DJ Amable: "Para el Gobierno, los ‘disc jockeys’ somos como las brujas de la Edad Media"

El residente semanal de Razzmatazz es uno de los damnificados del cierre del ocio nocturno

El DJ Amable, frente a la sala Razzmatazz de Barcelona.

El DJ Amable, frente a la sala Razzmatazz de Barcelona. / Ferran Nadeu

Se lee en minutos

Amable Sierra (Manzalbos, Ourense, 1965) empezó a pinchar en 1984 y una década después ya era el nombre de referencia de la noche indie barcelonesa. Residente semanal en Razzmatazz desde su inauguración en 2000, nunca había pasado tanto tiempo alejado de su lugar de trabajo: la cabina de la discoteca.

-¿De dónde le viene esta afición por pinchar discos?

-Tenía esa inquietud de pequeño. En séptimo de EGB, ya llevaba a las fiestas de mi colegio -la Academia San José-, mi tocadiscos portátil, un Cosmos. Amenizaba los cumpleaños con mi colección de singles: Orquesta Mondragón, Boney M…

-¿Dónde debutó profesionalmente como 'disc jockey'?

-En el 84, un bar que abrió mi tío justo enfrente del Camp Nou. Tenía 19 años. Llevaba el bar y pinchaba el ‘Blue Monday’ de New Order, el ‘Just can’t get enough’ de Depeche Mode... El bar duró un año y en el 85 me fui a la mili.

-¿Cómo entró en contacto con el Depósito Legal, el bar de L’Hospitalet en el que aprendió el oficio y donde se dio a conocer?

-Uno de los socios, Alejo, era mi vecino del piso de abajo. Abrió en el 85 y, entre permisos, iba a pinchar. Tenía que haber pinchado en la inauguración, pero yo llevaba las cuentas de la compañía y no cuadraron, así que me arrestaron.

-¿Cómo se explica que la escena indie de clubs creciese con tanta fuerza en L’Hospitalet?

-La gente del Depo tenía muchas inquietudes. Pensábamos que en L’Hospitalet faltaba un bar parecido al Universal o al ZigZag de Barcelona. A raíz del Depo, abrió el Clandestino, el Compliche, el A Saco... Y venía gente de Barcelona de fiesta cada noche. A cada concierto que íbamos repartíamos 'flyers' anunciando las fiestas que montábamos. Los 'after-parties' de los conciertos prácticamente los inventamos nosotros. Yo repartía 'flyers' en la puerta del KGB, de Zeleste…

-Repartiendo 'flyers' en la puerta de Zeleste, ¿soñaba con pinchar allí?

-Claro. Y lo hice al poco tiempo. Empecé en el club A Saco de L’Hospitalet en octubre del 91. A los tres años se nos acabó el alquiler, tuvimos que buscar un sitio más grande y vinimos a Zeleste. Estuvimos seis años hasta que cerró.

-Pero usted se quedó como residente en la nueva Razzmatazz.

-Pasé de ser promotor y 'disc jockey' a solo pinchar.

-¿Cómo se ve dentro del gremio de los 'disc jockeys'?

-Como un privilegiado. Llevo 35 años trabajando de esto. Mis amigos, cuando con 23 años nos hacíamos la pregunta de "¿y tú que quieres ser de mayor?", se reían de mí: siempre decía que quería seguir siendo discjockey. ¡Y que dure!

¿Cuántas noches pinchó en 2019?

-Cada sábado del año en Razzmatazz, casi cada viernes fuera y algún que otro día suelto entre semana: unos ciento y pico.

-¿De qué ha vivido estos nueve meses?

-Con la ayuda mísera que tenemos los autónomos. No me puedo acoger a ningún erte porque no estoy contratado. Y encima tengo que pagar cada mes la cuota de autónomos. Suerte que tenía unos ahorros y puedo tirar de eso, pero no sabemos cuánto durará. Muchos compañeros están en una situación muy precaria: se les ha acabado el paro y tienen que pedir dinero a familiares para sobrevivir, esperar que esto se acabe e ir devolviendo los préstamos.

