HISTORIAS DE LOS ROMÁNOV

Juego de tronos entre zares

Un libro saca a la luz desconocidos detalles de la vida privada de los Románov, que reinaron en Rusia durante 304 años. El sexo, la traición y el asesinato marcaron a una familia plagada de personajes de teleserie.

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Juan Fernández
Juan Fernández

Periodista

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Los hijos matan a sus padres, las esposas envenenan a sus maridos, las cabezas decapitadas ruedan por los suelos de palacio con la lengua seccionada y en las plazas lucen al sol los cuerpos empalados por el recto. Hay intrigas, sexo explícito, 'menage à trois', sesiones de tortura y mucho delirio.

Parece el tráiler de una temporada de la serie 'Juego de Tronos', pero la descripción está entresacada de las páginas de 'Los Románov' (Crítica), la monumental y detallista obra que cuenta la historia de la dinastía que pilotó Rusia durante tres siglos y cuyo autor, el historiador Simon Sebag Montefiore (Londres, Reino Unido, 1965), se declara encantado con el parecido con la ficción televisiva: "Ambas hablan del ejercicio del poder más absoluto", compara el estudioso.

Los libros de historia suelen ordenar el tiempo en batallas. La mirada de Montefiore pone el foco en la condición humana de los miembros de la extinta monarquía rusa, casi como haría un guionista de teleserie, porque es de vidas de lo que está hecho el pasado. "En las autocracias, la esfera privada de los poderosos se confunde con la pública. Cuando cometían adulterios o torturaban a sus hijos, los zares también hacían política", advierte el autor del libro.

Haría falta un canal de televisión entero para relatar el inabarcable culebrón de una familia que llegó a administrar la sexta parte del planeta y que dio 20 zares, muchos de los cuales murieron violentamente. Valga el caso de Pablo I como metáfora de toda la estirpe: exigía que sus súbditos besaran el suelo que pisaba -literalmente- y acabó con la cabeza triturada a patadas en 1801. "Era el único contrapeso que padecían: si uno lo hacía mal, se lo cargaban y ponían a otro", apunta Montefiore. Estos fueron los principales actores de una saga exagerada.

MIGUEL I

Simon Sebag Montefiore explica la extraordinaria longevidad de esta dinastía por la querencia del "ingobernable" pueblo ruso por la autocracia: "Cuando tienen un problema, siempre acaban echándose en brazos de un dictador", observa. Pero también influyó el pecado original de su fundación. 

Después de que Iván el Terrible asesinara a su primogénito dejando a Rusia sin su heredero natural, el país atravesó una cruenta guerra civil que solo encontró su final cuando en 1613 fue nombrado zar Miguel I Fiodorovich, sobrino-nieto de Iván y primer miembro de la saga. "Con el recuerdo de aquellos años de revueltas en la memoria, en las décadas posteriores los rusos prefirieron tener a un Románov al frente del país antes de volver al caos", razona el investigador.

Miguel ciñó la corona con 16 años y sin mostrar muchas dotes de mando, ni ganas de tenerlas. Pero había que asegurar la estirpe, para lo cual era urgente encontrarle una esposa que diera a Rusia un heredero. Con este fin, la corte organizó un concurso de novias por todo el país, al que optaron 500 candidatas. Miguel eligió a María Khlopova, perteneciente a una familia de la nobleza rural, pero a la madre del monarca no le cayó en gracia y seis semanas después de la boda, la envenenaron. Su segunda esposa, Yevdokiya Streshniova, tuvo más suerte con su suegra y logró darle al zar 10 hijos antes de morir, a los 37 años, pocos días después de fallecer su marido.

PEDRO I EL GRANDE

No es retórico el apodo que ha perseguido hasta la actualidad al quinto Románov de la saga (fue zar entre 1682 y 1725). Todo en él era descomunal y exagerado: desde su presencia –sus más de dos metros de estatura y anchas espaldas se agitaban a menudo por la epilepsia que sufría– a sus aficiones –le gustaba rodearse de una corte de aduladores borrachos entre los que solía haber bufones, enanos y prostitutas–, pasando por un desmedido afán de personalismo que le llevaba a ser él, sin delegar en nadie, quien ejecutaba sus órdenes, ya se tratara de mandar un batallón de soldados en el campo de batalla o de arrancarle la piel a latigazos a un traidor con su propia fusta. 

