ENTREVISTA

Santiago López Petit: "La verdad no la tienen los expertos, sino los cuerpos que sufren"

Santiago López Petit actualiza el mito de la caverna en una novela que se avanzó al coronavirus.

Santiago López Petit actualiza el mito de la caverna en una novela que se avanzó al coronavirus. / Martí Fradera

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En el salón del piso del barrio de Gràcia de Barcelona donde Santi López Petit vive con la también filósofa Marina Garcés y sus hijos cuelga un póster de Antonin Artaud. Bajo su mirada desconfiada, surge el síndrome de la rana hervida. Resulta que si ponemos una rana en un cazo con agua y la calentamos muy lentamente esta no notará el aumento de la temperatura, no saltará y acabará muriendo cocida. El autor de 'Tan cerca de la vida' escribe que este resultado es extrapolable al ser humano.

En nuestro caso, la anestesia serían la normalidad y el miedo. ¿Cómo saber si ya somos ranas hervidas o aún estamos a tiempo de saltar del cazo?

La respuesta solo la puede dar uno mismo y, en el fondo, todos la sabemos. El problema es que vivir es autoengañarse y esta es una cuestión clave para mí: vivir con el mínimo autoengaño.

Los humanos no son ranas, se aferran a la vida con uñas y dientes.

Cuando los 'sonderkommandos' nazis abrían las cámaras de gas, encontraban una montaña de cuerpos. El ácido cianhídrico de las duchas era más pesado que el aire y ascendía, por eso los cuerpos más fuertes estaban arriba de todo, porque luchaban por el último aliento, y los débiles quedaban aplastados debajo.

Es una metáfora brutal de la humanidad.

Por eso llevo 40 años dándole vueltas al querer vivir, este instinto que hace que nos aferremos a la vida y que es ambivalente porque también puede ser la generosidad máxima. La dimensión colectiva del querer vivir (llámese autoorganización obrera, hijos...) te sostiene en la vida.

"La vida en mayúsculas es nuestra prisión, es la caverna platónica, un algoritmo que jerarquiza y excluye"

¿Qué es la vida?

La vida no existe, lo que existe es el querer vivir. La vida en mayúsculas es nuestra prisión, es la caverna platónica, un algoritmo que jerarquiza y excluye. El querer vivir es lo que le arrancamos a la vida. La vida es una palabra y el querer vivir es un grito.

Dice que la verdad no se comunica, se contagia, y lo ha practicado en espacios de pensamiento y acción colectiva como Espai en blanc.

Tiene que ver con la caverna platónica, con la idea anticuada de que la verdad está fuera y que son los expertos quienes despiertan a la gente. Para mí la caverna es un túnel de metro y la verdad está en los cuerpos que lo atraviesan, que caen, se levantan y se mantienen en pie. La verdad no está fuera, no la tienen los expertos sino los cuerpos que sufren.

Si el feminismo sitúa los cuidados en el centro, usted ahí pone el sufrimiento y la derrota.

No niego los cuidados, lo que niego es absolutizar lo psicológico, la subjetividad sufridora. Esta vida movilizada en la que tienes que reinventarte el currículum cada día tritura y mata, pero, en lugar de vernos como víctimas, podemos darle la vuelta.

"Defiendo el orgullo de estar enfermo. No digo que si no sufres no llegas a la verdad; ahora bien, la verdad hace sufrir"

¿Cómo?

Desocupando el lugar de víctima. Vivimos en el vientre de la bestia, nosotros la alimentamos. Si queremos hacerle daño, ¿cómo no vamos a herirnos a nosotros mismos? Defiendo el orgullo de estar enfermo. No digo que si no sufres no llegas a la verdad; ahora bien, la verdad hace sufrir.

Sin víctimas, tampoco existiría la necesidad de un Estado terapeútico, que cuida y salva vidas.

La cara blanda del Estado hoy día es este poder terapéutico, que nos mantiene con el mínimo de vida para que sigamos trabajando hasta que no servimos. ¿Quién puede pensar que para el Estado la vida es el Bien supremo cuando cada día nos dicen que nuestras vidas no valen nada?

