»

Daniel afirma que le dejaron allí y, a lo sumo, abrían la puerta de vez en cuando para ver si estaba vivo. A la hora del desayuno, una auxiliar le desató una mano para que pudiera comer solo. En los ingresos sucesivos, empezó a alertar a otros internos que se peleaban, que por mucho menos les podían atar. «Te hacen ser sumiso», concluye. «Una intervención inteligente sería escuchar, mediar, acompañar. A veces basta algo tan sencillo como decirte: ‘Tómate un vaso de agua’».


Marta (Madrid): "Atarme era un castigo"

Marta, con diagnóstico psiquiátrico, fue sometida a contención mecánica

/ CEDIDA

Marta [prefiere no revelar el apellido] lleva desde 2014 sin ingresar en una unidad de agudos psiquiátricos. Cuando le vienen pensamientos suicidas, recurre a una red vecinal, de afectos y de otros pacientes que le ayudan a superar esos momentos. No quiere volver nunca más a estar atada, como lo estuvo en casi todos los siete u ocho ingresos que tuvo desde su primer diagnóstico, a los 16 años, después de sufrir un intenso acoso escolar

Durante esos ingresos, Marta pedía hablar con alguien cuando se encontraba mal. Pero enfermeras y auxiliares siempre estaban ocupados y le decían que reclamaba demasiada atención. Para sobrellevar la angustia, se encerraba en el lavabo y se daba bofetadas. Otras cosas que podía hacer en casa, como rasgar ropa, romper papeles viejos o cantar con ayuda del karaoke, están prohibidas en las unidades psiquiátricas. «Mido un metro y medio y no me ponía en riesgo», recuerda Marta. No obstante, bastaba con que escucharan el ruido, o incluso vieran una mejilla enrojecida, para que la ataran durante horas, incluso días enteros. «Atarme era un castigo», concluye Marta. 

En una ocasión, incluso amenazaron con hacerlo porque se levantó demasiadas veces para ir al lavabo de noche. «Los profesionales de la salud mental han conseguido que tenga pánico a los hospitales; desde luego para mí no son una opción», constata. Eso, que le ocurre a muchos otros pacientes, representa un riesgo añadido, según Marta. «Yo tengo una red de vínculos a los cuales puedo pedir ayuda. Pero me pregunto: ‘¿Cuántas personas que no la tienen habrán muerto por miedo a acudir a espacios sanitarios?’».


Edgar Vinyals (Barcelona): "Esta práctica es un peligro"

Edgar Vinyals, persona con diagnóstico psiquiátrico y activista contra la constricción mecánica de los pacientes

/ Simone Boccaccio

Tras cuatro ingresos en unidades de agudos psiquiátricos en los cuales le ataron a una cama, Edgar Vinyals se plantó. Tras la contención mecánica que sufrió en 2019, denunció al personal implicado por agresión y por incumplir sus propios protocolos. Según el relato de este barcelonés, quienes le ataron no eran personal calificado, sino vigilantes de seguridad del centro, que emplearon un exceso de fuerza

En una de las contenciones, cuenta que se le aplicó una sedación muy fuerte, que lo dejó dormido durante horas y horas después de la agitación inicial. «El supervisor me encontró desnudo y con orina en la cama», recuerda. «Cuando te atan a una cama es porque antes han fallado otras muchas cosas», afirma Edgar. «En una situación de agitación, necesitas descansar, estar en un espacio cuidado y seguro, acompañado, que favorezca digerir una cuestión emocional muy intensa. Cuando te atan no ha habido un abordaje cuidadoso a nivel emocional ni psicológico», expone el barcelonés. 

Edgar relata también los riesgos de daño físico que lleva aparejada la contención mecánica. «Lo justifican porque eres un peligro, pero es esta práctica la que representa un peligro de lesiones», observa. Edgar tiene un diagnóstico de estrés postraumático por esas experiencias. «No puedo aceptar que me aniquilen por mi bien y por mi salud», afirma. La posibilidad de solicitar ingreso domiciliario con personal de apoyo es algo que todos los pacientes deberían conocer, dice. Otro instrumento a disposición son los documentos de voluntades anticipadas consensuados con los médicos. 


Enrique González (Tenerife): "Es una tortura injustificada"

Enrique González, paciente de Tenerife

/ CEDIDA

En 2020, Enrique González llamó a una ambulancia para que le llevaran a urgencias psiquiátricas. Había salido de otro ingreso 15 días antes y sentía que no estaba bien: podía ser el inicio de un brote psicótico, de los que sufre desde los 19 años. En la ambulancia colaboró con el personal y entró en urgencias sin resistirse. Entonces, le llevaron a un cuarto y le dijeron que se quitara la ropa para cambiarse. Enrique, que se sentía bloqueado, empezó a desvestirse lentamente. Entonces se le echó encima un guardia de seguridad, y le ataron a una cama. Allí estuvo cuatro días seguidos, con pausas solo para comer y ducharse. 

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«Te ves sometido a una tortura injustificada. Yo no quería hacer daño ni a mí mismo ni a nadie», afirma Enrique. La primera causa de la maniobra, opina, es la falta de recursos. «Tienen miedo a que las personas se vayan [de urgencias] y no tienen personal suficiente ni lugares habilitados para el proceso que está viviendo la persona», explica. Y la segunda causa, prosigue Edgar, es el estigma. «Cuando un paciente ingresa en urgencia se avisa el personal de seguridad directamente porque se considera una persona violenta», afirma el tinerfeño. 

Las consecuencias son devastadoras. «Es como si una persona que sufriese un infarto le dijeran en urgencias que, para que mejore, tiene que ponerse a correr en una cinta de gimnasio. Si a una persona se le abandona en un cubículo durante horas sin ver a un psiquiatra o a otro tipo de personal, obviamente su crisis puede hacerse más grave». En el largo plazo, siente que la contención mecánica le ha causado temor a ir a urgencias y una inseguridad que le acompañará el resto de su vida.