"Fue, a partes iguales, héroe y monstruo, impulsor de avances y también tirano, pero sin duda es el personaje más extraordinario de todo el clan", evalúa Montefiore. A Pedro se le atribuye la modernización de las estructuras del Estado, así como una importante colección de conquistas bélicas que hicieron que Rusia dejara de ser vista como una cuna de bárbaros esteparios para ser respetada como una monarquía moderna. Pero su régimen estuvo presidido por el terror. Se perdió la cuenta del número de cadalsos que mandó construir desde Siberia a Polonia para apresar a sus enemigos. Nada escapaba al poder de Pedro, quien incluso se arrogó la potestad de elegir a su heredero, anulando el derecho ancestral del primogénito y poniendo así en peligro la paz en Rusia.

ANA LEOPOLDOVNA

Bajo el régimen de los Románov, el destino de Rusia no se decidió en los campos de batalla ni en los despachos de los ministros tanto como en las alcobas de palacio de los zares y las zarinas. Las simpatías sexuales podían inclinar la balanza hacia una u otra alianza con una eficacia inasequible a las bayonetas. 

En ese contexto, a nadie le extrañó que la emperatriz Ana Ioannovna, la octava Románov de la saga (reinó entre 1730 y 1740), señalara a su sobrina Ana Leopoldovna como heredera a pesar de su adolescencia y de la fama que tenía de sentirse atraída por las mujeres. ¿Lesbiana? Pues se le buscaba un marido rápido y asunto arreglado. También tenía Ioannovna una corte de efebos ucranianos para aplacarla por las noches y nadie protestaba por ello.

La sexualidad de Ana Leopoldovna siguió dando que hablar en el año escaso (entre 1740 y 1741) que ejerció como emperatriz regente en nombre de su hijo, Iván IV, tiempo en el que tomó el nombre de Ana Braunschweig

Casada a la fuerza con Antonio Ulrico, otro adolescente a quien detestaba, sus verdaderas pasiones eran su amante, el conde Lynar, y su amiga del alma y acompañante habitual, Julia von Mengden. Los encuentros sexuales de la zarina con uno o con otra, o con los dos a la vez practicando 'menage à trois' en la misma alcoba, fueron la norma durante esos meses ante los ojos indiferentes de la corte, hecha ya a todo.

ISABEL I

La apodaron 'La Clemente' por su alergia a la violencia –llegó a abolir la pena de muerte en un país adicto a la sangre–, aunque esto no le impidió tomar parte de golpes de estado y salir airosa de la guerra de los Siete Años contra Prusia. Pero lo suyo no era la alta política ni las bajas traiciones, sino la vida disipada, los palacios, los bailes, los amantes y, sobre todo, la ropa. Hasta 15.000 vestidos fueron hallados en sus baúles personales tras su muerte. 

Dotada de belleza espectacular, que la llevó a ser conocida como 'la Venus rusa', la segunda hija de Pedro el Grande –cuarta de los ocho descendientes que tuvo– supo ser paciente y vio pasar por el trono a su madre, su sobrino y su prima antes de que ella pudiera agarrar el cetro de emperatriz (lo fue entre 1741-1761). 

A Isabel le tiraba el lujo más que el poder y dormir más que trabajar. Adoraba los caballos, pero no para hacer la guerra sobre ellos, sino para probar sus grandes dotes de amazonas.

Declarada francófila –dominaba la lengua gala tan bien como el baile del minueto– la corte de San Petersburgo se convirtió durante su reinado en una de las más selectas de Europa. Los embajadores de todo el continente quedaban boquiabiertos ante las sofisticadas fiestas que la zarina organizaba. En algunas invitaba a sus huéspedes a travestirse: los hombres con vestidos femeninos y las damas, en traje militar. Que no le hablaran de cañones ni pistolas: su arma favorita era el espejo.

CATALINA LA GRANDE

La relación actual de los rusos con los Románov es ambivalente. "Los que reinaron después de 1850 fueron un desastre y hoy se les mira con desdén. Pero hay orgullo patrio hacia los anteriores. Sobre todo hacia Pedro y Catalina, los grandes", apunta Montefiore. Aunque era prusiana de nacimiento, la esposa del zar Pedro III –y emperatriz entre 1762 y 1796– se ganó el afecto y la admiración sus súbditos por lo mucho que engrandeció el imperio y por cómo lo enriqueció culturalmente, importando de Europa los libros, las leyes y la medicina que triunfaban en ese momento en el continente.

