’Salón de la Rue des Moulins’, de Henri de Toulouse-Lautrec.

¿Para qué sirve la prostitución?

Carles Cols | 27 marzo 2021

Hay una respuesta, el placer y la dominación sexual, ellos; el dinero, ellas, pero la estigmatización de la prostituta durante siglos ha sido también una advertencia por parte del poder político y eclesiástico

Primero, una advertencia. Desde aquí y hasta el punto y final se hablará mal del clero. Sigamos. Ha vuelto, como Guadiana que es, el debate sobre la regulación o la abolición de la prostitución. Lo ha puesto esta vez sobre la mesa la vicepresidenta Carmen Calvo, que ha lamentado que España sea, en materia de prostíbulos, “un país puntero”. Con ‘n’. También, sin ‘n’, probablemente. De aquí a final del texto poco o nada se dirá, sin embargo, sobre la conveniencia de regular o prohibir, opción esta última que defiende la vicepresidenta, pero no se vayan, se hablará mal del clero, que no es poco, y se repasaran 3.800 años de historia de la prostitución, que no está mal.

Se suelen habitualmente citar al final, pero las fuentes consultadas para este viaje que comienza en el santuario sumerio de Militta, transita después por las mancebías medievales y visita también los infames conventos de mujeres arrepentidas. Para ello, se ha echado mano de tres estupendas fuentes. De menos a más, la primera es Naomi Wolf, gran voz de la tercera ola del feminismo, a la que hay que agradecer un revelador fragmento de su libro ‘Vagina’. La segunda fuente es John Julius Norwich, autor de ‘Los papas’, una biografía realmente escandalosa sobre todos los pontífices habidos en el cristianismo, pocos de ellos ejemplo de virtud. Y la tercera fuente y más enriquecedora es Mercedes Fernández-Martorell, antropóloga y autora de un libro de título inequívoco, ‘Capitalismo y cuerpo, crítica de la razón masculina. La conversación telefónica mantenida con ella podría ser constitutiva de delito a ojos de aquellos que creen que el sexto mandamiento debería tener cabida en el ordenamiento jurídico. Comencemos, pues.

'La odalisca morena', cuadro de François Boucher pintado en 1745.

/ Museo del Louvre

Lo escribió en una ocasión Karl Marx. Toda crítica comienza por la crítica de la religión. Por qué no hacerle caso. La cuestión es que 1.800 años antes de Cristo, según Heródoto, se practicaba en Babilonia un rito religioso que podría considerarse la prehistoria de la prostitución. Así lo dejó escrito: “La costumbre más infame que hay entre los babilonios es la de que las mujeres del país se prostituyan una vez en la vida con algún forastero”. El modo tenía su qué. Según Heródoto, se ofrecían en el templo de Militta, el equivalente babilonio de Venus, y de ahí no podían irse hasta que un hombre les echaba monedas en el regazo y satisfacía sus deseos sexuales.

El sexo como acto abominable

La prostitución como acto de devoción a una diosa se extendió por el Mediterráneo igual que lo hicieron las mercancías, en barco. Había entonces un detalle a no pasar por alto. Muchas deidades eran femeninas. La cópula con sacerdotisas a cambio de ofrendas se suponía que traía grandes beneficios a la comunidad, en forma de productivas cosechas o de lo que se ansiara. El sexo era un ritual, no un pecado. Fue el judaísmo el que desequilibró la balanza. Solo había un dios y era incuestionablemente masculino. Ahí entra en escena Naomi Wolf. En su opinión, los hebreos, con su monoteísmo, fueron los primeros que transformaron “las uniones que se habían considerado divinas en abominaciones”. No era exactamente que detestaran la sexualidad. De escalar esa cima se encargó siglos después el cristianismo. Talibanes como Tertuliano demostraron grandes dotes como alpinistas de la represión sexual. El único fin de las relaciones sexuales, sostenía, era la procreación, lo cual no le impedía ni siquiera considerar la vagina “la puerta de entrada del diablo”.

Un fresco de Pompeya, prueba visible de la sexualidad explícita de la que el cristianismo abominó.

/ Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Sobre la época que le tocó vivir a Tertuliano, Roma, podría ahondarse mucho si de prostitución se trata. Puede que jamás haya habido tal nivel de sofisticación del oficio. Por tener, los romanos tenían hasta un nombre para las prostitutas de cementerio, ‘bustuariae’, que ejercían de plañideras en el funeral y consolaban a los viudos en el más lúbrico de los sentidos sobre las lápidas del cementerio. Pero lo que interesa aquí ahora es un salto en el tiempo hasta Alfonso X el Sabio (Toledo, 1221 – Sevilla, 1284) bajo cuyo reinado se impuso a las “mujeres de mala vida”, tal y como se las llamó entonces, a llevar un adorno en el pelo de color azafrán que las distinguiera del resto de las mujeres. Comienza así la interesantísima exposición de la profesora Fernández-Martorell, que sostiene que el trato que a lo largo de la historia ha dado la Iglesia y el poder político a las prostitutas no es más que, de forma implícita, una advertencia para que el resto de las mujeres acepten la dependencia física, económica y moral de sus esposos.

