EN PRIMERA PERSONA

Zenia: "El Clínic me diagnosticó como travesti-fetichista"

ENTORNO. Zenia, en casa de su amiga Yolanda, con Roger, su hijo mayor. Asegura que, cuando anunció que iba a empezar un proceso de transición, sus allegados fueron receptivos.

ENTORNO. Zenia, en casa de su amiga Yolanda, con Roger, su hijo mayor. Asegura que, cuando anunció que iba a empezar un proceso de transición, sus allegados fueron receptivos. / HANNA JARZABEK

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HANNA JARZABEK

«Yo era más hombre que muchos tipos que andan hoy por la calle. Un verdadero macho que sabía imponerse, con un cuerpo de culturista y brazos tatuados. Jamás me sentí atraída por los chicos. Siempre me gustaron solo las mujeres».

Zenia, de 40 años, apenas tenía 5 cuando por primera vez le pusieron una falda. Alguien trajo la ropa para su hermana pequeña y Zenia hizo de modelo. Lo pasó en grande. No entendía por qué tuvo que quitarse la falda antes de que su padre volviera del trabajo. Pero entendió que solo a escondidas podría sentirse otra vez feliz. Zenia creció en un barrio en el que las disputas se resolvían a menudo a golpes. Tenía que saber defender su terreno.

Pero la lucha más difícil fue la que llevaba dentro, contra la mujer interior que no quería irse.

VIDA DE PAREJA

Conoció a Patricia a los 18 años. Pensó que todo iba a ser «normal», pero la mujer que anidaba dentro de sí volvió a la carga. Decidió 'presentársela' a Patricia y, poco a poco, la incorporaron en la vida de la pareja.

De cara a la sociedad, ella era Álex, conductor de excavadoras. Y en casa aparecía Zenia, con sus prendas de chica puestas. «Yo me sentía muy bien con esta ropa. Pero el mundo exterior te manda otro mensaje: te hace pensar que es algo malo y, finalmente, dudasde ti misma»

Esta doble vida desató en Zenia una espiral de sentimientos muy contradictorios. El bienestar que le procuraba la ropa femenina se entremezclaba con una sensación de culpa. «Intenté hacerme aún más machote. Me tatué los brazos y me dejé perilla, para que cuando me pusiera un vestido viera que no cuadraba con mi cuerpo. Que yo era todo un hombre y debía quedarme con eso y seguir tirando», recuerda.

Un día, mientras conducía la excavadora, se oyó decir a sí misma: «¡Mátate!». Fue un detonante. Entendió que debía hacer algo. Y ese algo fueron las pastillas contra la depresión que le prescribió la psicóloga. Pero, dos años más tarde, Zenia seguía sin entender qué le pasaba. No se identificaba con las mujeres transexuales porque a ella le gustaban las chicas.

TRANSEXUAL Y LESBIANA

Un artículo en internet le abrió los ojos. «Por primera vez leí que una mujer transexual puede también ser lesbiana. ¡Finalmente las cosas encajaban!». El sentimiento de culpa iba desapareciendo y Zenia empezó a disfrutar de su feminidad. A veces iba a casa de su amiga Yolanda con ropa femenina en una bolsa. «Me cambiaba allí y pasábamos el rato charlando. La primera vez que le expliqué lo que me pasaba se levantó y me trajo ropa suya. Nos conocemos desde muy pequeñas. Yo no he tenido niños, pero fui como un padre para sus dos hijos». 

Trabajó como conductor de excavadoras hasta que tuvo un accidente laboral. Se dijo que había llegado el momento de las decisiones y se tomó un mes para reflexionar sobre su vida. Se fue a una ciudad donde nadie la conocía. «Por la noche, vestida de mujer, paseaba por las calles para ver cómo me sentía. Y entendí que no podía fingir más ser un hombre». De vuelta a Barcelona descubrió EnFemme, un espacio privado donde personas como ella pueden expresarse sin sentirse juzgadas. Allí también conoció a Soraya, una psicoterapeuta, quien le ayudó a tomar confianza en sí misma. Poco después Zenia empezó el tratamiento hormonal.

Acudió a la UTIG porque quería seguir su tratamiento bajo control de un endocrinólogo. Necesitaba también un informe para cambiar el DNI. «Después de 15 minutos de entrevista, la psicóloga me diagnosticó como travesti–fetichista. Solo porque le dije que tenía novia. Me negó todo lo que le pedía. Yo ya sabía muy bien quién era pero, aun así, salí a la calle muy afectada». Para Zenia este fue el primer golpe desde que empezó su transición. En su entorno, incluso los más tradicionales, supieron entenderla y apoyarla. A parte de unos cuñados que, hace tres años, le pidieron un poco de tiempo, nadie le dio la espalda.

LIBERTAD DE AUTODEFINIRSE

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Gracias a la ayuda del colectivo Trànsit, que trabaja en favor de la salud de las personas trans, Zenia cambió sus papeles y hoy reivindica la libertad de autodefinirse según su criterio. «Hay un abanico de posibilidades de cómo puedes ser, desde un hombre supermacho hasta una mujer superfemenina. ¿Por qué tengo yo que elegir entre los dos extremos? Yo quiero quedarme en una escala intermedia. Me gustan las chicas y estoy orgullosa de mi identidad transgénero. Disfruto de lo que tengo femenino y me perdono mi lado masculino. ¿Por qué tengo que pensar que es un problema?».

Zenia forma parte de las mujeres transexuales que rechazan la reasignación del sexo. Maneja sus «dos lados» y con naturalidad afronta las miradas curiosas. «Un día tomaba café en una terraza. Un grupo de niños jugaba al lado, observándome de reojo. Finalmente se acercaron preguntando: «¿Usted es chico o chica?». «¿Sabes? –respondí–, cuando era pequeña fui un chico, pero luego fui a hablar con un médico y me dio unas pastillas. Ahora soy una chica. Los niños se quedaron tan tranquilos, jugando con mis pendientes y mirando mis uñas. Una persona adulta les había dado una respuesta lógica y les pareció lo más normal del mundo».