Tradición renovada

El coronavirus da alas a la correspondencia

Correos mueve la mitad de cartas de hace 10 años, pero el covid ha cambiado esa tendencia: a falta de abrazos y reuniones, en la Navidad de 2020 ha crecido un 40% el tráfico postal

Simone de Beauvoir, en su despacho en noviembre de 1945.

Simone de Beauvoir, en su despacho en noviembre de 1945. / ROGER VIOLLET

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Juan Fernández
Juan Fernández

Periodista

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Difícilmente un nativo digital conocerá la emoción de abrir el buzón de casa y encontrar dentro una carta con su nombre escrito a mano bajo una hilera de los sellos y el de un ser querido estampado en el reverso. También es improbable que descubra el sabor que tenía la goma adhesiva de aquellos timbres con la efigie del jefe del Estado o alusivos a algún hito cultural que había que fijar con saliva en los sobres antes de introducirlos en el buzón de Correos. Ni la experiencia de invertir una hora, dos, o muchas más, en escribir una carta siguiendo los consabidos protocolos. “Queridos padres, querido amigo, querido amor, dos puntos y aparte, te escribo para contarte…”. 

Lo que venía a continuación solía ser una declaración a corazón abierto que si bien carecía de la inmediatez que han alcanzado los sistemas digitales de comunicación, normalmente llevaba una carga sentimental que nunca será capaz de aportar un 'email' o un mensaje de Whatsapp. Quien lo probó lo sabe.

Carta enviada en el primer dia de circulacion del primer sello de España.

/ El Periódico

Como un vestigio de otra época, la cultura epistolar parece formar parte de un tiempo remoto y olvidado a pesar de contar con millones de practicantes vivos que rememoran con complicidad lo que sintieron cuando escribieron o leyeron aquellas cartas, muchas de las cuales guardan como un tesoro por ser retazos de su propia historia personal. No está claro cuándo dejamos de escribirnos ni qué o quién acabó con un hábito cuyo recuerdo sigue estremeciendo a quienes lo frecuentaron.

"A la correspondencia la mató el abaratamiento de las llamadas de teléfono"

Antonio Quesada, portavoz de Correos

Algunas voces apuntan a la irrupción de los teléfonos móviles, que agotaron en tantas llamadas de voz las historias que antes se contaban por escrito. Hay quien señala al correo electrónico, capaz de transportar en cuestión de segundos, de ordenador a ordenador, lo que antes tardaba días o semanas en viajar de una punta a otra del mundo a manos de un servicio, el postal, que durante siglos mantuvo el planeta conectado. 

También hay quien relaciona el abandono de la tradición epistolar con el culto a la inmediatez que introdujeron las redes sociales y los sistemas digitales de comunicación, generosos en emoticonos y ágiles para trasladar mensajes cortos y rápidos, pero inútiles para insuflar el sentido de la paciencia y el aprecio por la dedicación que requería escribir una carta.

Carta enviada desde la corsetería de la señora Dolores Garriga de Blanes a Washington y que debía haber viajado en el 'Titanic', pero se acabó traspapelando.

/ El Periódico

Lo cierto es que el abandono del hábito de enviar misivas es anterior a la irrupción de los SMS y las aplicaciones de mensajería instantánea. En 2018, Correos transportó 2,7 millones de cartas y postales, justo la mitad de los 5,4 millones que movió en 2008. Una reducción del 50% en 10 años revela un cambio de costumbres, pero sería erróneo considerar a la primera década del siglo XXI como la edad dorada de las cartas o confundir los sobres que hoy cargan los carteros con los 2,5 millones que portaban cada temporada en los años 70, década señalada por los expertos como la de mayor actividad epistolar. 

En 2018, Correos moviò 2,7 millones de cartas y postales, la mitad de los 5,4 millones de 2008

“Lo que hoy llevamos en nuestras sacas es, sobre todo, facturas de empresas, recibos del banco y notificaciones oficiales. Las cartas personales son la excepción, y cuando ocurre, normalmente provienen del extranjero”, señala Antonio Quesada, coordinador de ventas de Correos en Catalunya, quien apunta a la década de 1990 como el momento en que perdimos el hábito de enviarnos misivas. En esos años era jefe de cartería de Barcelona y tiene claro que quien mató a la correspondencia personal fue “el abaratamiento de las llamadas de teléfono”. 

