Drama incesante

Trabajo infantil: la vergüenza de cada día

Nader, de 15 años, trabaja con maquinaria peligrosa modelando piedra en Arsal, Líbano

Nader, de 15 años, trabaja con maquinaria peligrosa modelando piedra en Arsal, Líbano / LUCAS VALLECILLOS

  • La pandemia ha provocado un incremento de la explotación de menores, tras más de dos décadas de descenso

  • Con motivo del Día contra el Trabajo Infantil, viajamos al Líbano, donde el covid, la guerra sin fin en Siria y la emergencia que abrasa el país han abocado a miles de niños refugiados a malvivir por sueldos de miseria

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Lucas Vallecillos

Los refugiados del Líbano –abrasado en una crisis humanitaria, sanitaria, económica y social– han visto recrudecer su extrema precariedad. Tras 10 años viviendo en la improvisación y agotados todos sus ahorros, las familias desplazadas cada vez tienen menos recursos, están más endeudadas y se ven abocadas a enviar a sus hijos a trabajar. Por supervivencia familiar, y también porque el cierre de escuelas debido a la pandemia, junto a la imposibilidad de seguir clases 'online', los han convertido en mano de obra disponible para ser explotada. Unos 19.500 niños y niñas están empleados en la construcción, los mercados, los servicios y la venta ambulante con salarios de miseria y sin seguridad.

Los encuentras nada más poner un pie en el centro de Beirut, en emplazamientos icónicos como la calle principal del barrio de Hamra, en los semáforos frente a la Casa Amarilla o en Corniche. En este último espacio urbano, Ravaw y Raf, dos niñas de 12 y 9 años respectivamente, venden flores desde las ocho de la tarde hasta las tres o las cuatro de la madrugada para ganar unos 3 euros al día. Llegaron hace un mes al Líbano con sus padres porque «no había trabajo en Siria».

Ahmat, refugiado sirio de 11 años, en un taller mecánico en Arsal, Bekaa Valley, Líbano

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Desafío social y político

Un poco más adelante, venden globos con luces led Abed, de 11 años, que además trabaja de día como costurero –«si regreso a casa sin dinero mi padre no me deja entrar», afirma-; Ali, de 15 años, que es el único de los tres que iba a la escuela hasta la llegada de la pandemia; y Kasem que, a pesar de tener 12 años, trabajó antes un año como mecánico y otro, en una cafetería.

«Según estimaciones gubernamentales, el Líbano alberga a 1,5 millones de personas que han huido del conflicto sirio. Es la mayor concentración per cápita de refugiados del mundo. Son el 25% de la población libanesa. Esta situación sostenida durante 10 años ha generado un gran desafío social, económico y político para el país», apunta Castro Abdallah, secretario general de la Federación Nacional de Sindicatos de Trabajadores y Asalariados del Líbano. El paro ha aumentado y los servicios públicos de un Estado en el que sus 4,5 millones de habitantes viven por debajo del umbral de la pobreza están saturados, lo que genera tensiones sociales entre las comunidades de acogida y los refugiados. Estos últimos se siente cada vez más estigmatizados. «Los sirios aquí no somos nada –se lamenta Moussa, que llegó en 2012–. Sentimos la presión de todas partes, y no hay trabajo».

Ravaw (a la derecha), de 12 años, y (izquierda) Raf, de 9, vendiendo flores durante la noche en Beirut.

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Primer día de trabajo

El país está sumido en la peor crisis desde la guerra civil (1975-1990) y la juventud se alza contra un sistema perpetuado por la élite en el poder que considera caduco, corrupto y sectario. Desde el 4 de agosto de 2020, cuando dimitió Hasán Diab por las explosiones del puerto de Beirut que dejaron más de 7.000 heridos y 200 muertos, los partidos políticos son incapaces de formar gobierno y ese impás está retrasando las ayudas del FMI y los apoyos de la comunidad internacional para desatascar el colapso político, económico y social. En este panorama, agravado por la crisis sanitaria que vive el país, el trabajo infantil campa a sus anchas. 

Nader, un menor sirio de 15 años originario de Sehel, vive desde hace siete años en el pueblo libanés de Arsal. Hoy se enfrenta a su primer día de trabajo. Talla y moldea la famosa piedra local. Una actividad prohibida para menores de 18 años por la peligrosidad que implica la maquinaria que debe manejar. «Trabajo porque mi padre ha muerto y mi madre no puede trabajar. Mi hermana tampoco trabaja, y necesitamos dinero». No sabe leer ni escribir. «No he podido ir al colegio, porque hay que pagar para asistir a clase», explica mientras moldea una gran piedra con una potente máquina, sin ninguna protección contra la nube de polvo blanco que respira durante las ocho horas que trabaja por 6 euros a la semana.

Ali, de 15 años, Kasem, de 12, y Abel, de 11, todos ellos refugiados sirios, venden globos por la noche en Beirut, Líbano

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Convención de Derechos del Niño

Nader es uno de los 19.500 niños y niñas refugiadas que trabajan en el Líbano para subsistir. A esta cifra habría que sumar los de Jordania, Turquía e Irán, para tener una visión completa del trabajo infantil. Todos estos países, aunque parezca mentira, han ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño, y los convenios 138 y 182 de la OIT para proteger a las niñas y niños del trabajo infantil en todas sus formas.

