07 abr 2020

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Ana Tijoux: "El neoliberalismo nació en Chile y debe morir en Chile"

Jordi Cotrina

Ana Tijoux: "El neoliberalismo nació en Chile y debe morir en Chile"

La rapera escribió 'Cacerolazo' para apoyar las protestas contra el presidente Sebastián Piñera

Nando Cruz

El pasado 21 de octubre, tres días después del estallido social causado por el alza del precio del transporte en Chile, la rapera francochilena Ana Tijoux (Lille, Francia, 1977) lanzó 'Cacerolazo', una canción que apoyaba las protestas y denunciaba la violencia policial.

–¿Cómo le explicaron sus padres que su país, más allá de la dictadura de Pinochet, funcionaba como laboratorio de experimentos neoliberales y de la llamada 'doctrina del shock', y que por todo esto usted no pudo nacer en él?
–La palabra 'política' estuvo sobre la mesa desde que tengo uso de razón. Influyó en los juegos que me regalaban, las lecturas, las conversaciones, la música que se escuchaba... La política siempre fue un pilar de nuestra casa y de los valores que recibí. En ese contexto, y habiendo nacido en Francia, Chile siempre fue una fantasía, un país muy cercano y lejano a la vez. Éramos chilenos, pero mis padres también me hablaron de Brasil, Argentina… Recordemos la 'operación Cóndor' y las otras dictaduras del Cono Sur. Me hablaban de Chile desde una perspectiva geopolítica.

–Una perspectiva latinoamericana.
–Y mundial. Siempre había amigos palestinos en casa. Si bien Chile tenía su singularidad por la dictadura de Pinochet y el método de los Chicago Boys, y se hablaba de que había un laboratorio social, siempre trataban de unir las luchas. Tuve una educación muy internacionalista. Ahora me da risa contarlo, pero uno de los primeros libros que me regaló mi papá fue 'Marx para niños'. También 'Las venas abiertas de América Latina'. Los conservo hasta el día de hoy. Son mi biblioteca del pensar.

–¿Cuándo emigraron sus padres de Chile y por qué motivo?
–Ambos eran miristas [MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria] y, como tantos jóvenes militantes, al estallar la dictadura hicieron el 'tour' por los centros de detenciones. En 1976 huyeron a Francia ayudados por un cura revolucionario llamado Roger Dubois. Siendo muy ateos y marxistas, fueron muy amigos de Dubois hasta que murió. Fue como mi abuelo putativo.

"Es hermoso que nuestra música
acompañe a procesos políticos y sociales, pero no arreglamos el mundo"

–¿Qué sentimientos genera hacia su país una niña que no ha podido nacer en él?
–Sentimientos contradicciones. Como las que experimentan muchos hijos de inmigrantes de segunda o tercera generación en España, Francia o Alemania. Hay una búsqueda permanente de identidad. La diferencia es que yo volví y viví 20 años en Chile. Recién llegada sí tuve ese problema, pero lo fui apaciguando y lo resolví cuando me enamoré del otro Chile: el de la olla común, el popular, el periférico, del Chile organizado contra viento y marea.

–¿Estaba en Chile durante el estallido social del 18 de octubre?
–No. Una semana antes estuve de gira. Cuando me fui a Francia, no pensé que podría haber ese nivel de estallido. La violencia empezó muy rápido y pronto hubo toques de queda. Mis amigos, gente de todas las generaciones, estaban marchando. Fueron días de gran preocupación.

–Y desde París, lanza una canción de apoyo: 'Cacerolazo'. ¿Qué papel juega la música en el estallido popular chileno?
–Los músicos tenemos que quitarnos el ego. Somos bellos acompañantes. Es muy hermoso acompañar procesos políticos y sociales, pero nosotros no vamos a arreglar el mundo. Para eso están los sindicatos, los mineros, los estudiantes, los profesores, los intelectuales, los trabajadores. Somos iguales en la transformación social.

–Hemos visto Santiago desbordante de gente que coreaba canciones de los años 70 y 80 como 'El derecho a vivir en paz' de Víctor Jara y 'El baile de los que sobran' de Los Prisioneros. Han pervivido, como si la sociedad sospechase que volvería a necesitarlas.
–La dictadura nunca se fue de Chile. Si bien pasamos a una democracia, todo sigue bajo un sistema pinochetista: la Constitución, el sistema económico, el sanitario, el educativo, el del jubilación... Todo es tan pinochetista y el nivel de impunidad judicial es tan grotesco, que es normal que la gente de 15 años cante estas canciones. El trauma es tal que esas canciones son una recuperación de identidad y valores. Cada una de ellas es una memoria de cada muerto. No se trata de Víctor Jara, sino de todos los Víctor Jaras. Cuando la gente canta 'El derecho a vivir en paz' se empodera de nuevo ese Chile que trataron de poner bajo placa subterránea como si no existiera. Parecía que ya no estábamos organizados, que éramos sumisos. Nos metieron el dedo en el ojo de todas las maneras posibles: privatizando el agua, saqueando al pueblo mapuche, violando los derechos humanos… Esa canción es una rabia muy subterránea. Es como la falla de San Ramón.

