15 ago 2020

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organización que asesora sobre los estupefacientes

El otro plan de drogas

Nando Cruz

Varios jóvenes se acercan a pedir información al estand de Energy Control instalado en un festival de verano.

Varios jóvenes se acercan a pedir información al estand de Energy Control instalado en un festival de verano. / ENERGY CONTROL

En 1993 sucedió algo inusual en el Centre d'Assistència Sanitària (CAS) de Sants: empezaron a acudir jóvenes con problemas de consumo de éxtasis. La ruta del bakalao estaba en su máximo esplendor y aquel centro que hasta entonces recibía principalmente adultos con problemas de alcoholismo o adicción a la heroína se vio desbordado por un inesperado perfil: el del consumidor de pastillas. La mayoría de aquellos jóvenes fueron atendidos por Josep Rovira, un joven trabajador social que aunque no era asiduo a las discotecas de música electrónica, había acudido a 'raves' clandestinas en el Montseny y conocía bien el mundo de la música electrónica y las drogas recreativas.

En aquella época, el protocolo para tratar a alcohólicos y heroinómanos era la visita en el centro de salud, el seguimiento psicológico y la abstinencia. Para Rovira, tratar a aquellos jóvenes pastilleros del mismo modo era una salvajada. «La abstinencia no es una solución. La mayoría de población prueba las drogas durante una época, lo deja después y sigue su vida. Se consume porque estás en una edad de experimentación propensa al consumo, porque las sustancias están más cerca, la decisión de tomarlas se hace en caliente. Pero pensar que quien toma una pastilla ya está condenado de por vida es absurdo», denuncia.

Durante todo aquel año fue aumentando en el CAS de Sants ese perfil de paciente joven, inmerso en un proceso de maduración posadolescente que le animaba a probar las drogas sin apenas tener información sobre ellas. Aquella era la clave. «Hacía falta una aproximación más educativa», explica. En 1996, Rovira ya dirigía en el CAS un protocolo alternativo de atención enfocado al acompañamiento y a la pedagogía a través de largas conversaciones.

CLUB FELLINI, 1997

«La mayoría de gente empieza con media pastilla. Es una posición precavida: les ofrecen una y aceptan solo media. ¿Cómo se explica que a los tres años estén tomando diez? La gente llegaba a las drogas con miedo, pero luego lo desterraba». Faltaba una orientación útil, otro modelo preventivo. Y para prevenir, había que informar en las mismas discotecas, así que una noche de diciembre de 1997, Rovira y varios pacientes reconvertidos en educadores se presentaron en el Club Fellini de la Rambla a repartir unos cómics sobre cómo dosificar el consumo de éxtasis.

El plan era muy rompedor, pero tenía motivos. «Las políticas de drogas y los modelos de prevención están enfocadas a la gente que no consume y que puede sentirse amenazada por ese miedo. Eso, desde una perspectiva de salud pública, nos parecía una animalada. A los primeros a los que hay que atender es a los que están en riesgo, no a los que no lo están y nunca lo estarán», reflexiona Rovira. Tan rompedora era la primera campaña de Energy Control, que en 1998 el Plan Nacional Sobre Drogas les retiró la subvención que les había concedido un año antes.

«El Sónar afrontó que había drogas en el festival e introdujo un punto de información», cuenta Josep Rovira

Sin embargo, y pese a las reticencias iniciales de algunos clubes, que entendían que dejar que Energy Control entrase en su local era como reconocer que allí se consumían drogas, las discotecas más cabales fueron entrando en razón. Hasta los 'clubbers' cambiaron de actitud. Si aquella primera noche en el Fellini muchos lanzaron los cómics al suelo, pronto pasaron a ver a Energy Control como un servicio útil. Así se deducía de las encuestas que realizaban voluntarias como Nuria Calzada, una psicóloga que entró en Energy a hacer las prácticas de la carrera.

ANÁLISIS DE SUSTANCIAS

Un factor que ayudó a expandir la labor de Energy Control fue su entrada en el festival Sónar. «El festival afrontó la existencia de las drogas y se hizo responsable introduciendo un punto de información. Siempre ha colaborado para dar respuestas preventivas», asegura Rovira. El FIB, el Rototom, Monegros y muchos otros siguieron su ejemplo. En el extremo opuesto estaría Primavera Sound. «Empezaron a colaborar y se retiraron», revela Rovira.

