22 sep 2020

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"El catalán a veces es un lacayo y a veces un insurrecto"

TEXTOS INÉDITOS DE JOSEP PLA / PREPUBLICACIÓN

"El catalán a veces es un lacayo y a veces un insurrecto"

'Hacerse todas las ilusiones posibles y otras notas dispersas' reúne materiales nunca publicados o censurados que debían formar parte de las 'Obres completes'

"(...) Nos veremos obligados a analizar las causas de nuestro drama cultural –de nuestra decadencia literaria, espiritual y sensible– a la luz de la formación de la unidad española y del vínculo con Castilla. Las causas reales de esta decadencia, que ha sido subrayada muy a menudo, son, por el momento, desconocidas. La unidad, que no fue solamente política, sino también religiosa, lograda mediante la proyección de formas del catolicismo castellano sobre nuestro  país, produjo una sobrecarga de catolicismo en nuestra vida social, que actuó como factor de decadencia, pues los pueblos con espíritu comercial se ahogan si la presión del dogmatismo católico resulta excesiva.

El bilingüismo fue otro factor de decadencia. El bilingüismo plantea, a mi modo de ver, el problema del subconsciente catalán –origen de todo el drama cultural del país– porque el pueblo que no logra manifestar su subconsciente de manera holgada, libre y normal, pierde fatal y certeramente su personalidad. El subconsciente catalán es absolutamente ajeno al ambiente castellano y andaluz, donde se siente desplazado. El hecho de que el alma catalana sea más sentimental que sensible intensifica aún más lo que digo. El arrinconamiento al que aludo crea en el catalán un sentimiento de inferioridad permanente.

Portada del libro 'Hacerse todas las ilusiones posibles' (Destino). / el periódico

Al ser el sentimiento de inferioridad algo doloroso, desagradable y abrumador, el catalán ha realizado, colectiva y, en muchos casos, personalmente, un gran esfuerzo para superarlo: ha hecho todo lo posible para abandonar su auténtica personalidad, para desprenderse de ella, pero no lo ha conseguido. Esto ha dado lugar a una psicología curiosa: la psicología de un hombre dividido, que tiene miedo de ser él mismo y, al mismo tiempo, no puede dejar de ser quien es, que se niega a aceptarse tal y como es y que no puede dejar de ser como es. No son elucubraciones mías, son hechos. Son las señales típicas del complejo de inferioridad.

La permanencia prolongada en este estado ha creado un ser de escasos sentimientos públicos positivos, es decir, un hombre sin patria, incapaz de unirse a otros o compartir intereses, hipercrítico, irónico, individualista, frenéticamente individualista, negativo: un hombre enfermizo, sombrío, desconfiado, tortuoso, escurridizo, nervioso, displicente, solitario, triste. La enfermedad catalana yace en el subconsciente del país.


***

(...) Geográficamente, Catalunya se halla entre una cultura de irradiación universal, la cultura francesa, que es la más elaborada del continente, y un país, España, que tras irrumpir en la historia como una llamarada entró en una larga decadencia. A pesar de esta decadencia, la diferencia de volumen demográfico y el paralelismo católico han hecho que Catalunya haya vivido sometida a España durante siglos.

Estos siglos de dominación han conllevado un largo esfuerzo para desenraizar al catalán de su autenticidad, de su manera de ser. Este esfuerzo se ha producido en el campo político y en el cultural. Su consecuencia ha sido la creación de un pueblo atormentado por una secuencia inacabable de contradicciones, compromisos, perplejidades y negaciones. No obstante, no han logrado matar el idioma ni sepultar del todo la personalidad del país. Las clases cultivadas siempre adoptaron la cultura francesa, entre otras razones para llenar el vacío dejado por la preponderancia castellana.

(...) Ni España, pues, ni Francia, han querido reconocer jamás la existencia de una personalidad catalana. El opresor político no solo ha rechazado esta personalidad, sino que ha llevado a cabo una labor de desarraigo, imponiendo prejuicios, generando desconfianza, aplicando medidas vejatorias y obligaciones deliberadas para diluir la autenticidad del país, para matar su personalidad autóctona. Una personalidad que debe de poseer una vitalidad y una fuerza impresionantes si, después de tantos siglos de mistificación, de tantas invasiones y de tantas guerras y de un no menor esfuerzo de asimilación, todavía sobrevive.

