Fenómeno fan: 80 años llevando la voz cantante en el pop

  • La publicación en castellano del fascinante ‘Starlust’, un pionero ensayo de Fred Vermorel aparecido hace 36 años, invita a reconsiderar el papel de las (y los) fans en la historia de la música popular

Se lee en minutos

El primer disco que recuerdo haber considerado mío (en régimen de copropiedad, compartido con mi hermano mayor) fue el At the Hollywood Bowl de los Beatles. En cinta de casete. Publicado en 1977, 'At the Hollywood Bowl' reúne grabaciones de tres actuaciones de los Fab Four en el célebre auditorio de Los Ángeles en agosto de 1964 y agosto de 1965. No es, seguramente, la mejor vía para descubrir y apreciar el glorioso legado musical del cuarteto de Liverpool, pero sí es una puerta magnífica para viajar en el tiempo y hacer una inmersión en el fenómeno de la beatlemanía que arrasó el planeta en el ecuador de la década de los 60. O así lo viví yo de manera inconsciente.

En aquellas primeras escuchas de preadolescencia, los aullidos de las fans que no dejan de atronar durante los 33 minutos y 15 segundos que dura el disco me resultaban tan excitantes como la imbatible energía rocanrolera que desprendían las interpretaciones del grupo. Con los años, y la capa de esnobismo que traen consigo, empecé a pensar en ese ruido de fondo como en una molestia lamentable que arruinaba el valor artístico de las grabaciones y 'At the Hollywood Bowl' pasó al cajón de los discos que, por una u otra razón, dejamos de visitar. Me equivocaba, claro. Hoy entiendo que esos gritos cuentan una gran historia y que su importancia en el devenir de la música popular no es menor que la de las armonías vocales de Paul McCartney o los solos de guitarra de George Harrison.

La ‘beatlemanía’, el primer gran fenómeno fan de escala planetaria, superó todos los registros de frenesí idólatra y cambió las reglas de la industria. Las fans se convierten en un actor indispensable del negocio al tiempo que son denostadas por los medios.

/ Archivo

Un instrumento en sí mismo

Así lo entendió también el crítico estadounidense Rob Sheffield (autor del conmovedor libro autobiográfico 'Vives en las cintas que me grabaste'), que, en la edición de 2004 de la monumental guía de elepés que publica periódicamente la revista 'Rolling Stone', incluyó una reseña de 'At the Hollywood Bowl' en la que definía el disco como «un encantador homenaje a las fans que ahogaban con sus gritos al grupo en aquellos conciertos de 1964 y 1965». Y añadía: "Todas esas chicas fueron heroínas en la frontera del rock’n’roll y se merecían aparecer como un instrumento solista en un disco de los Beatles".

Esa noción de que el público, y en particular las (y los) fans, constituye una parte fundamental de la historia de la música pop y debe tener un papel protagonista en los relatos que esta genera solo ha empezado a ser aceptada de manera amplia en fecha relativamente reciente. Durante décadas, la historiografía rock ha relegado a las audiencias a la condición de meras cifras (tantos espectadores, tantos discos vendidos…) o, en el mejor de los casos, las ha retratado como un ornamento más o menos exótico, con sus gritos, sus curiosas formas de mostrar admiración y sus ataques de histeria. Dejar a las y los fans fuera de una historia que se centraba casi obsesivamente en glosar el genio de unos cuantos individuos con estatus de estrella era un modo de reforzar las ínfulas artísticas de la música pop. El propio Jann Wenner, fundador de la antes citada 'Rolling Stone', creada en 1967, lo expuso en su día con claridad cuando aseguró que el propósito de la cabecera era aportar respetabilidad a una música, el rock’n’roll, "que hasta entonces era considerada un fenómeno de chicas adolescentes".

Viaje a la mente del fan

Uno de los primeros en entender la importancia del estudio de la cultura del fan fue el inclasificable historiador y activista punk británico Fred Vermorel, que a principios de la década de los 80 se embarcó en una intrépida investigación para conocer de primera mano cuáles eran los sentimientos, los anhelos y las motivaciones de los fans de algunos de los solistas y grupos de pop más descollantes del momento. A lo largo de cuatro años, Vermorel grabó unas 350 horas de entrevistas (más 20 horas de mensajes telefónicos recibidos en el contestador automático), recabó 400 testimonios por escrito, leyó y analizó unas 40.000 cartas dirigidas a estrellas de todo tipo y examinó más de un millar de documentos pertenecientes a los clubs de fans. Del proceso de cribado y edición de todo ese material nació un libro asombroso y profundamente perturbador, 'Starlust'. Las fantasías secretas de los fans, que la barcelonesa editorial Contra acaba de publicar por primera vez en castellano, 36 años después de la aparición de la versión original.

