05 jul 2020

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Imelda Marcos: déspota, banal y sin remordimientos

AP / BULLIT MARQUEZ

Imelda Marcos: déspota, banal y sin remordimientos

Nando Salvà


En el Pacífico Occidental, al sur de China, hay una isla rodeada de arrecifes que parece un pedazo de África. Su nombre es Calauit, y alberga docenas de jirafas, cebras, gacelas y antílopes acuáticos importados ilegalmente a Filipinas en los años 70 por el dictador Ferdinand Marcos a instancias de su esposa, Imelda, incapaz de aceptar que su país no tuviera especies exóticas como las que ella había visto en un safari keniata.

 Fue la creación de esta reserva, y los estragos que causó –entre otros, el desalojo de 254 familias indígenas–, lo que atrajo la atención de la cineasta Lauren Greenfield hacia la figura de la singular primera dama; el resultado es el documental ‘The Kingmaker, que utiliza el retrato de quien fuera epítome del exceso absoluto –algo así como una versión moderna de María Antonieta– para inventariar el inquietante legado del régimen de Marcos y advertir sobre la facilidad con la que el dinero y la influencia política pueden socavar las normas democráticas. 

Asesinatos y saqueo  

La película, a punto de estrenarse en España a través de Movistar Plus, inicialmente fue diseñada por Greenfield a la manera de una historia de redención; sentarse frente a su cámara daría a la exlideresa la oportunidad de arrepentirse por los pecados cometidos durante la tiranía de su marido, depuesto en el año 1986. «Pero en cuanto empecé a entrevistarla me di cuenta de que es una mujer sin remordimientos, cuya versión de lo sucedido en esos años no tiene nada que ver con la verdad», afirmaba la directora durante la presentación de The Kingmaker en la pasada edición del Festival de Cine de Toronto. «Entonces comprendí que lo más interesante de Imelda son sus intentos de reescribir la Historia y recuperar la simpatía del pueblo».    

Durante el régimen de Marcos, 3.200 opositores fueron asesinados, 70.000 encarcelados y la familia saqueó 10.000 millones

El régimen de Marcos se prolongó durante dos décadas, e incluyó nueve años de ley marcial durante los que 3.200 opositores fueron asesinados35.000 sufrieron torturas y más de 70.000 acabaron en la cárcel. Asimismo, mientras ostentaba el poder, la familia saqueó unos 10.000 millones de dólares. Acumulaban lingotes de oro, Porsches, estatuas de marfil y edificios en Manhattan. Imelda vestía sujetadores a prueba de balas, y llegó a poseer más de 3.000 pares de zapatos de lujo. En la película, al tiempo que guía al espectador a través de su domicilio, la mujer asegura que todo les fue arrebatado tras la caída de su marido; el lugar, lleno de oro y jarrones con incrustaciones de diamantes y pinturas de Picasso y Miguel Ángel colgadas de las paredes, contradice sus palabras. 

Joyas entre pañales

«Metí las joyas entre los pañales», cuenta en el documental sobre la noche de 1986, cuando en una recepción la familia tuvo que huir por la presión popular frente al palacio presidencial. Salieron casi a la carrera y escondió las joyas que llevaba encima entre las bolsas de pañales de sus nietos: «Nos sirvió  luego –dice– para pagar los abogados».

Imelda Marcos y su hijo Ferdinand 'Bongbong', senador y 'presidenciable' en el 2022. 

En realidad, ni ella ni el dictador pagaron nunca por sus delitos, y solo una minúscula fracción de lo que habían robado fue devuelto a las arcas de Filipinas. Y son los inagotables recursos económicos de la viuda lo que le ha permitido orquestar el regreso del clan Marcos a las altas esferas políticas del país. Ella misma fue congresista durante tres mandatos consecutivos hasta junio del año 2019, y su hijog Ferdinand Bongbon no solo es senador desde hace una década, sino también hombre de confianza del presidente Rodrigo Duterte –adivinen quién financió el ascenso al poder–, y tiene intención de ser candidato a sucederle en el 2022

"Está convencida de ser la madre devota que el pueblo necesita", afirma la directora

Quizá lo más destacable de 'The Kingmaker' es que, pese a todo, su protagonista, paradójicamente, logra despertar cierta simpatía; no es difícil entender por qué las nuevas generaciones filipinas la ven como un icono cultural. «Imelda cree ciegamente en la mitología que la rodea, y que ella misma ha creado», explica Greenfield. «Está convencida de ser la madre devota que su pueblo necesita».

En una escena de la película, la vemos asomarse a través de la ventanilla del coche para repartir dinero entre los mendigos hambrientos que pueblan las calles, mientras asegura entre sollozos que quiere salvar el país. En otra, asimismo, consuela a los pacientes terminales de un hospital infantil llenándoles las manos de billetes verdes, aunque minutos después se entretiene enseñando una colección de retratos en los que posa junto a «amigos» como Muammar el Gaddafi, Saddam Hussein y Mao Zedong. 

Ese contraste entre la filantropía y el despotismo es, recordemos, el mismo que encarna Calauit, la isla de inspiración africana. «Empezó siendo un bienintencionado proyecto de conservación pero dejó a cientos de familias sin hogar, destruyó el equilibrio ecológico  y causó enfermedades y muertes entre los animales», recuerda Greenfield. «Y por eso define a la perfección la contradicción que Imelda encarna: en su cabeza ella está haciendo el bien, pero sus actos tienen consecuencias desastrosas». 
 

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