23 oct 2020

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Marina Marroquí: "Sigo sin poder ir sola a un centro comercial"

Núria Navarro

Marina Marroquí, en Elche, donde vive y preside la Asociación Ilicitana contra la Violencia de Género.

Marina Marroquí, en Elche, donde vive y preside la Asociación Ilicitana contra la Violencia de Género. / MIGUEL LORENZO

Tenía 15 años y en el instituto la conocían como la 'Che Guevara'Marina defendía sus principios con ardor. Nadie le tosía. Y se sentía cómoda en su piel. Hasta que un día, dando vueltas por un centro comercial, unos amigos le presentaron a un tipo de 20 años. Su azote. Desde entonces -y durante tres años- fue víctima de una escalada de violencia machista. Durante los siguientes siete años no contó a nadie su tormento, hasta que se dio cuenta de que "vivir así era peor que estar muerta". Decidió que "la mejor venganza era ser feliz", se convirtió en educadora social y empezó a pelear. Por ella y por todas.

Siete años de silencio es mucho silencio. Yo hice todo lo que no había que hacer. No interpuse denuncia. No se lo conté a mis padres ni hermanos -se lo he explicado ahora a tíos y primos, antes de que se emita 'Salvados'-. Me puse la coraza, hice nuevos amigos, me obsesioné con volver a estudiar -quizá para demostrarme que no era tan tonta como él decía- y empecé una nueva relación.

¿Tampoco se lo contó a esa nueva relación? Cuando alguien te besa y te pones a llorar, a gritar y lo echas de casa, o le das una explicación o no lo vuelves a ver más. Él, que hoy es mi marido, fue el único que supo el 70% de lo que me había pasado y me acompañó a estudiar en Granada, para que pudiera tomar distancia y dormir tranquila.

¿No dormía tranquila? No. Y temía salir a la calle, y sentarme en una terraza. Cuando alguien te dice tantas veces que te matará, aunque sea lo último que haga en su vida, te lo acabas creyendo.

Vayamos hacia atrás. ¿Cuál fue el primer indicio de que algo no iba bien? Hay que borrar el estereotipo de que una mujer que sufre violencia de género no se rebela. Cuando veía que algo no encajaba, me cabreaba con él. Pero son chantajistas emocionales. Lloran, piden perdón, prometen que no volverá a suceder. Y tú, con 15 años, piensas que el amor es eso.

No hay experiencia previa. No. Y al principio no prohíbe, pero el día que has quedado con las amigas, llega y te dice que ha tenido un día horrible en el trabajo y que te necesita. ¿Cómo te vas a ir? Acaba boicoteando todo lo que te hace ilusión.

claves biográficas

  • Creció en una pedanía de Elche, a 7 kilómetros del núcleo urbano. Sus padres regentan una cafetería.
  • Para no quedarse sola en casa, acompañaba a su padre a la sede del Partido de Elche y acabó presidiendo las juventudes. Lo dejó para estudiar el grado de Educación Social en Granada.
  • Está al frente de la Asociación Ilicitana contra la Violencia de Género (asociacionaivig.wix.com/aivig), que sufragan la Fundación Pascual Ros Aguilar y Juan Perán Pikolinos. Ocho voluntarias ofrecen atención integral a 31 víctimas y organizan talleres para familias y escuelas.

¿La cosa fue pronto a más? Al final, cuando te llora 100 veces, a ti ya no te vale, y entonces sube el nivel. En mi caso, se obsesionó con que engordara y no me arreglara. Se llevaba mi ropa escotada y el maquillaje para que no dispusiera de ellos hasta el viernes.

Cuando ya estaba bajo su control. Sí. Pero los fines de semana no quería salir de casa de mis padres. Traía tarros de helado y pizzas. Al cabo de un año yo había ganado 10 kilos. "Si adelgazas, te vas a ir con otro", decía. Y al irse de casa, escondía el coche en el bancal y volvía a espiarme por la ventana de mi habitación. Durante los últimos cuatro años que viví allí acabé durmiendo en el sofá.

Angustiante. También se empeñó en que tuviéramos hijos, porque son el mejor GPS que te puede instalar (a las 5 sabe dónde localizarte). Mi madre -más lista que nadie- me dio la píldora a escondidas. Pero yo entonces no sentía miedo, sino rabia y hartazgo.

Cuesta entender que se acabe encajando todo eso... Es lo más parecido a una película de terror. Él sabe cuánto tiene que llorar para que le perdones. No te pega una hostia hasta que tiene muy claro que no te vas a escapar. Sabe medir los tiempos para hundirte sin que te des cuenta. ¿Es posible que un cerebro manipule de esa manera paulatina sin ser un psicópata? Yo diría que no.

¿Cuándo llegó el miedo de veras? Cuando le quise dejar. A los 18 años sufrí bulimia nerviosa. Comía y vomitaba 20 veces al día. Al final fui al centro de salud y, 10 meses después, la psiquiatra le dijo a mi madre que si tuviera que apostar, se inclinaba por un caso de violencia de género.