"Muchos compañeros están en una situación muy precaria: se les ha acabado el paro y tienen que pedir dinero a familiares para sobrevivir"

-¿Los hay que ya se están vendiendo los discos?

.Sí. Yo mismo me he abierto una cuenta en Discogs por si esto dura años. Como ahora tengo tiempo, me he pasado toda una semana subiendo todos los vinilos: tres mil y pico entre singles, maxis y elepés de la etapa del 85 al 98. Ahí están ahí por si la cosa se pone muy mal. Es un patrimonio que puedo vender.

-Su carrera es peculiar. La mayoría de 'disc jockeys' viven etapas de gran éxito y luego pasan a un tercer plano o incluso abandonan. Usted entró en una gran sala en 1994 y ahí se ha mantenido. Nunca ha dado el gran salto y tampoco se ha dado el gran batacazo. Pero siempre ha está ahí.

-No todos los 'disc jockeys' tienen cada semana un bolo programado en una sala grande, que funciona muy bien. He tenido la suerte de estar aquí desde el 94 y hasta hoy prácticamente cada semana se ha llenado. He sido un 'disc jockey' muy peculiar. Estoy vinculado a la música alternativa, más indie de guitarras, y eso tiene poca salida. No hay tantas salas que programen ese tipo de música. Mi terreno está más reducido. Y eso también me da cierta exclusividad.

-Se diría que no haber sido ambicioso, no haber visto después de seis años que Zeleste se le quedaba pequeño y querer volar más alto, es lo que le ha salvado. Una residencia semanal en una sala para tres mil personas es una seguridad; un tesoro en un gremio tan poco seguro.

-Hacer una sesión semanal es fácil y es un privilegio para mí. Y ambiciones, las he cumplido casi todas. No soy un 'disc jockey' de masas. He rechazado bolos en festivales porque no me veía capaz de pinchar para 15.000 personas.

"No soy un 'disc jockey' de masas. He rechazado bolos en festivales porque no me veía capaz de pinchar para 15.000 personas"

-Ahora que el parón del sector es absoluto, ¿recuerda esas épocas en que los festivales pagaban absolutas burradas a grupos y 'disc jockeys'?

-Claro. Hasta que llegó la crisis. Y es algo que afectaba a todos los sectores, no sólo al del espectáculo. Entre 2000 y 2008 se pagaban cachés desorbitados porque también se movía mucho dinero en negro. Muchos festivales se hacían para blanquear dinero. Es vox populi. A partir de 2010 se empezó a controlar este tipo de historias. Pero yo siempre he cobrado lo que creía que merecía.

-¿Su caché no ha variado en estas dos décadas?

-No. Llevo cobrando lo mismo por bolo desde 2006. En los años 90 no cobraba como 'disc jockey' porque nos repartíamos los beneficios entre los socios. En Razzmatazz ya acordamos un sueldo y con ese me he quedado hasta ahora.

-¡Insólito! Un sueldo fijo y sin subidas ni bajadas en un oficio con tanta especulación como el tuyo.

-Soy consciente de lo que debo cobrar porque sé lo que genero pinchando y lo que cobran mis compañeros. Fui promotor, sé lo que produce una discoteca, lo que cuesta convocar gente, lo que cuesta recuperar el dinero invertido...

-¿Ha actuado así porque siempre tuvo claro que quería jubilarse como DJ?

-Nunca he pensado tan a largo plazo, pero ahora que tengo 55 años sí lo pienso. No sé hacer otra cosa y después una pandemia como esta... Pero por ahora sigo con la misma inquietud. Lo primero que hago por la mañana es intentar descubrir música nueva.

-¿Cuánto tiempo ha pasado sin pinchar en otras épocas de tu carrera?

-Los 15 días de vacaciones que me pillaba en agosto. Y algún fin de semana suelto. Nunca había estado más de un mes sin pinchar desde 1985.