Otra cosa era su vida privada. "Fue muy brillante y trabajadora, pero siempre se sintió sola en una corte donde no tenía familia", analiza el historiador. Las carencias afectivas, Catalina las suplió a base de amantes. Su fogosidad sexual, que nunca disimuló, ha quedado como uno de sus estigmas para la historia. Grigori Potiomkin, miembro de su gobierno, fue su querido más famoso, pero no el único. Llegó a tenerlos hasta 40 años más jóvenes que ella, y a todos los obsequió con importantes cargos y ricas posesiones. 

Insaciable y ninfómana, Catalina mandó instalar una habitación del sexo en el palacio de Tsárskoye Selo. No hubo noticia de esta sala hasta que fue descubierta por los nazis en la segunda guerra mundial. Por suerte para la historia del erotismo, los soldados no destruyeron la estancia, sino que se dedicaron a hacerle fotos. Entre el mobiliario, repleto de detalles lúbricos, llamaba la atención la colección de falos de madera.

ALEJANDRO II

La de los Románov ha pasado a la historia como una de las sagas monárquicas más desinhibidas de Europa. "Puede que les gustara el sexo tanto como a los demás, pero a diferencia de las dinastías católicas y protestantes, ellos no tenían problemas religiosos con este asunto y no se ocultaban", apunta Simon Sebag Montefiore. 

Esta circunstancia, unida al acceso que el historiador ha tenido a las cartas personales de los zares, muchas de ellas inéditas hasta ahora, explica que el libro 'Los Románov', de casi mil páginas, parezca por momentos un culebrón venezolano subido de tono, cuando no un auténtico tratado de sexualidad.

Entre esos documentos que ahora han visto la luz, el experto destaca las misivas que Alejandro II, que fue zar entre 1855 y 1881, le envió a su amante y posterior esposa Katia Dolgorúkaya, en opinión de Montefiore, "la correspondencia más explícita y sexual escrita nunca por un jefe de Estado". 

En esas líneas, aparte de expresarle su amor más apasionado, el monarca describe sus recientes encuentros sexuales, deteniéndose en posturas y miradas. "Sentí gozosamente tu fuente empapándome varias veces, lo que redobló mi placer, permaneciendo quieto, tumbado en el sofá, mientras tú te movías encima de mí", le escribía el zar. 

"Estoy calentísima, no puedo esperar más", le respondía ella en otra epístola. La libido de Alejandro II era tal que sus médicos tuvieron que aconsejarle que redujera la intensidad y frecuencia de sus lances sexuales.

NICOLÁS II

El magnicidio de Ekaterimburgo –la ciudad situada a 1.300 kilómetros de Moscú donde los bolcheviques asesinaron a Nicolás II, su mujer, sus cinco hijos y varios sirvientes el 17 de julio de 1918– no solo puso fin a la estirpe Románov. Tambien dotó a los últimos miembros del clan de un aura de misticismo cercano a la santidad que, según Montefiore, no se corresponde con la realidad. Nicolás, el penúltimo zar –su hermano, Miguel II, fue en la práctica el último, pero solo reinó durante un día– ha pasado a la historia como una víctima de la descomposición de la dinastía, pero esa leyenda obvia su inoperancia como líder. 

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"De aquel crimen solo son responsables Lenin y los bolcheviques, pero Nicolás colaboró en gran medida al hundimiento del régimen. Fue un zar torpe, no logró aprender de sus errores, cada decisión que tomó resultó peor que la anterior. Fue, sin duda, el más incompetente de los Románov, y encima le tocó dirigir el país en el momento más difícil de su historia", define el historiador.

¿Qué queda de los Románov? Durante décadas perduró el misterio de aquel magnicidio, con la duda de que algún miembro de la familia hubiera sobrevivido, hasta que el análisis genético de sus huesos confirmó que todos murieron. Pero el espíritu autocrático de los emperadores sigue vivo en Rusia. "Stalin lo dijo: Rusia necesita un zar. El régimen soviético cumplió esa función y ahora lo hace Putin. Es el heredero de los Románov", opina el historiador.