07 ago 2020

Ir a contenido
¿Los confinados seremos más libres o más esclavos?

Seong Joon Choo / Getty

EL MUNDO TRAS EL CORONAVIRUS / 4

¿Los confinados seremos más libres o más esclavos?

El escenario futuro se debate entre la tentación totalitaria de corte digital y la revisión de una globalización que ha dañado la especie y el planeta

Núria Navarro

La ecuación no es nueva. Un virus muy contagioso aventa el miedo. En nombre de la emergencia, el espacio público queda intervenido. Y en este repentino laboratorio social, el poder, que suele desempolvar la retórica bélica –"unidos contra el enemigo común"–, tiene libertad para reconfigurar el sistema (a menudo con saldo a su favor). Pasó con la peste negra, que a mediados del siglo XIV fulminó a una tercera parte de la población mundial, y que la Iglesia aprovechó para marcar el paso de la vida pública, y ocurrirá a cuenta de la covid-19, con la fortuna de que la razón científica da explicaciones más sólidas que "el castigo de los pecados" y que, tras décadas de lucha, existe una noción elemental de los derechos fundamentales.

En el tablero de la cosa pública se disputan dos tentaciones poscovid –un pelín llevadas al extremo–: 1/ el totalitarismo digital con excusa sanitaria, y 2/ la enmienda al capitalismo acelerado que ha traído esta y otras calamidades y que, como no para de recordar el arqueólogo Eudald Carbonell, pone en jaque la supervivencia como especie. "Es una lucha a muerte, y no sabemos quién ganará", retransmite en directo Simona Levi, cofundadora de la plataforma Xnet, desde el frente del ciberactivismo.

Monitores de videovigilancia de la vía pública, en una central de la policía. /MATÍAS BAGLIETTO (REUTERS)

Momento Hobbes

¿Dónde estamos ahora? Para los parámetros de las democracias occidentales, en este preciso instante "nos encontramos ante una representación extrema de la tesis de Hobbes según la cual los miembros de un Estado aceptan limitar sus libertades a cambio de que este los proteja –describe Victòria Camps, catedrática de Ética y consejera de Estado–. La renuncia a los derechos fundamentales a estas alturas de la historia no es cualquier cosa; de su persistencia y magnitud depende que cedamos la condición de ciudadanía para convertirnos en súbditos".

Sin esperar a ver ni la persistencia ni la magnitud, al trote, como acostumbra, el filósofo esloveno Slavoj Zizek –ha sacado ya un libro, '¡Pandemia! La covid-19 sacude al mundo'– considera que esta tragedia sanitaria le ha dado "un golpe a lo Kill Bill" al sistema capitalista y ha sacado a la luz "la basura que guardábamos debajo de la alfombra: la histeria colectiva, las 'fake news', la conspiranoia y el racismo", y que, a la vista de la hemorragia de civismo de los confinados, la solución podría pasar por "fundar un nuevo comunismo apoyado en la solidaridad y la ciencia".

Occidente ve como un 'modelo de éxito' la gestión china, basada en el big data y el monitoreo de la vida pública y privada

Pronto le corrige su colega surcoreano Byung-Chul Han, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín. El autor de 'La sociedad de la transparencia' hace notar que Occidente empieza a aplaudir como "un modelo de éxito" la gestión de China de la pandemia. Un modelo que se apuntala en la idea de que el big data y el monitoreo digital de la vida pública y privada "salva vidas".

El Gobierno de Pekín, que ya había sembrado el espacio público de cámaras de reconocimiento facial y térmico, drones y rastreos de móviles e internet, ha introducido un 'sistema de crédito' que evalúa la conducta social de los ciudadanos. A quien cruza las 'líneas rojas' –que son muchas– le quita 'puntos' y se arriesga a que le nieguen un crédito o a perder el empleo.

Si Occidente, que aprecia la subjetividad pero ya cede datos con alegría, se ve seducido por el disciplinamiento asiático, alerta Han, "el virus habrá logrado lo que ni siquiera el terrorismo islámico consiguió del todo". De momento, en España, ay, el Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital ha publicado una orden –la SND/297/ 2020– de desarrollo de aplicaciones móviles para "la recopilación de datos" y "el análisis de la movilidad de las personas" durante el confinamiento.

El repliegue

Mientras, todo pasa por las pantallas –los afectos, las reuniones de trabajo, las clases, el entretenimiento–, y es posible que vaya calando la idea de que solo la realidad virtual es territorio seguro ("y que moverse libremente en espacios abiertos se limite a islas pertenecientes a los ultrarricos", añadirá irónico Zizek).

"El virus destruye la protesta social, nos dice que lo más peligroso es juntarnos y reunirnos", señala la activista María Galindo

Lo inapelable es que la movilización en las calles para reclamar derechos y libertades, los mítines y asambleas y hasta la reunión de dos vecinos han quedado suspendidos. Eso, de momento, permite la discrecionalidad de la policía para castigar con multas severas actitudes que consideren un delito o un desacato, ya sea sacar a pasear un perro de peluche, o resistirse a mostrar el interior de la mochila de camino al contenedor de reciclaje. Y en pleno oprobio, unos pocos balcones, que mayormente expresan la solidaridad vecinal y el apoyo sincero a los héroes de los servicios básicos, empiezan a sacar la rabia delatando al runner y al que pasea con el carrito de la compra fuera del perímetro del súper y la farmacia.

