02 dic 2020

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Buscando a Nezir en las fosas de Bosnia

Joan Salicrú

Buscando a Nezir en las fosas de Bosnia

Sifa Suljic ha regresado a Srebrenica para localizar los restos de su hermano mayor, muerto en 1995 durante la guerra

Joan Salicrú

"No me lo puedo creer, no tiene vergüenza!", clama enfadadísima Sifa Suljic (Srebrenica, Bosnia y Herzegovina, 1971) al salir del despacho del actual alcalde de Srebrenica, Mladen Grujicic, el primer edil de origen serbio después de la guerra de Bosnia y también el primero que niega la categoría de "genocidio" a los hechos acaecidos en julio de 1995 en esta pequeña ciudad pegada a Serbia pero dentro de las fronteras de Bosnia y Herzegovina. Murieron más de 8.000 personas, todas ellas miembros de la comunidad musulmana, en unos hechos que el Tribunal de Justicia Internacional calificó precisamente de "genocidio" en el 2001. 

La mujer acaba de hablar durante casi una hora con Grujicic tras mucho tiempo esperando esta cita para poder contarle que ella es también víctima de aquel genocidio puesto que sus dos hermanos, Muamer (1980) y Nezir (1973), y su padre, Hakija (1943), fueron asesinados durante la "limpieza étnica" que el ejército serbobosnio de Ratko Mladic ejecutó a sangre fría del 8 al 15 de julio de 1995, hace 25 años. Justo lo que él niega y sitúa como "crímenes que se cometen en una guerra" en el marco de un conflicto que generó 100.000 muertos y un millón y medio de desplazados.

Sifa Suljic, asentada en Sant Celoni, sigue atada a un pasado que todavía no ha logrado superar

Sifa Suljic se halla en Bosnia en el contexto del rodaje del documental 'L’última cinta des de Bòsnia', que se estrenará en el programa 'Sense Ficció' (TV-3) el 1 de diciembre y que protagoniza, y el equipo del metraje, dirigido por el periodista Albert Solé, ha abierto la puerta a esta catalano-bosnia a explicar "su versión de los hechos" al acalde Grujicic en el mismo despacho del máximo responsable de Srebrenica, donde ahora viven unas 7.500 personas, el 45% mitad bosnios (musulmanes) y 55% serbios (de religión ortodoxa), las dos comunidades enfrentadas.

Catástrofe, sí; genocidio, no

"Si quiere, le podemos llamar 'catástrofe', pero no 'genocidio'", le concede el dirigente, conocido por haber escrito textos elogiosos hacia Radovan Karadzic, presidente y promotor de la República Srpska –uno de los dos entes en que se encuentra dividido el país– y con Ratko Mladic, exjefe del ejército serbobosnio.

En su posicionamiento público, el vigente alcalde –a la espera de conocerse el voto por correo, revalidaría la alcaldía en las elecciones del pasado domingo bajo una candidatura llamada Juntos por Srebrenica– insiste en negar la idea del genocidio ante cualquier periodista, lo cual representa una nueva visión de cómo tratar la narrativa sobre el conflicto.

Sifa Suljic, con su hijo, en el Centro de Identificación de Personas, en Tuzla. /JOAN SALICRÚ

Una historia interminable

Sifa Suljic sigue atada a un pasado que todavía no ha logrado superar: a su padre lo pudo enterrar en el 2015 –aunque solo pudieron encontrar tres huesos suyos– y a su hermano pequeño, Muamer, también –en el 2006, en este caso se pudo recuperar todo el esqueleto–; pero del hermano mayor, Nezir, no hay forma de localizar sus restos cinco lustros después del final de la guerra.

Es una del millar de personas desaparecidas que no ha sido posible localizar y los restos de las cuales se suponen que pueden estar o entre los sacos aún por abrir que esperan su turno en el centro de identificación de personas de Tuzla o en alguna fosa común aún por descubrir.

