15 ago 2020

Ir a contenido

No sé lo que no sé

Risto Mejide

Nos pasamos la vida decidiendo. Creemos que así forjamos nuestro propio camino. Que de esa forma nos ganamos el título de dueños de nuestro propio destino. Pero eso es sólo en apariencia, porque en realidad cuesta mucho reconocer que no es para nada así. Pocas veces nos fijamos en aquello que realmente nos determinó. Poco pensamos en lo que nos descartó a nosotros. Pocas veces pensamos en ese casting del que jamás fuimos conscientes. No se le puede llamar ni sombra porque ahí jamás hubo luz. Es el ángulo muerto de la vida. Es el rabillo del ojo del que suspira. Es todo aquello que no vimos y debimos ver. Es nuestra visión periférica existencial.

Ojo que no estoy hablando de querer saber por saber, de acumular conocimientos por el mero placer de conocer. Que también. Estoy diciendo que entre las cosas que ignoro, que son prácticamente todas, me preocupan especialmente las que han pasado por mi vida y ni he notado. Las que pude arreglar y no arreglé. Las que pude entender y no entendí. Las que fueron entonces y ya no pueden ni llegar a ser. Me preocupan porque igual que ignorar la ley no te exime de su cumplimiento, sobre las cosas que pude hacer y no hice siento algún tipo de responsabilidad. Porque seguro que iba y sigo yendo a lo mío, como siempre con un objetivo bien claro y marcado, y que este maldito exceso de foco hizo que me perdiese el detalle, ese detalle y no otro, donde dicen que algún dios nos espera, donde dicen que algún dios está.

No sé lo que no sé. Las fiestas a las que no fui invitado. Los trabajos que no me fueron ofrecidos. La cantidad de reuniones en las que fui descartado. La gente que prefirió simplemente evitarse el trago de conocerme. Los regalos que jamás recibí. Los amigos que no me preocupé cultivar. Los aprendizajes que de todo ello pude haber sacado. Lo que pude tener y no tuve, lo que pude saber y no supe, lo que pude ser y no fui.

No sé lo que no sé. Las preguntas que nunca te hice. Sí, a ti, que pasaste por mi vida hasta que fui yo el que pasó por la de los dos. La cantidad de cosas que no me contaste, porque no te atreviste o simplemente porque en el momento en el que ibas a hacerlo, te interrumpí. Y después ya había pasado el momento de comentarlas, y te dio más pereza que ganas. Y ahí me quedé yo, disfrutando de mi ignorancia, de nuevo, una vez más, otra vez menos.

No sé lo que no sé. La cantidad de cosas que aún no habré contemplado. La cantidad de gente a la que ofendí sin saberlo, y entre todos ellos, aquellos a los que aún hoy debería llamar y pedir perdón. Pero también la gente a la que hice algún tipo de bien y no fui ni para saberlo. Igual dejé de hacer lo que ellos recibían como un beneficio, y si lo hubiera sabido entonces, pues a lo mejor habría continuado haciéndolo. No sé.

Sin embargo, de entre todas las cosas que no sé si sé, me angustian especialmente las aún presentes. Las que todavía están aquí. Las que todavía puedo remediar. Mientras escribo esto, puede que algún amigo esté sufriendo y yo no lo sepa. Puede que, simplemente por dejadez mía o mutua, hayamos llegado a ese punto en el que le cueste más ponerse al día que echarse una mano. O puede que una vez más yo no supiese leer sus señales. O yo qué sé. Por favor, si me lees, llámame.

No sé lo que no sé. Y eso, para alguien que considera que crecer es aprender a despedirse, es una putada como un piano. Porque entonces no es de extrañar que me acabe esperando a perder las cosas para empezarlas a comprender.

Y francamente, así me va.