Pero estos tres siglos no han pasado en vano y le han hecho mucho daño al alma y al espíritu del país. El catalán de hoy es la consecuencia del transcurso de estos tres siglos. El catalán de hoy tiene miedo de ser él mismo. Este miedo es como un tumor que lleva dentro. El catalán oculta sus verdaderos sentimientos, disimula su manera de ser, escamotea su autenticidad, aparenta ser diferente de quien es. Ser catalán le ha dado tantos problemas que, en ciertos momentos, ha dejado de pensar en el país. El hecho mismo de que el catalán aparente ser un hombre que no piensa, deriva de que no quiere pensar en su país –por consiguiente, prefiere no pensar en nada.

El primer drama del catalán consiste en el miedo a ser él mismo. Pero hay otro todavía más grave: el catalán no puede dejar de ser quien es. Las tendencias oscuras del inconsciente individual y colectivo superan, probablemente, cualquier esfuerzo de voluntad. En el subconsciente del país, pues, la procesión va por dentro. En realidad, nos hallamos ante un dualismo irreducible –doloroso, lacerante, enfermizo–.

Ahora bien: ante un problema de dualismo irreductible, todavía no se ha inventado nada más cómodo que huir. El catalán es un fugitivo. A veces huye de sí mismo y otras, cuando sigue dentro de sí, se refugia en otras culturas, se extranjeriza, se destruye; escapa intelectual y moralmente. A veces parece un cobarde y otras un ensimismado orgulloso. A veces parece sufrir de manía persecutoria y otras de engreimiento. Alterna constantemente la avidez con sentimientos de frustración enfermiza. Aspectos todos ellos característicos de la psicología del hombre que huye, que escapa. A veces es derrochador hasta la indecencia y otras tan avaricioso como un demente; a veces es un lacayo y otras un insurrecto, a veces un conformista y otras un rebelde. El catalán se evade, no se suma a nada, no se compromete con nadie. Ante lo irremediable del dualismo, procura llegar a su hora final habiendo soportado la menor cantidad de molestias posibles –lo cual le hace sufrir aún más–. La careta que lleva puesta toda su vida le causa un febril desasosiego interno. Es un ser humano que se da –que me doy– pena.


***

(...) Unamuno acusa a los catalanes de "vanidad petulante" y de "avaricia codiciosa", vicios que, asegura, "brotan de una cualidad –observemos que se le ha escapado la palabra cualidad– que es la sensualidad" común a todos los pueblos mediterráneos. (...) No es el momento de detenerse a analizar la justicia de estas observaciones. Solo diré que, en la medida en que son exactas, Unamuno obraba de mala fe al ocultarnos sus causas. Si los catalanes son así, no es porque sí, y Unamuno lo sabía o tenía la obligación de saberlo. (...) Nunca he dado mucho valor a Unamuno –en el sentido de los valores que me interesan. Exceptuando la singularidad de su figura y su energumenismo fundamental. Pero una de las observaciones que hace me lleva a añadir algo más sobre la enfermedad nacional. (...) Mi opinión es que el catalán de hoy en día no tiene ni una sola característica típica de los catalanes de la época nacional.

El catalán actual ha sido modelado en los años de decadencia (...) El catalán es la consecuencia de aquellos años desgraciados y de estos años en los que todavía vivimos. (...) El catalán no tiene patria, por eso es un ser diferente que no puede compararse con quienes la tienen. Perdió la patria e hizo un gran esfuerzo para tener otra, sin lograrlo. El catalán no tiene un inconsciente sano, normal y abierto. Esto explica sus características: a veces es un engreído –la jactancia que nota Unamuno–. Pero a menudo también posee una humildad morbosa, humillada y ofendida, y por eso Unamuno dice que "hasta cuando parece que atacan, están a la defensiva". Puede que esa vanidad insoportable sea una consecuencia del sentimiento de humillación, y viceversa –la humillación crea, como una evasión incontenible, la vanidad–. Encontrar un catalán normal es difícil".
 

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