La población libanesa de Arsal, a 12 kilómetros de la frontera con Siria, es uno de los municipios más afectados por la crisis humanitaria. Aparte de las secuelas sociales causadas por los tres años en que estuvo sometida por el Estado Islámico, las autoridades deben garantizar la convivencia entre los 37.000 habitantes locales y las 70.000 personas que albergan los campos de refugiados del municipio. Una circunstancia que ha generado fuertes tensiones sociales y mucho trabajo infantil.

En una de las entradas a esta población, la carretera está flanqueada por comercios y talleres donde lo extraño es no encontrar un niño empleado. Los hay que trabajan el hierro y la técnica de la soldadura, como Ahmad, de 11 años, y su tocayo, de 16. Ambos son sirios y alegan que ya antes de la pandemia no iban al colegio porque necesitan el dinero. Ante la atenta mirada del jefe, aseguran cobrar 30 euros a la semana, pero da la sensación de que no se lo creen ni ellos. El jefe interrumpe la entrevista, para decir que «este trabajo es para adultos, pero los niños quieren trabajar para ayudar a sus familias, por eso los contrato».

Ahmad, de 16 años, y su tocayo, de 11 años, ambos refugiados sirios, trabajando con maquinaria peligrosa en Arsal

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Punto de quiebra

El siguiente taller es una cristalería, donde Mohmaud, de 14 años, y Mohamed de 11, cobran 6 euros a la semana por pasar ocho horas al día trasportando grandes cristales del almacén a los coches de los clientes. Sus padres murieron en Siria, y llegaron hace ocho años a Arsal, uno con su abuelo, y el otro, con un tío. Historias parecidas se repiten en talleres mecánicos, de tapicería y de costura.

La miseria económica en la que están atrapados los refugiados y las comunidades que los acogen ha llegado a un punto de quiebra. Los productos de consumo básico han sufrido una hiperinflación del 150 %, y son prohibitivos para el 73 % de los refugiados del Líbano, que viven por debajo del umbral de pobreza, con menos de 3,50 euros al día. Una situación que obliga a las familias a enviar sus hijos a trabajar para que la economía doméstica no naufrague. «Necesito 185 euros al mes –apunta Mohamed Ibrahim, que lleva siete años desplazado en el Líbano debido a «los tiros»–. La única ayuda que recibo es la tarjeta de racionamiento de alimentos y mi trabajo no da para vivir, así que mis hijos trabajan». Los ingresos de los menores a menudo se convierten en un dinero imprescindible para la subsistencia de los hogares. Un hecho que vuelca sobre sus espaldas una gran responsabilidad. 


/ Lucas Vallecillos

Además del factor económico, las causas de la introducción de los menores refugiados en el mercado laboral son las secuelas de la guerra, el bloqueo institucional del acceso de los padres al trabajo legal, el mal estado de salud de algún miembro de la familia, y la falta de acceso a la educación. Según ACNUR, en el país levantino más de la mitad de los 1,5 millón de refugiados son menores de edad, de los que ya trabajaban el 2,6% antes de la pandemia. Los niños todavía tienen un mayor riesgo que las niñas, 4,4% y 0,6%, respectivamente.

En los bazares y mercados es habitual ver a menores sirios empleados. Es el caso del mercado de Sabra, en Beirut. Lo más sorprendente son los horarios que realizan. De los ocho testimonios recogidos, ninguno hace una jornada inferior a las 12 horas al día. «Trabajo de 6 a 21, y cobro 22 euros por a semana», señala Moussa, de 10 años, que proviene de la población siria de Edleb. Es camarero en una pequeña cafetería del mercado. No le gusta jugar, y no sabe leer ni escribir. Según su padre, «no lo aceptan en la escuela».

Mrad, de 9 años, trabaja en una parada de kebabs en un mercado en Beirut

/ Lucas Vallecillos

Sin niños, no hay paz

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A pocos metros, en un restaurante de comida tradicional, Mrad, de 9 años, trabaja 13 horas por 6 euros al día haciendo tareas varias, como repartir comida o limpiar pinchos de metal para hacer brochetas de kebab. También en el mercado trabajan Hassan, de 13 años, que lleva cuatro años vendiendo verduras; Bashard, que desde los 10 años atiende un puesto de frutos secos, y que anteriormente estuvo empleado tres años como costurero; o Beder, que tiene 11 años y lleva cinco cuidando palomas a la venta.

Hoy más que nunca cobran sentido unas palabras pronunciadas por Anthony Lakeel, antiguo director ejecutivo de Unicef, refiriéndose a la situación que sufren los niños refugiados sirios: «Ha llegado la hora de que el mundo dé un paso al frente y proporcione a estos niños nuevas esperanzas y confianza en su futuro. Si les fallamos ahora, toda una región perderá una generación de potenciales líderes, maestros, ingenieros, médicos y, sobre todo, constructores de paz, de quienes depende la esperanza de una sociedad estable, próspera y saludable».