"El coronavirus es un arma de destrucción de la protesta social, donde nos dicen que lo más peligroso es juntarnos y reunirnos", señala María Galindo, activista feminista y cofundadora del colectivo Mujeres Creando. Permite ir a trabajar, pero borra, minimiza o pone entre paréntesis problemas sociales y políticos que estaban en ardorosa discusión. El filósofo Paul B. Preciado escribía días atrás en un artículo que la nueva frontera política se ha desplazado desde las costas de Grecia hasta la puerta del domicilio privado. "Lesbos empieza ahora en la puerta de tu casa. La nueva frontera es la mascarilla", y el espacio doméstico existe como "un lugar identificable en Google Maps, es una casilla reconocible por un dron".

Un policía francés activa un dron de vigilancia del confinamiento. / ARNOLD JEROCKI (GETTY)

Antes de la llegada del virus, el filósofo Giorgio Agamben, autor de 'El poder soberano y la vida nula', ya advertía que los estados democráticos contemporáneos necesitan de la excepción, "y la producen también". El nerviosismo de las sociedades hiperconsumistas necesita, como contrapartida, de una serie de artificios que produzcan sensación de seguridad (seguros de vida, políticas contra el crimen, muros y vallas para repeler a la inmigración). "Cuando el discurso del terrorismo se desgasta y no tiene los mismos efectos paranoicos, viene bien un virus como amenaza global", coincide con Han. Su temor, ahora, es que se consolide la idea de "ciudadano como terrorista en potencia, 'el contagiador'".

Coronacapitalismo

Con estos mimbres, "el coronavirus no supone una amenaza para la economía neoliberal, sino que crea el ambiente perfecto para esta ideología", considera el activista croata Srecko Horvat, fundador de DiEM25 junto a Yanis Varoufakis. Porque limita el tránsito de los cuerpos, pero no bloquea la circulación de las mercancías y el capital. "Pronto nacerá una forma más peligrosa de capitalismo, que contará con un mayor control y una mayor purificación de las poblaciones", coincide el filósofo italiano Franco Berardi, autor de 'Después del futuro' y 'Fenomenología del fin'.

"Nacerá una forma más peligrosa de capitalismo, con mayor control y purificación de las poblaciones", sostiene el filósofo Franco Berardi

Como en otras etapas, es un terreno fértil para la xenofobia. "Cuando el vecino enferma, un familiar muere y mantenemos tres metros en la cola del súper, se genera desconfianza de nosotros –explica José Luis Betrán, profesor de Historia Moderna de la UAB y autor de 'Historia de las epidemias en España'–. La Historia nos muestra que eso acaba proyectándose en colectivos que no son de tu lengua, de tu país, de tu etnia".

El norte de Europa ya ha lanzado elementos de duda sobre el porqué en Italia y España tenemos niveles tan elevados de contagios. Y no es descartable que, cuando la covid-19 castigue el Sur Global, con el pretexto sanitario, se favorezcan criterios etnonacionalistas para cerrar aún más las fronteras. "Se cumplirá el sueño fascista de que los otros son el peligro", concluye María Galindo.

La solidaridad vecinal durante el encierro es la cara positiva de la pandemia. /THOMAS TRUTSCHEL (GETTY)

Razones para la esperanza

Pero quizá no todo sean malas noticias. No solo porque hemos dado un respiro al planeta y los delfines pasean por los canales de Venecia y los ciervos caminan por París. Tampoco porque, como indica Zizek, puede que se haya dado una estocada a "lujos obscenos" como los cruceros. Sino, como hace notar el politólogo Gustavo Yáñez González, el mercado ha demostrado ser "incapaz de sostener la vida", llevando a sus partidarios a aplaudir la sanidad pública y "a pedir al Estado la protección social que riega los circuitos comerciales", cuando antes solo les interesaba como garante del rescate de bancos.

"Sin un Estado protector de los derechos sociales, la crisis se resolverá mal", alerta Victòria Camps, catedrática de Ética 

De repente, el keynesianismo gana músculo. Victòria Camps subraya que será difícil regatear en gasto público sanitario y ser refractarios a la financiación de la investigación científica. A su juicio, ha quedado clara la necesidad de los poderes públicos. "El posconfinamiento habrá de venir de la mano de la recuperación de las libertades, pero también de la firme convicción de que sin un Estado protector de los derechos sociales, que son los de la igualdad, las crisis se resuelven mal, injustamente –observa Camps–. Habrá que repetir mucho esto último a propósito del descalabro económico que se avecina". 

Mientras no hay recuento de víctimas del hundimiento económico, Paul B. Preciado hace un llamamiento a no bajar la guardia. "Si el virus muta, hay que mutar". Frente a la petición de encierro y teletrabajo, invita a utilizar el tiempo "para estudiar las tradiciones de lucha y resistencia minoritarias que nos han ayudado a sobrevivir hasta aquí".

Repensar cómo queremos lo público evitaría caer en un error secular. "La Historia explica que, una vez que estas etapas son superadas, de manera instintiva, la energía colectiva contenida necesita ser liberada y se produce la amnesia social", describe el historiador José Luis Betrán. "Eso sería muy peligroso, porque es una realidad que incumbe al planeta".