Sello dedicado a la pandemia.

/ El Periódico

Desde entonces, la historia postal de este país ha sido el triste relato del abandono de una tradición, la epistolar, y con ella la de la industria que se movía a su alrededor, hoy más enfocada a la paquetería que a la clasificación y entrega de misivas. Con 25.000 buzones, España es actualmente el segundo país de Europa, tras Polonia, con menos puntos de recogida de cartas por habitante y también figura entre los que tienen menos oficinas postales. ¿Para qué dedicar esfuerzos a una costumbre a la que la población había dado la espalda?

Unicef ha vendido este año un 30% más de postales navideñas que en ediciones anteriores

Contra todo pronóstico, la respuesta a este dilema la acaba de dar 2020: en el año en que todo cambió, oh sorpresa, se ha recuperado el tráfico postal. Según los cálculos de Correos, en noviembre y diciembre creció un 40% el número de envíos que se gestionaron en sus oficinas. De hecho, el 9 de diciembre la entidad batió su propio récord de actividad, con 2,2 millones de envíos registrados en 24 horas, la mitad de ellos cartas y postales. En Unicef, la oenegé que comercializa los 'christmas' más demandados cada temporada, confirman este cambio de rumbo: esta Navidad han vendido un 30% más de postales que en los años anteriores. 

Stradivarius lleva la correspondencia a su campaña navideña.

/ Stradivarius

El coronavirus, que tanto daño ha causado, parece haberle sentado bien a la cultura epistolar. A falta de abrazos y encuentros familiares, al parecer son muchos, o al menos más que nunca, los que este año han optado por recuperar la vieja costumbre de escribir cartas y felicitaciones navideñas para compartir afectos con quienes no van a poder estrechar en persona.

"La venta online de sellos creció en el confinamiento"

Alejandro Serrat, del Gremi de Filatélicos

Juan Carlos Rodríguez es uno de ellos. Nacido en el municipio salmantino de Ledrada y residente en Madrid, esta Navidad no ha podido volver a su pueblo porque tiene a media familia enferma de covid. La que más le preocupa es su madre, de 81 años, que está ingresada en el hospital comarcal. Esta semana, respondiendo a “un impulso interior”, decidió escribirle una carta. “Hacía más de 25 años que no lo hacía y ha sido curioso reencontrarme con la parafernalia epistolar, pero la experiencia me ha reconfortado. Una carta es mucho más personal y profunda que una llamada. Hablé con ella el día anterior, pero por teléfono no me atreví a decirle ‘querida mamá’. En cambio, en la carta sí lo hice”, confiesa.

En su caso, la decisión de agarrar la cuartilla, el sobre y los sellos partió de él mismo, pero en las últimas semanas han proliferado por todo el país multitud de invitaciones para recuperar el género epistolar con espíritu solidario. De Socuéllamos (Ciudad Real) a Burlada (Navarra) y de Azpeitia (Guipúzcoa) a Granada, se cuentan por decenas las campañas organizadas por ayuntamientos y colegios para que los vecinos, sobre todo los más jóvenes, envíen epístolas a los mayores que este año están pasando sus peores momentos en las residencias.

De pronto, escribir cartas ha vuelto a ponerse de moda. Hasta la marca de ropa Stradivarius ha lanzado una campaña para animar a sus clientas, la mayoría adolescentes o veinteañeras, a mandar postales a los familiares con los que esta navidad no podrán reencontrarse.

"Una carta es un testimonio vivo de una época"

Esteve Domènech, historiador postal

Al ir a hacerlo, muchas de ellas se preguntarán dónde se pone la dirección del destinatario, dónde va la del remitente y qué palabras hay que usar en el encabezamiento. Es lo que, con pesar, a menudo se ha encontrado José Ivars, jardinero de profesión y filatélico de afición, cuando ha organizado talleres sobre tradición epistolar y concursos de cartas en colegios y centros públicos de su pueblo, Calpe, y de toda la provincia de Alicante. “Y es una pena, porque perder esta costumbre implica renunciar a un bagaje cultural que nos ha acompañado durante siglos y a una experiencia humana única. Cuando nos sentamos a escribir una carta a un ser querido, nos abrimos a esa persona y a nosotros mismos. En ese momento íntimo, no pensamos en la rapidez con que le llegará ese mensaje, sino en la profundidad de lo que le contamos”, explica este experto en sellos e historia postal.


