TERRITORIO VINTAGE

Berlanga sigue (muy) vivo

Nino Manfredi, Emma Penella y Pepe Isbert, en una escena de ’El verdugo’.

Nino Manfredi, Emma Penella y Pepe Isbert, en una escena de ’El verdugo’. / Archivo

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Nando Salvà

"La raza degenera, lamenta Pepe Isbert en un momento glorioso de 'El verdugo' (1963) al recordar a aquel condenado al garrote vil que en el último instante, ya con los hierros al cuello, le regaló un reloj a quien se disponía a ajusticiarlo y le dijo: "Perdone que le moleste a estas horas". Y minutos después, mientras defiende que ese método de ejecución es un modelo de benignidad si se compara con la silla eléctrica, el viejo acerca la mano de su futuro yerno a la lámpara del comedor para que se haga una idea de cuánto duele tamaña descarga de electricidad. 

"Un mal español"

No se sabe si Franco captó la retranca, pero sí que al ver la película declaró a su director "un mal español". Lo hizo, claro, guiado por el resentimiento y no por la razón. Después de todo, tan ejemplar es la españolidad del cine de Luis García Berlanga, tan paradigmática, que casi puede puede decirse que lo español es berlanguiano.

Aunque ya no se escribe en cursiva, berlanguiano sigue siendo un término difícilmente acotable, y así lo demuestra la vaguedad con la que la RAE se decidió finalmente a definirlo hace unos meses. Berlanguiana es esa mezcla de sátira, tragicomedia y absurdo que da forma a las escenas arriba descritas, pero también la clase de conductas grotescas, chapuceras y sonrojantes y a la vez irresistiblemente joviales que llenan las películas del genio valenciano.

Berlanguianos son esos planos secuencia en los que grupos de personajes –excéntricos, ingenuos y a veces idiotas, muy quejosos– hablan sin parar y a la vez y a menudo sin saber, y ese humorismo costumbrista heredero de Quevedo y Valle-Inclán. Fallero y petardo –lo dicho, valenciano–, fetichista y voyeur, vulgar y hortera, rabiosamente anticlerical. Todo eso es berlanguiano y, sí, un resumen bastante preciso de lo que éramos y lo que somos.

Berlanga retrató una España adicta a la picaresca, envidiosa e hipócrita, ilusa y perdedora y ética e intelectualmente fallida. Y lo hizo siempre con ternura y buen humor –negro–, pero torciendo el gesto cada vez más a medida que hacía carrera. Si la mirada afable y piadosa impera en su obra más temprana –títulos como 'Bienvenido, Míster Marshall' (1953) y 'Calabuch' (1956)–, el inicio de su portentosa colaboración con el guionista Rafael Azcona le agudiza la mordacidad y la mala baba; de ello resultan las magistrales 'Plácido' (1961), crítica a una sociedad que alardea de caridad cristiana pese a carecer de todo sentido de la solidaridad y la empatía, y la citada 'El verdugo', en la que se pronuncia contra la pena de muerte pero también contra la burocracia, el arribismo, la corrupción institucional y el subdesarrollo moral.

Y para saludar el fin de la dictadura, y el de la censura, la pareja estrenó 'La escopeta nacional' (1978), retrato de la decadencia moral de las clases dirigentes del tardofranquismo –ministros, falangistas, industriales de provincias, aristócratas– que dejaba clara su intención de dejarse de sutilezas para dar pleno poder de decisión a sus tendencias esperpénticas.

El trazo de la comedia se hizo más grueso, pero la mirada al entorno mantuvo la amargura y la desesperanza. En 'La vaquilla' (1985) el animal del titulo funciona como metáfora de España, codiciada y zarandeada tanto por republicanos como por franquistas durante la Guerra Civil y en última instancia abandonada en medio de las trincheras de ambos bandos, a merced de los buitres. Y en el último plano de su último largometraje, 'París-Tombuctú' (1999), Berlanga nos mostró un cartel publicitario de carretera en el que aparecían un toro, una folclórica, una bandera rojigualda y un mensaje escrito con letras blancas: "Tengo miedo. L" .

Un país maldito

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Posiblemente lo que temiera el gran Luis es que pasara lo que ha pasado, que justo 100 años después de su nacimiento y poco más de 10 después de su muerte siguiéramos siendo el tipo de país que él se dedicó a retratar; uno en el que los alcaldes, los curas y los coroneles se cuelan para vacunarse; los candidatos obtienen rédito electoral de su catetismo; los jefes de Estado aceptan mordidas y evaden impuestos; los políticos acaban en la cárcel o la evaden injustamente y, entretanto, la gente solo atiende a aquello que le permite reforzar su opinión frente a la del de al lado.

En todo caso, él lo vio venir. "España es un país maldito porque la gente no tiene ningún sentido cívico, de pertenecer a una colectividad, para intentar lo mejor para todos", dijo una vez. "Y no es por deformación del franquismo y de tantos años de dictadura: eso lo llevamos en las entrañas los españoles".