Desde el 2006, Calzada es la coordinadora de Energy Control en sustitución de Rovira. En su opinión, un festival que rehusa este servicio asume ciertos riesgos. «Muchas veces les llega gente a urgencias y no saben qué han consumido ni cómo reaccionar si les dicen que han tomado tal pastilla. Nosotros les informamos de las alertas detectadas», explica. Aun así, las estrategias comunicativas se adaptan a cada contexto. «Igual que un mensaje como 'Hazte un rulo' no es viable en televisión, un lema como 'No a las drogas' no funciona en un festival. Los mensajes dirigidos a la gente que no consume no son útiles para la gente que consume», resume Calzada.

En 1998, Energy Control ya incorporó a sus estands un servicio de análisis de sustancias. El mismo público quería saber qué consumía exactamente. «En ese momento se triplicó la cantidad de público que venía al estand», recuerda Rovira. Aún así, al principio esos análisis se hacían a escondidas debido, una vez más, a esa doble moral del mundo del ocio nocturno. «En 20 años, hemos encontrado de todo. Hasta una 'mitsubishi' con cantidades importantes de diazepam», dice. Una vez analizada la pastilla, se retorna al cliente y se desaconseja su consumo. «Y la gente la tira», revela Rovira. «A los que consumen drogas se los trata como gente despreocupada y no es así».

«En 20 años hemos detectado de todo:  hasta una ‘mitsubishi’ cargada de diazepam», dice el trabajador social

Hoy Energy Control ya tiene tecnología para detectar el nivel de concentración de sustancias y advertir del riesgo que asume el consumidor a tomar esa pastilla con el doble de MDMA que suponía. Pero el mercado también ha evolucionado con la llegada de nuevas sustancias psicoactivas. «Hace dos años se detectaron cien sustancias nuevas en un año», recuerda Rovira. «Son sustancias no testadas en ratas ni en humanos que van del laboratorio a la calle», advierte Calzada. Por otro lado, la venta en la 'deep web' ha reducido algunos riesgos, ya que el público califica al vendedor como en Amazon o eBay. El mercado se ha sofisticado para bien y para mal.

En estas dos décadas, Energy Control no ha dejado de recibir peticiones para iniciar campañas en todo tipo de contextos. Padres y profesores se les han acercado en festivales como Monegros para invitarles a visitar sus institutos. Poco después empezarían a instalar estands en fiestas mayores de pueblos y barrios. Ahora ya lo hacen en zonas de botellón, a instancias de ayuntamientos como el de Madrid. «La propuesta comunicativa es distinta, pero las necesidades de prevención son iguales», advierte Rovira.

REFERENTE MUNDIAL

Energy Control tiene sedes en Mallorca, Madrid y Andalucía, una veintena de trabajadores y un centenar de colaboradores. Sigue haciendo cinco o seis salidas semanales, pero la demanda en festivales, discotecas, 'raves' y fiestas de pueblo supera la capacidad de acción de una entidad cuyos únicos ingresos son las subvenciones de las administraciones y la aportación de algún filántropo ocasional. Ya han surgido entidades hermanas en Manresa, Navarra, Galicia y Euskadi. Y proyectos tutelados en México y Colombia. Energy es hoy un referente mundial en el análisis de drogas gracias a su laboratorio y, sobre todo, a esa red de confianza e información que han tejido con los consumidores.

Cuando Rovira asumió el cargo de jefe del área de drogas de la oenegé Asociación Bienestar y Desarrollo, los programas de prevención de riesgos en espacios de ocio ya estaban integrados en las estrategias estatales. «Pero nuestra intención es cambiar políticas de drogas del país», advierte. «Cuando empezamos tratando el tema del éxtasis, no pensábamos que el gran problema fuera ese. Empezamos por allí porque esa era la alarma». En 2017, Rovira apunta un nuevo escenario de riesgo. «Cuando los turistas viajan, multiplican su consumo. E igual que hay países que han establecido acuerdos internacionales para tratar el cáncer de piel que puede sufrir la gente que viaja a tomar el sol a otros países, serían necesarios acuerdos para abordar el consumo de alcohol y drogas», apunta.