/ El Periódico

El ecosistema filatélico sintetiza mejor que ningún otro el espíritu demodé, pero cargado de autenticidad y resistente a la demolición, que tiene la cultura epistolar a estas alturas de siglo XXI. Los fans de los sellos se sienten vestigios de otra época, pero ninguno renuncia a su pasión y todos reivindican la valía cultural e histórica de su objeto de estudio. “De hecho, hoy hay las mismas tiendas de filatelia que hace una década, y si se cierra un local es porque el dueño se jubila, no por falta de negocio. Durante el confinamiento, la venta 'online' de sellos no paró de crecer, con peticiones llegadas de los cinco continentes”, asegura Alejandro Serrat Solé, presidente del Gremi de Filatèlia i Numismàtica de Barcelona. 

"Las cartas muestran las debilidades de las grandes figuras"

Montserrat Jiménez, historiadora

Que el mundo de los sellos es reacio a los cambios lo sabe bien María Teresa Miralles, una de las pocas mujeres coleccionistas de cartas y timbres postales que hay en España y la única que forma parte de la Real Academia Hispánica de Filatelia e Historia Postal. “Hace 50 años, cuando empecé a ir a las reuniones filatélicas, me miraban raro, pero al final se acostumbraron a mí, y yo a ellos. Este mundillo es muy masculino porque antiguamente los hombres eran los únicos que podían tener aficiones, las mujeres no. Por suerte, esto ha cambiado en muchos ámbitos de la vida, pero la filatelia mira más a la historia que al futuro. Somos una reliquia del pasado”, reconoce esta enfermera jubilada, propietaria de una de las mejores colecciones de sellos sobre su profesión que hay en el mundo. 

Carteros en moto en 1965.

/ El periódico

El 7 de enero se celebra el día internacional del sello, cita que pasará desapercibida para el gran público y que apenas tendrá eco entre los profesionales de la filatelia, que este año, debido al covid, han tenido que cancelar todas las citas presenciales que tenían programadas. “Pero la pandemia no ha hecho mella en el sector. Si algo ha cambiado el mundo filatélico en los últimos años, es que se ha hecho más selecto y profesional.

Las referencias epistolares se han convertido en la principal fuente de información para historiadores e investigadores literarios

Antes había mucho coleccionista ocasional que solo buscaba ganar dinero rápido, pero los escándalos de Afinsa y Forum Filatélico acabaron con la especulación. Hoy solo quedamos los aficionados verdaderos, pero publicamos más estudios que nunca”, afirma Esteve Domènech, filatélico y experto en historia postal. Para el profano en la materia, un sello es un trozo de papel troquelado. “Para nosotros es un documento histórico que habla de su tiempo. En el pasado, los filatélicos solo nos fijábamos en los sellos. Ahora valoramos la carta en su conjunto, por el valor que tiene como testimonio vivo de una época”, destaca el historiador.

Benito Pérez Galdóss y Emilia Pardo Bazán.

/ El Periódico

Precisamente, las referencias epistolares se han convertido en los últimos años en la principal fuente de información para historiadores e investigadores literarios. Cada vez se publican más correspondencias de figuras insignes -a veces con polémica, como ha ocurrido recientemente con la de Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós-, y las cartas personales de los protagonistas de la historia son consultadas con más asiduidad para comprender el pasado.

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De Hitler a Beauvoir 

“Y cada vez se consultarán más, porque esas cartas son un testimonio directo de lo que pasó. A menudo revelan lo que el relato oficial de la historia quiso silenciar”, advierte Montserrat Jiménez Sureda, profesora de Historia Moderna en la Universitat Autònoma de Barcelona y autora del libro ‘Amb el cor al paper. Història i teoria de les cartes d’amor’ (UAB), donde repasa la correspondencia amorosa de grandes personajes de la historia y de personas anónimas. Tras analizar las misivas románticas que escribieron figuras como Hitler, Mitterrand, Frida Kahlo o Simone de Beauvoir, entre otros, la historiadora cree haber vivido la experiencia de viajar en el tiempo. “Esa correspondencia saca a la luz las debilidades humanas que esconden los grandes nombres. En el fondo, hasta el personaje más fuerte y temible solo quiere que le quieran. Y eso lo revelan las cartas personales. Ahí no hay engaño posible, solo sinceridad”, observa la investigadora.