"Cuando hago el amor con mi marido, imagino que es Barry Manilow. Pero luego, cuando acabamos y me doy cuenta de que no es él, me pongo a llorar", confesó Joanne

"Cuando hago el amor con mi marido, imagino que es Barry Manilow. Siempre. Pero luego, cuando acabamos y me doy cuenta de que no es él, me pongo a llorar". Es la confesión de Joanne, una mujer de 42 años (la devoción de fan no es exclusiva de la edad adolescente) casada con un representante comercial y con tres hijos. 'Starlust' esta repleto de testimonios como este, de personas que "utilizan el objeto de su veneración como una manera de acceder a la felicidad y la gloria que brillan por su ausencia en sus vidas y relaciones sociales" (las comillas son de Simon Reynolds, un crítico musical que, igual que Vermorel, se ha ocupado de diseccionar la evolución de la cultura popular con las herramientas teóricas de la Escuela de Frankfurt, el marxismo y el situacionismo). Lo que Joanne relata es, sin duda, triste; una viñeta de frustración suburbana que encajaría bien en un relato de John Cheever o en una canción de Morrissey. Pero es también un ejemplo preciso de esa tensión permanente entre expectativa desbocada y realidad sobre la que se ha construido la industria del pop. Y el capitalismo, ya puestos.

La muerte de John Lennon marca un hito trágico en las relaciones entre fans y artistas. Casos como el del baladista Barry Manilow (uno de los protagonistas de ‘Starlust’) demuestran que el fenómeno de la adoración extrema no es exclusivo de la adolescencia.  

/ Archivo

Sueños delirantes y fantasías eróticas

En 'Starlust' hay sueños delirantes, pensamientos esquizoides, confesiones embarazosas y, sobre todo, vívidas fantasías eróticas de un detallismo espeluznante. Chicas que coleccionan en bolsitas de plástico las deposiciones de los perros de los Bay City Rollers; chavales convencidos de que David Bowie les envía mensajes cifrados en las letras de sus canciones; niñas que fantasean con darse un golpe en la cabeza y quedarse en coma para atraer la atención del hoy olvidadísimo Nick Heyward; familias que hacen sesiones de espiritismo para contactar con Marc Bolan, y muchas mujeres de mediana edad que se imaginan teniendo sexo con Barry Manilow y crean una red epistolar de apoyo mutuo para hablar sobre ello.

En todos ellos, Fred Vermorel ve a los sacerdotes y sacerdotisas que han decidido consagrar su vida a la religión de la fama propia de la sociedad de consumo. Místicos en éxtasis dispuestos a escenificar «esos estados de ánimo, fantasías y expectativas que todos compartimos», fanáticos cuya devoción, dice el autor, trasciende a grupos y cantantes. "Mientras la mayoría aceptamos el producto tal como es, el fan reinterpreta, reconstruye y hace uso propio de lo que le ofrece la estrella, llegando a menudo a extremos que la industria considera reprobables e incluso peligrosos". En su pasión y en su delirio, sostiene Vermorel, los fans más vehementes brindan un cuestionamiento de la cultura de la fama más eficaz que el de la crítica o el desdén. Una fantasía sexual con Barry Manilow puede convertirse así en un acto subversivo de primer orden.

Estirando un poco ese hilo, podemos entender el asesinato de John Lennon a manos del fan Mark David Chapman en 1980 (y también el de la cantante tejana Selena, abatida en 1995 por la presidenta de su club de fans Yolanda Saldívar) como el reverso diabólico pero tal vez inevitable de las escenas de chicas gritando en los conciertos de los Beatles en el Hollywood Bowl. "La culminación de un fenómeno cultural inherente al showbiz", escribe el autor de 'Starlust'.