¿Cuánto hace que no vota en unas elecciones?

Me parece que he votado dos veces en la vida y tengo 71 años.

¿Su radicalidad impide que su pensamiento esté más difundido?

Eso no puedo juzgarlo yo.

En la novela machaca a los intelectuales. ¿No es uno de ellos?

No. Si alguien se empeña en ponerme una etiqueta digo que soy filósofo militante, porque militar no está de moda.

Antes que filósofo fue químico.

De niño hacía experimentos dentro de un armario con una bombona de camping gas. ¡Había provocado cada explosión de hidrógeno en casa…! De no ser por el franquismo, hubiera ido a Estados Unidos a investigar sobre el origen de la vida.

"He procurado ser fiel a ese grito sin miedo y a un huir que implica no adaptarte nunca y desencajar siempre"

La represión policial contra el movimiento obrero le llevó a luchar en la clandestinidad.

En una huelga en la térmica del Besòs, en 1973, la policía mató a un trabajador. Yo aún estudiaba Química y salimos a parar las obras de la construcción. De pronto, un obrero señaló un coche de la policía secreta que venía a toda velocidad para atropellarnos. Cogí un ladrillo y lo tiré contra el parabrisas.

¿Y qué ocurrió?

Huí. Recuerdo que cuando tiré el ladrillo no grité "¡libertad!" ni nada parecido, sino "¡adelante, a por ellos!" [ríe]. He procurado ser fiel a ese grito sin miedo y a un huir que implica no adaptarte nunca y desencajar siempre.

Usted sufre fatiga crónica. ¿Fue este el motivo para que dejara de dar clases en la universidad?

No, decidí prejubilarme por el plan Bolonia, que convirtió a los estudiantes en clientes y me impedía seguir dando mis asignaturas optativas. Para mí la universidad fue un laboratorio político y filosófico maravilloso. Por aquellas clases pasó una generación de personas muy politizadas, entre ellas Ada Colau.

"La escuela de la vida es una mezcla entre un supermercado del yo, donde cada uno elige lo quiere ser, y una comisaría"

En su novela resuena '1984', de George Orwell.

Pero no es una distopía, es la realidad actual. Tras la derrota obrera y el avance del neoliberalismo, hemos llegado a esta situación en la que la escuela de la vida, dicho metafóricamente, es una mezcla entre un supermercado del yo, donde cada uno elige lo quiere ser, y de comisaría.

¿Cómo influye su enfermedad en el argumento?

El núcleo es el proceso de destrucción de la mente y cómo salir de eso. Cada día me levanto y hago unos movimientos para intentar paliar la desesperación de no poder dormir nunca. La falta de sueño hace que esté al borde del ataque de nervios, aunque tomo benzodiacepinas desde hace 30 años. Cuando ya no puedo más, voy a bañarme al mar.

"La vida es un cuento, no hay cimientos debajo y nunca tocarás fondo, pero precisamente por eso tienes más fuerza que nunca"

Y con el mar termina el libro.

En el mar, cuando no haces pie, tienes más fuerza que nunca para nadar. Esta es la paradoja: la vida es un cuento, no hay cimientos debajo y nunca tocarás fondo, pero precisamente por eso tienes más fuerza que nunca. Con esto enfrento el pensamiento dominante, el imperialismo de lo positivo, el paternalismo y la autoayuda más estúpida.

En la novela escribe sobre un estado de emergencia, un confinamiento, un toque de queda…

La acabé un año antes de la pandemia. Algún detalle lo saqué de una gripe muy fuerte que hubo en Londres hace unos años y el resto es inventado.

¿Y no añadió nada del coronavirus?

Nada. Yo quería escribir qué pasaría si hubiera una pandemia de desesperación, si la gente ya no tuviera miedo. Entonces llegó el covid y pensé: "El mundo se ha parado. ¡Es la ocasión que hemos estado esperando toda la vida!".

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