"La dictadura nunca se fue de Chile. Pasamos a una democracia, pero todo sigue bajo un sistema pinochetista"

–¿La falla de San Ramón?
–Chile fue siempre tan estable, tan oasis, tan sumiso… Pero me da la impresión de que debido a la falla sísmica de San Ramón, Chile está siempre en movimiento. Si bien fue siempre una suerte de sssssh, de "quédate callado", estas canciones simbolizan esa ira colectiva. Yo tengo una familia que ha militado, pero me he topado con mucha gente que no. Fabiola Campillay perdió un ojo en octubre. Yo canté por ella en un par de ocasiones y la conocí luego en el hospital. Es una mujer proletaria que salió de casa para tomar el bus al trabajo y le estalló una bomba lacrimógena. La escuchas y ves que, sin tener un pasado político, se politizó en el transcurso de su dolor. Y así toda su familia.

–Y el suyo no debe ser un caso excepcional.
–No. Chile volvió a recuperar la palabra política. Una palabra que se nos quitó. Se nos decía: "No hablen de política porque van a pelear, porque es conflictivo, porque no hay que decir mucho lo que uno piensa por este trauma que tenemos en Chile". Siempre decimos que el neoliberalismo nació en Chile y debe morir en Chile. Por eso es tan simbólico. Chile es un país muy pequeño y austral, pero muy movedizo. Tiene una geografía compleja con muchas fracturas, pero hay algo que nos une y tiene que ver con la dignidad. Hay gente con más formación que otra, pero es muy bello ver cómo todos se organizan. Se creyó que no éramos un país politizado, pero la política se instaló sobre la mesa. Es como cuando en el laboratorio la rata deja de dar vueltas a la rueda. Y todo explota.

"Las mujeres hacemos un trabajo en torno a la violencia y el tipo de relaciones que queremos. Los hombres aún no lo han hecho" 

–Comparado con el silencio habitual del gremio español, sorprende ver músicos chilenos de todas las edades y estilos, desde youtubers adolescentes hasta veteranos de la canción, protestando de forma muy activa. ¿Es tan transversal?
–Hay gente que lleva más tiempo y otros que empezaron ahora. Parece que los músicos tenemos que caer bien a la industria y practicar el arte de no molestar. Pero eso es pura complicidad. Es la violencia de la neutralidad, es no decir nada por miedo a perder trabajo. Ese miedo se está rompiendo. Y es muy lindo.

–La denuncia de Mon Laferte en la fiesta de los Grammy Latinos, el discurso de Camila Moreno, su propio 'Cacerolazo'… Las cantantes toman protagonismo en estas protestas. ¿Ha habido un proceso de empoderamiento feminista en paralelo al hartazgo político?
–Las mujeres hicimos, y seguimos haciendo, un trabajo colectivo en torno a la violencia y el tipo de relaciones que queremos. Y ese es un trabajo que no han hecho los hombres. Nadie habla de las violaciones a hombres, por ejemplo. Hay tal tabú respecto a la sexualidad masculina que mientras no haya ese trabajo de cuestionamiento, es muy difícil que se pueda alcanzar el empoderamiento que hoy muestran las mujeres. La sexualidad es un tema clave que tiene que ver con la amorosidad. Si no hacemos política con amorosidad volvemos a repetir un patrón de violencia. Por eso el amor, como la humanidad, y aunque suene extremadamente a cliché, es clave para avanzar.

"El amor, aunque suene a cliché, es clave para avanzar"

–¿Considera que 'El violador eres tú', la performance del colectivo Las Tesis, es la canción más importante de la pasada década?
–¡De lejos! Y me da una alegría profunda ver que por fin dentro de las artes no sea la música la protagonista sino que lo sea un arte performativo. La música ya acaparó mucho y por eso es muy bonito que una performance haya tomado una amplitud mundial que no hemos logrado ninguno de nosotros. Eso es muy sano para la cultura. Y me parece lo más antisistémico porque llega desde otro lugar inesperado y escapa a toda regla de la industria cultural. Una de Las Tesis era alumna de mi mamá. Chile no es un país tan grande.

–Ya no se habla tanto de Chile. ¿Ha mejorado la situación?
–Enero y febrero son los meses de las vacaciones de verano, pero se espera que en marzo, a la entrada de clases, explote de nuevo. Este gobierno no ha cedido un centímetro.

–¿Qué esperanza tiene en el futuro del país?
–Esta gente jamás cederá sus privilegios ni la fortuna que ha hecho. Ahora está todo el sistema en cuestionamiento. Es difícil, pero hay que estar ahí.

Apuntes biográficos

Ana Tijoux es hija del abogado Roberto Merino Jorquera y de la socióloga María Emilia Tijoux, militantes comunistas. Madre e hija participaron en el ciclo 'L’ecofeminisme és la resposta', en Barcelona.

En 1997, entró en la banda de rap chilena Makiza, conocida por sus letras comprometidas, y en el 2006 inició su carrera en solitario. Un año después, lanzó su primer disco, 'Kaos', donde fusionaba funk, soul y otros ritmos negros.

En el 2011, coincidiendo con las protestas del invierno chileno, publicó la canción 'Shock', en la que se refiere a la 'doctrina del shock' aplicada en su país para someter a la población.