Un jarro de agua helada. Mis padres creían que él era un capullo, pero ahí se plantaron. Corté con él, pero siguió persguiéndome durante los siguientes ocho meses. Me llamaba y yo le veía porque me sentía culpable. Y la violencia se extremó. Palizas, quemaduras, violaciones. Luego se tiraba seis horas llorando. Me traía flores y peluches. Hasta que empezó a amenazar a todo el mundo. Cuando mis padres ya empezaron a buscarme por los descampados, dije: «Hasta aquí hemos llegado». Ni siquiera le dejas por ti, sino por no hacer daño a la gente que más quieres.

¿Es posible reparar esas heridas? El dolor físico pasa. Lo peor son las secuelas psicológicas: las pesadillas, la ansiedad, el miedo, la inseguridad. La dependencia emocional llega a ser tan fuerte, te ha inculcado tanto que sin él no vales nada, que cuando se acaba te sientes vacía. Ni siquiera podía nombrar un grupo de música que me gustara. No era nadie. No era nada.

Los fantasmas no desaparecen rápido. Mi familia me dijo: "Muerto el perro, se acabó la rabia". Y yo, que presentaba una cara social de la que todos estaban orgullosos, no me libraba de las pesadillas, me forzaba a normalizar mi vida sexual, a ser feliz. Pero no estaba nada bien. Hasta que rompí el silencio.

¿Qué ocurrió? Un día, en un debate de la carrera, algún librepensador dijo que un maltratador no debía estar en la cárcel. ¡Si no se le impone a él, se le está imponiendo a la víctima! Asi que salté y la profesora, Yolanda Aragón, me llamó a su despacho y se lo conté.

Le abrió una ventana. Yo pensaba trabajar en prisiones, pero ella fue quien me recomendó dedicarme a personas que habían sufrido -o sufrían- el mismo infierno que yo. Hablé con otras 20 chicas, vi que habían pasado por la misma escalada de violencia y empezaron a cerrarse las heridas. Estructuré un proyecto, pero quería ir más allá. Yo había leído todos los libros sobre violencia de género para entender por qué me había pasado eso y por qué parte de la sociedad, directa o indirectamente, culpa a la mujer.

¿Sacó algo en limpio? Sí. Un ejemplo: imagine que la raptan y, después de tres años encerrada, la rescatan los geos. ¿Qué ocurriría? El secuestrador iría a la cárcel, la sociedad diría "que caiga todo el peso de la ley sobre él" y no vacilarían en prestarle todo tipo de ayuda. Sin embargo, con nosotras no tienen tanta piedad. A veces incluso te acusan de mentir, cuando solo hay un 0,1% de denuncias falsas. Eso te deja increíblemente sola.

¿No nota una mayor empatía? Sí, pero muchos te miran como si fueras un perrito abandonado. Hasta giran la cabecita y todo. Hay mujeres que no lo cuentan, no solo por la vergüenza, sino por esa mirada.

En todo caso, dicen, denunciar es el primer paso. Y usted no lo hizo. No pueden obligarte a denunciar cuando tu vida corre mayor peligro y no estás empoderada. Si la reacción social es "denuncia" y nada más, al final mueren las valientes. No se puede enseñar la ventana, decir "salta, ahí está la vida", y después "búscatela". ¿Adónde vas? Necesitas un empleo, independencia, hacer un trabajo personal. Tienes que volver a llenar ese vacío infinito.

"Cuando mis padres empezaron a buscarme por los descampados, dije: 'Hasta aquí hemos llegado'".

¿Diría que lo ha conseguido? Ahora las pesadillas son cada seis meses, no cada día. Solo lo consigues enfrentándote, trabajando y no avergonzándote. 

¿Qué le queda por 'limpiar'? Sigo sin poder ir sola a un centro comercial. Y si voy acompañada, miro a todo el que se me cruza. Pero, sobre todo, me obsesiona no defraudar. No quiero ser una inútil como él decía. Desde la asociación, me esfuerzo muchísimo en los talleres, en atender a las chicas... Pero siempre me asalta el "¿y si no puedo?".

¿Y a él no le tiene miedo? No.

Está libre. Vive cerca. A pocos kilómetros.

Puede que esta noche vea 'Salvados'. Estoy más pendiente de la repercusión que pueda tener el programa en la asociación. A mi madre sí le preocupa. "Mira que si se le vuelve a ir la pinza", me dice. Imagino que a él su imagen le preocupa. Es voluntario de una oenegé.

¡Qué dice! Es un hombre que cruza a todas las ancianitas que se encuentra. Eso me lo puso más difícil. Él mismo me decía: "Anda, ve y cuéntalo todo, nadie te creerá".

¿Acabará algún día el recuento de víctimas? Los maltratadores existen porque hay una sociedad machista que les da la coartada. Sin la defensa de la igualdad a todos los niveles, el recuento seguirá.