LA ESTRATEGIA DE VOX Y ROCÍO MONASTERIO

Manual ultra para manipular en campaña (en cuatro perversos pasos)

Rocío Monasterio, en un acto de campaña, en Alcalá de Henares.

Rocío Monasterio, en un acto de campaña, en Alcalá de Henares. / Jesús Hellín / Europa Press

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Verónica Fumanal Callau
Verónica Fumanal Callau

Especialista en comunicación política.

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La aparición de partidos extremos en la esfera pública ha contaminado los usos y costumbres del debate público al que estábamos acostumbrados, ciertas normas, escritas y no escritas, consensos que nos habían socializado como votantes y que los ultras han dinamitado con orgullo y desde una visión supremacista de la política. Solo ellos están en posesión de la verdad. Aquí se detallan algunas de las prácticas comunicativas que utilizan para manipular a la opinión pública. 

COMUNICACIÓN TESTOSTERÓNICA

La imagen de los partidos ultra se inspira en las 'teorías del gran hombre' de los años 30 del siglo pasado, que afirman que los liderazgos están basados en los rasgos personales que los diferencian de sus seguidores. Entre estas características se definía la 'energía física', la 'autoconfianza' y la 'motivación de poder y logro'.

Así pues, la comunicación gráfica y visual de estos partidos, imágenes, espots y fotografías intentan reflejar estos atributos muy centrados en hombres con poses altivas y usos vinculados tradicionalmente al género masculino, potenciando esa visión paternalista de los liderazgos. Su retórica también está llena de frases típicas que denotan testosterona, autoridad y falta de resiliencia. Con esta comunicación testosterónica –también compartida por las mujeres, como se hace evidente con el cóctel tóxico y abrasivo que sirve Rocío Monasterio– pretenden dejar a sus adversarios como cobardes, faltos de los atributos necesarios para tomar las decisiones que ellos sí tomarían porque no les falta arrojo. 

PROVOCACIÓN, DESAFÍO Y DESDÉN

Los partidos ultras tienen una visión excluyente de la sociedad, en la que la pluralidad es una amenaza para la nación: los que no piensan como ellos y los que discrepan son acusados directamente de mentirosos. Para ello, no dudan en negar la legitimidad del adversario con el que se relacionan desde la retórica del desafío y la provocación. De este modo, pretenden una doble victoria: si no obtienen respuesta, quedan como valientes, los únicos que se enfrentan a sus adversarios desde la testosterona y el arrojo. Si, por el contrario, alguien cae en la provocación, se victimizan y les acusan de no tratarlos como al resto, en un ejercicio de singularización y autoexclusión del resto de la clase política, a la cual ellos no pertenecen. 

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NEGACIONISMO INSTITUCIONALIZADO

Su comunicación asertiva sin espacio para la duda o la reflexión hace que en ocasiones la realidad y los datos desmientan su visión tan inelástica del mundo. Para que las evidencias no les estropeen una propuesta o un titular, están dispuestos a hacer de la mentira su principal argumentario, tachando cualquier información objetiva que les contradiga de bulo, sin necesidad de demostrarlo, simplemente negándolo. Esta negación de cualquier hecho que no confirme sus creencias hace que tachen de mentirosos a todo medio, opinador o 'factcheck' que los desmienta, sin rubor, ni dato alternativo, basándose en la premisa de que son los guardianes de la única verdad que existe. Por lo tanto, cualquier intento de debate es imposible, resulta agotador porque no se mueven en los parámetros de la razón, sino de la creencia en términos orteguianos; así que debatir con ellos es como un ejercicio de frontón dialéctico.

SEÑALAMIENTO DE COLECTIVOS

La visión dicotómica de su mundo está dividida en buenos y malos. Los buenos son ellos, salvadores de la patria, y los malos, todos los demás: aquellos que les contradicen o los colectivos a los que culpan de los males de la sociedad. No tienen el menor pudor de hacer campaña a través del señalamiento y el odio hacia colectivos a los que culpabilizan de las desgracias de otros.

Los inmigrantes suelen ser un objetivo débil al que atacar, puesto que no tienen la capacidad para imponer un contrarrelato. Se les señala y acusa de ser delincuentes –como ha sido el caso del cartel de los mena– sin más motivo que su origen o color de piel, en una xenofobia que roza la apología del odio.

Las feministas suelen ser otro de los objetivos de los partidos ultra. Esto colectivos tradicionalmente han actuado como motor de transformación social y de liberación de la mujer, y, por tanto, resultan un peligro al que señalar para los guardianes del conservadurismo ultra. Para ello, niegan los datos que demuestran la desigualdad entre géneros, incluso la violencia machista que ha asesinado a tantas mujeres.

Los periodistas también suelen ser otro objetivo señalado, a menos que se actúe como prescriptor de los ultras: solo estos dicen la verdad, tachando de manipuladores al resto.