-¿Cómo ha cambiado su rutina desde la pandemia?

-Hago lo mismo: prepararme sesiones. Algunas las comparto y otras las guardo para cuando abran las salas. Sigo sin poder dormir hasta las tres o cuatro de la mañana, pero cuando trabajaba me iba a las siete.

-Durante la pandemia, el Gobierno ha primado el trabajo sobre el ocio y la vida diurna sobre la nocturna. Usted trabaja en el ocio y de noche.

-Los que trabajamos en el ocio somos los malos. En Alemania reciben un sustento equivalente al 70% de lo que habían facturado en 2019. Aquí, ni por asomo se llega a esas ayudas. Estamos totalmente desamparados. Yo estoy sacrificando mi trabajo por la salud de los demás, para que nadie se contagie, pero merezco algún tipo de ayuda. Yo lo paso muy bien con mi trabajo, pero estoy trabajando. Sin embargo, se está subrayando a este sector como algo cada vez más diabólico, como gente que prácticamente no tendría que existir. Pero si cierras una discoteca los jóvenes se van a reunir en una casa, estarán menos controlados y se van a contagiar igual. El ocio es una necesidad básica.

"El ocio es una necesidad básica"

-¿Cuál es su papel en la sociedad?

-Paso tres o cuatro horas diarias descubriendo discos para que la gente tenga un atajo para descubrir música nueva. Mi labor es difundir música. Y también, que la gente se lo pase bien, que salga los fines de semana y disfrute bailando.

-Esto último casi lo dice en voz baja.

-Ya, parece que esté mal visto.

-O que sea una objetivo menor. Es muy digno trabajar para que la gente baile y disfrute. ¿Por qué en España no se concibe al 'disc jockey' como un trabajador tan importante como cualquier otro? ¿Qué significa eso?

-Que no se valora el sector y no se le tiene en cuenta. No sé si se creen que somos gente que vive del cuento, gente que lo está pasando bien y no trabaja.

-Ya. Esa percepción judeocristiana según la cual, si no estás sufriendo, lo suyo no es trabajo. Eso es vicio y, por lo tanto, debe ser aniquilado.

-No estamos tan lejos de la Inquisición. Los 'disc jockeys' somos como las brujas de la Edad Media. Si fuera por el Gobierno, nos quemarían a todos.

-Algunos denuncian que se concibe la cultura como si estuviésemos todavía en el siglo XIX. Se piensa en cuándo y cómo reabrir museos, auditorios y teatros aunque hoy el consumo cultural de mucha gente implique otro tipo de prácticas y espacios. La discoteca, por ejemplo.

-La realidad es que la gente que asiste a más eventos culturales es la que va a conciertos y la que se mueve cada fin de semana por discotecas. Y no solo va a bailar, sino también a escuchar música, a aprender, a relacionarse, a ligar… Todo eso también es lícito y mueve más gente que el Liceu. Yo respeto esto otro, pero mi sector también debería estar cubierto porque también es cultura.

-¿Qué futuro prevé?

Te puede interesar

-Yo me veo pinchando en Razzmatazz en junio o mayo. Si se va vacunado a la población y ya hay un 50-60% de personas de riesgo vacunadas, si se puede tomar la temperatura en la puerta con métodos más o menos fiables y en dos minutos ya pueden entrar, no veo por qué no puede abrirse con el aforo total.

Apuntes biográficos

Hijo de emigrantes gallegos, su carrera despegó en el club A Saco de L’Hospitalet del Llobregat, donde forjó su fama como pinchadiscos de rock alternativo de guitarras hasta que dio el salto, en 1994, a la sala principal de Zeleste.


Desde la llegada de la pandemia, solo ha podido trabajar dos noches y, sin posibilidad de acogerse a ningún erte, vive de los ahorros que había generado durante 35 años de profesión a la espera de que vuelvan a abrir los clubes.


Estos días está en tratos con una productora para el rodaje de un documental sobre su inusual trayectoria como corredor de fondo del gremio.