De Sinatra a BTS

En términos geológicos, no sería descabellado decir que la beatlemanía fue algo así como la explosión cámbrica del fenómeno fan en la música pop, con la aparición de un montón de nuevas especies. Pero el big bang hay que buscarlo unos cuantos años antes. Se suele citar como fecha iniciática el 12 de octubre de 1944, cuando unas 35.000 chicas admiradoras de Frank Sinatra (conocidas como 'bobby-soxers' por sus calcetines bajos o 'bobby socks') tomaron literalmente Times Square, en Nueva York, después de no poder acceder al teatro Paramount, donde actuaba el 'crooner' de Hoboken. El episodio fue, en cualquier caso, un hecho aislado, porque en aquel tiempo ningún artista musical, ni siquiera Sinatra, provocaba en sus conciertos las escenas de frenesí colectivo que sí se vivían en las apariciones públicas de las estrellas de Hollywood.

Las cosas empezaron a cambiar a principios de los 50 con la irrupción de Johnnie Ray, un cantante de Oregón cuya lacrimógena manera de interpretar suscitaba una intensa respuesta emocional en el público femenino. Con él llegaron los gritos y los lloros a las plateas. Y algo más: por primera vez se encontraban prendas íntimas bajo los asientos al término de los recitales. La música pop se convirtió así en un vehículo para que, en un contexto histórico de represión moral, las mujeres jóvenes (también los hombres, aunque en mucha menor medida) pudieran explorar y expresar su sexualidad.

El patrón se repitió y magnificó en los años siguientes con nuevos ídolos como Elvis Presley, Paul Anka, Cliff Richard y muchos más hasta llegar al paroxismo con los Beatles. En ese punto, la industria musical se dio definitivamente cuenta de que ya no podía concebir sus estrategias sin contar con las y los fans, que, pese a su protagonismo creciente, seguían siendo tratados por los medios de comunicación como seres afectados por una peligrosa aunque transitoria patología. A mediados de los 60, se empezó a consolidar ya esa insidiosa división entre aficionados (mayoritariamente varones y representados como dueños de un criterio respetable) y fans, a los que se atribuía un comportamiento gregario, superficial y de una fidelidad enfermiza, lo que los convertía, por otra parte, en perfectos consumidores.

La brecha entre los solistas y bandas con pretensiones de respetabilidad y los productos destinados a las y los fans (cada vez más organizados) se hace más grande, aunque estrellas alienígenas como David Bowie logran conciliar ambos universos.

/ Archivo

Sustentada en ese modelo bipolar, la industria de la música pop creció y se convirtió en la fuerza cultural hegemónica en las décadas de los 70, los 80 y los 90. Ninguneadas por la prensa autodenominada seria, las fans demostraron en ese tiempo tener una iniciativa, una capacidad de organización y unas dosis de creatividad extraordinarias, y las discográficas no dudaron en recurrir a ellas no solo para lanzar y mantener a artistas considerados como productos de consumo juvenil (de los Bay City Rollers a los Backstreet Boys, los nombres son incontables) sino también para hacer despegar la carrera de músicos llamados a transformar la historia del pop (el caso de David Bowie es ejemplar, pero hay muchos más).

Noticias relacionadas

Como en tantos otros ámbitos, la llegada de internet y las redes sociales ha cambiado el paradigma. La industria de la música grabada ha sufrido una sacudida dramática, pero si ha habido un actor en ese tinglado que ha sabido aprovechar la nueva coyuntura para reforzar su posición e incluso ganar influencia han sido los fans. No es casual que el grupo que más discos despacha en todo el mundo (y con cierta diferencia) sean los coreanos BTS, surgidos de un entorno, el k-pop, en el que absolutamente todo (desde las rutinas de baile al color de la ropa) está diseñado para satisfacer las expectativas del 'fandom'.

Gracias a las posibilidades que les brindan las nuevas tecnologías, los fans tienen un contacto más directo con los artistas y, aún más importante, entre ellos, lo que les permite movilizarse para expresar sus puntos de vista y hasta para imponer sus exigencias. Hoy ya no es posible ignorar sus voces. Y ni siquiera tienen que gritar como en el Hollywood Bowl.

Los ’bobbies’ contienen la avalancha de fans de Beatles, en los 60.

Los ’bobbies’ contienen la avalancha de fans de Beatles, en los 60.