El adorno de color azafrán pareció muy pronto poca cosa. Se les exigió que lucieran un penacho brillante, pero jamás oro, perlas o prendas de seda que las pudiera confundir con mujeres de la nobleza. Se fijó así una norma que, aunque con variantes, duró siglos. En los siglos XVI y XVII, las prostitutas tenían prohibidos los vestidos largos, los velos y en general cualquier prenda que las hiciera parecer honestas. Pero, ¿qué pretendía aquella seña de identidad? Según Fernández-Martorell, adocenar al resto de las mujeres.

Mancebías de la Iglesia

Hay detalles en la historia de la prostitución en España que sorprenden y que no deberían caer ene olvido. Hasta entrado el siglo XVI, los prostíbulos no solo eran tolerados por la Iglesia, sino que muy a menudo estaban en edificios de su propiedad. La prostitución, sobre todo por parte de la Compañía de Jesús, se consideraba una manera de evacuar las inmundicias de la carne (por usar el argot del clero), o sea, un mal menor.

'Santa Catalina', célebre obra de Caravaggio para la que el pintor utilizó como modelo a una prostituta, Fillide Melandroni.

/ Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

El punto de inflexión, cuyos ecos han llegado hasta nuestros días, fue el Concilio de Trento (celebrado entre los años 1545 y 1563. Qué gran ironía es que aquel viaje de la Iglesia a la ortodoxia más moralizante lo iniciara Pablo II, conocido en su época como el ‘cardenal enaguas’, porque accedió al cargo porque su hermana era la amante de Alejandro VI y tuvo cuatro hijo cuando ya era purpurado, y lo implantara hasta sus últimos consecuencias Julio III, que se enamoró de un efebo que conoció en las calles de Parma y que, siendo Papa, lo nombró cardenal.

Del prostíbulo a la calle

El Concilio de Trento desencadenó ocho guerras en Francia contra los hugonotes, llevó a España al campo de batalla en los Países Bajos y propició la devastadora Guerra de los 30 Años en toda Europa, pero su impacto incluso fue peor para las mujeres. El matrimonio pasó a ser una celebración en presencia de un cura y testigos y, además, una sagrada institución. Las prostitutas ya no eran un mal menor, sino la encarnación del mal. Las mancebías fueron cerradas y las prostitutas pasaron a ejercer en la calle y a ser perseguidas como delincuentes. El XVII fue el Siglo de Oro de la literatura, pero también lo fue de las mal llamadas casas de recogida, sádicas instituciones en que las monjas de la misericordia corregían inmisericordemente a las también mal llamadas arrepentidas. La existencia de estos correccionales sexuales no dejaba de ser, insiste Fernández-Martorell, una advertencia para que el resto de las mujeres aceptaran las ingratitudes del matrimonio casi como una suerte de prostitución con un único hombre y de por vida. ¿Aquellos curas que aún hoy en día aleccionan a las mujeres a aceptar en silencio los sinsabores del matrimonio son proxenetas? La profesora ríe ante esta pregunta, pero no dice que no.

'La alcahueta', obra del estudio pictórico de Dirck van Baburen.

/ Museo de Bellas Artes de Boston

Decía también Marx (por terminar con una segunda cita) que “el poder político es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a otra”. Que el libro de esta antropóloga se titule ‘Capitalismo y cuerpo’, cobra así un sentido especial. La prostitución, sexo al margen, tal vez sea el arma secreta de un bando en la lucha de clases.

Sífilis, un billete para viajar de Venus a Mercurio

La entrada de las tropas napoleónicas en febrero de 1808 fue realmente plácida. La infame Ciudadela militar construida tras la caída de la ciudad en 1714 se demostró muy útil para reprimir a los barceloneses, pero totalmente ineficaz ante una invasión extranjera. El caso es que uno de los más temibles enemigos a los que se enfrentó la soldadesca francesa fue la sífilis. Es tras la infección general de una parte de la tropa que hay constancia documental por primera vez en España de la humillación extrema de una prostituta, más allá de los penachos y broches encarnados que se les había obligado a vestir hasta entonces.

La acusada de contagiar a los soldados fue rapada y paseada medio desnuda por la ciudad montada de espaldas a lomos de un burro. Barcelona siempre tan innovadora. Aquel episodio da pie a abrir, aunque sea brevemente, la cuestión de la higiene y la maternidad fuera del matrimonio, dos argumentos con los que el poder político tomo el relevo en parte de la cruzada emprendida por la Iglesia contra la prostitución tras el Concilio de Trento. Los orfanatos pasaron a ser una carga económica para las arcas públicas, por lo que llegó a instituirse el Registro de Higiene Local, una suerte de seguro obligatorio que te tenían que pagar las prostitutas, que por una parte les brindaba la ocasión de realizar periódicas revisiones médicas, pero por otra las empujaba a aceptar más clientes para poder pagar ese nuevo gasto inesperado.

La sífilis, a fin de cuentas, terminó por ser  un motivo de profundo debate. El conde Francisco Cabarrús, con enorme influencia sobre Carlo IV, llegó a proponer que las prostitutas portadoras de sífilis lucieran una pluma amarilla en el pelo cuando salieran a la calle. Era un enfermedad entonces incurable, aunque equivocadamente tratable. Se administraba mercurio a los enfermos, tremendo error con graves consecuencias, como la pérdida de dientes y cabello. Por eso se decía que quien pasaba una noche con Venus terminaba el resto de sus días con Mercurio.

 

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