EL LENGUAJE DE LA INDUMENTARIA

Cándidos políticos

Los líderes y estadistas recurren a vestir de blanco cuando quieren transmitir mensajes clave y proyectar intenciones limpias. Esperanza Aguirre ha sido la última en sumarse a esta práctica, cuando compareció, días atrás, impoluta, para anunciar su dimisión como concejala de Madrid. La tradición viene de antiguo: los romanos ya la practicaban.

ESPERANZA AGUIRRE. La ’lideresa’, anunciando su dimisión como concejala de Madrid tras los casos de corrupción del PP.

ESPERANZA AGUIRRE. La ’lideresa’, anunciando su dimisión como concejala de Madrid tras los casos de corrupción del PP. / JOSÉ LUIS ROCA

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Toni Aira
Toni Aira

Periodista

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Tiene unos ojos azules que tientan mucho a sus asesores para ponerle camisa a juego, ¿pero, en su avatar de redes sociales, de qué color es la camisa del candidato Emmanuel Macron que hoy puede convertirse en presidente de Francia? Blanco. De hecho de ahí viene la palabra «candidato», de la descripción «túnica cándida» (blanca), que ya lucían en la antigüedad romana los aspirantes a representante del pueblo, engalanados con un color diáfano, impoluto, sin mácula, limpio como en teoría sus intenciones. Y así sigue triunfando este código no escrito, especialmente en campaña, pero más allá, para proyectar mensaje sin palabras, y con las políticas en mejores condiciones de revestirse con él en momentos clave.

GENIO Y FIGURA

Esperanza Aguirre nos lo demostró hace pocos días, en la comparecencia para anunciar su dimisión como concejala de Madrid, después de la detención de quien había sido durante años su números dos y después sucesor en la presidencia de la Comunidad de Madrid, Ignacio González. Se preguntan muchos, con el encarcelamiento de su antigua mano derecha, que se suma al de su antigua mano izquierda, Francisco Granados (que ya lleva dos años en prisión), si Esperanza Aguirre no saldrá salpicada con alguno de los casos de presunta corrupción que protagoniza el PP de Madrid. Pero ahí está ella, que dimite porque dice haberlo decidido así, pero limpia. Como el radiante blanco que lucía en la rueda de prensa de su dimisión, que muchos en el PP de Mariano Rajoy confían que sea la definitiva. Operación Púnica, Operación Lezo, Gürtel… y a ella que no se le encuentra, de momento, mácula personal alguna.

Y con su blanco que lo reivindicó, como el año pasado en la portada de su libro 'Yo no me callo' (Espasa). O como en el año 2015, en su cartel electoral de candidata a la alcaldía de Madrid. O como en el de las elecciones autonómicas del 2011, con el eslogan 'Centrados en ti'. Genio y figura.

ESCENOGRAFÍA EN LA MONCLOA

Pero el blanco para el líder político es un color con mensaje a explotar de forma muy transversal. Y nos lo demostró en su día una política que desgraciadamente nos dejó hace pocas semanas y que apuntó y llegó muy arriba: Carme Chacón. En su etapa de ministra, primero, en el 2007, de Vivienda, y, a partir del 2008, de Defensa, se especuló mucho con que Chacón era una suerte de delfín político de un José Luis Zapatero que por ejemplo le regaló estampas como una que se hizo especialmente famosa, con ellos dos en las escalinatas de la Moncloa, cada uno con su atril, y con ella vestida de blanco de pies a cabeza.

En Roma,  "candidato"

«Blanca y radiante va ministra», escribió algún cronista. Ese blanco nuclear que lucía, a juego con su amplia sonrisa, era el anuncio no escrito de su candidatura a algo importante. No se sabía exactamente a qué, pero candidata a alta magistratura lo iba a ser. Y lo fue: cabeza de lista del PSC en las elecciones generales del 2008, 2011 y del 2015, y aspirante a líder del PSOE en el 2012. En su último cartel electoral como cabeza de lista del PSC, acompañaba el eslogan 'Som la solució' y el 'hashtag' '#FemForaRajoy', con su imagen con blusa blanca, sonrisa blanca, sobre fondo blanco y con filtro blanco de foto, al estilo de los anuncios de detergente que aseguran que lavan más blanco.

SER ANGELICAL

Y es que el blanco puede anunciar buenas intenciones, venir a decir que uno con la mancha de la corrupción no tiene nada que ver, o hasta proyectar subliminalmente que un líder es lo más cercano a un ser angelical sobre el cual no puede ni insinuarse la idea de complicidad con algo tan grave como una muerte.

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Así, en la línea de esto último, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se plantó ante la audiencia argentina, en mensaje televisivo, y con ella en silla de ruedas (postrada por la enfermedad) y vestida toda ella de blanco, para mirar de salir al paso de las acusaciones que la relacionaban con la muerte del fiscal Nisman el 26 de enero de 2015, que hasta ese momento había estado investigando presuntos (y gordos) casos de corrupción que implicaban al núcleo duro del kirchnerismo. Y ella, allí, hablando de regeneración, hasta con los pendientes y las uñas de blanco. Aseguraba en el mensaje que se enteró «de que algo estaba sucediendo» la madrugada en que se encontró muerto al fiscal Nisman en su domicilio, y que cuando la llamaron y le explicaron lo primero que se había visto en el piso, a la espera de que llegara el juez, pensó que era «un chiste». Total, que esa candidez («túnica cándida», recuerden) era sinónimo de inocencia clara. En la mente de quien ideó aquel mensaje, como mínimo.

Igual como aquella Hillary Clinton que se enfrentó de blanco de pies a cabeza en su último debate presidencial contra un Donald Trump con eléctrica corbata roja. ¿Quién era el Bien y quién era el Mal? Pero ahí, sea como fuere, la candidez de la candidata no coló. Como en tantos otros casos, pero otra cosa es que ellas y sus asesores al menos no lo intenten. Igual como sus compañeros masculinos con la camisa blanca. Recuerden si no los carteles de Pedro Sánchez