De los 2.500 bosnios que llegaron a Catalunya durante el conflicto, 400 permanecen en esta comunidad

Los cuerpos que se van identificando durante el curso se entierran conjuntamente cada 11 de julio en el cementerio de Potocari, justo delante de donde estaba la sede del batallón holandés que teóricamente resguardaba a los ciudadanos de Srebrenica de los ataques del Ejército serbobosnio, pero que finalmente los entregó a las tropas de Ratko Mladic. Si hubiera habido una coincidencia entre el ADN de un cuerpo y el de los familiares de Nezir, ya la habrían llamado y no lo han hecho, pero no obstante Sifa aprovecha la visita a Bosnia para visitar la sede de la Comisión Internacional de Personas Desaparecidas (ICMP) e intentar recabar alguna información novedosa sobre el paradero de su hermano. En vano. 

El último autobús  

La historia de Sifa Suljic es sobrecogedora. Consiguió salir de Sarajevo, adonde se había trasladado en junio de 1991 junto con su marido desde su natal Susnjari, al lado de Srebrenica, el 27 de abril de 1992, en el último autobús en que lo pudo hacer. Su hija Azra estaba gravemente enferma de tosferina, así que vio claro que, ante la falta de medicación, si no conseguía sacarla de la capital de Bosnia la pequeña no sobreviviría.

Un vídeo que es un tesoro

'L’última cinta des de Bòsnia’, el documental dirigido por Albert Solé que protagoniza Sifa Suljic, debe su título a un vídeo casero, grabado el 9 de abril de 1995 en la casa familiar de Susnjari, donde sus hermanos y su  padre, junto a su madre y sus dos hermanas –que sí sobrevivieron–, le explican que se encuentran bien de salud. "Espero que todo esto termine pronto y nos podamos volver a ver", le dice su padre al final del mismo. Es un vídeo en VHS que un cooperante grabó y que su madre trasladó escondido en una bolsa de harina para que su hija pudiera ver a sus hermanos y padre en vida.

El autobús la llevó, después de pasar por Belgrado –donde se había urdido el complot para invadir el este de Bosnia a partir de abril de 1992, empezando la guerra– a Macedonia, una de las seis repúblicas de la antigua Yugoslavia.

Después de ocho meses, un avión la llevó desde allí al País Vasco –Vitoria-Gasteiz se había ofrecido a recibir refugiados durante un año–. Posteriormente, por una carambola –una propuesta de acogida de "una madre con una niña" proveniente del Vallès Oriental– la llevó a Catalunya, donde llegó en noviembre de 1993. Y donde ha fijado su residencia desde hace 27 años, concretamente en Sant Celoni. 

Funeral de 775 víctimas de la matanza de Srebrenica, en el memorial de Potocari. / fehim demir (EFE)

Fue ya en tierras catalanas donde tomó conciencia de la naturaleza de la masacre, del genocidio en sí mismo, cuando su madre, que había llegado a Tuzla –zona controlada durante la guerra por el gobierno multiétnico de Sarajevo– en autobús, le reveló: "Que sepas que ellos no han vuelto". Esta era la forma con la que le comunicaba a su hija que sus dos hermanos y su padre se hallaban desaparecidos y, muy probablemente, muertos. 

Sin lugar al que volver

Al principio pensaba que la estancia en Catalunya sería corta, pero el tiempo fue pasando y entre el arraigo de sus hijos a su nueva tierra y las dificultades para volver a Bosnia –¿a dónde, si su antigua casa no era ya más que un conjunto de piedras en medio de un bosque?– hicieron que se quedara en esta población vallesana, donde actualmente está totalmente integrada. Como los 400 bosnios que se quedaron de los 2.500 que llegaron a Catalunya durante el conflicto. 

Unos hombres le dijeron que si se desplazaba a Viena le entregarían a sus hermanos vivos. Cogieron el dinero pactado y no volvieron

En los primeros compases de su estancia en Catalunya, Sifa Suljic fue además víctima de un engaño. Unos hombres se pusieron en contacto con ella telefónicamente: si se desplazaba a Viena, le dijeron, le entregarían a sus hermanos vivos. No podía saber si era cierto, por lo que probó suerte: los presuntos conocedores del paradero del hermano acudieron a la primera cita, cogieron el dinero pactado –10.000 marcos alemanes del momento, 800.000 pesetas españolas– y no volvieron nunca más.  

Delante de la tumba de su padre y del hermano encontrado –falta la del hermano mayor, que tiene el espacio preparado–, Sifa Suljic se hace a la idea de que aún tendrá que esperar para encontrar los restos de su hermano Nezir y cerrar, como mínimo por el momento, este círculo. Aunque sabe que esta historia la perseguirá mientras viva.