Parlamentarium, Europa es una plaza

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Carlos Muñoz Mendoza
Carlos Muñoz Mendoza

Profesor en Bruselas

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La bóveda de cañón de cristales azulados refulge cegadora esta mañana, destacando imponente sobre el modesto 'hall' de la antigua estación de ferrocarril de Luxembourgo, único vestigio del barrio que fue arrasado hace veintitantos años, después de una dura expropiación, para construir este Parlamento de Europa. Lo que en su época fue un barrio popular, incluso con una callejuela con neones de color dedicada a la prostitución, es hoy el flamante Quartier européen.

El edificio del Parlamento Europeo se construyó casi a escondidas por las autoridades belgas de la época, las cuales presentaban las obras que emergían del suelo como si fueran las de un centro de congresos. En efecto, en el mismo momento en que se discutía a nivel de estados dónde habría de construirse el futuro Parlamento Europeo, que Francia aspiraba a obtener, Bélgica se lanzó a las obras presentando el proyecto como un ambicioso Centro Internacional de Congresos, pero ya concebido a medida para ofrecerlo a la Unión Europea en bandeja de plata llegado el momento. Ganó la apuesta. Francia se sintió estafada y debió contentarse con una parte menor: el Parlamento en Strasburgo, activo solamente una semana al mes.

En estos pensamientos divago cuando el ruido del motor de un helicóptero, en vuelo estacionario sobre la plaza, indica que hoy hay cumbre europea. Las berlinas negras de lunas tintadas se abren paso escoltadas por los policías bien estirados y enérgicos en sus motos, que cortan la circulación para dejar paso al cortejo presidencial, que confluye en el Parlamento, donde los presidentes y jefes de gobierno se han dado cita para resolver nuestros problemas. El tráfico en el centro de la ciudad se vuelve caótico, poniendo a los bruselenses, que no terminan de acostumbrarse, de mal humor. ¡Qué paciencia hay que tener! Si no es una cumbre es la manifestación del día la que corta las calles, porque el barrio europeo es el escenario preferido para la protesta, ya sea grande o pequeña, ya se trate de una manifestación de los agricultores europeos por el ridículo precio de la leche o de los tibetanos por la represión en el Tíbet, o de cualquier otra minoría oprimida del mundo o de un grupúsculo opositor prohibido en su propio país. Y todos con sus petardos, sus bocinas, megáfonos, sus quemas de neumáticos. Los bares de la plaza sin embargo no se quejan: los mostradores están llenos.

En la gran explanada de la puerta principal del Parlamento, por los aires, se lanza un doble corredor acristalado, como dos brazos abiertos y acogedores, decorados con enormes retratos de ciudadanos europeos de todas las edades, etnias y profesiones. Me hacen pensar en la foto gigante de Aung San Suu Kyi que presidió la entrada principal durante los largos meses de su cautiverio. En una esquina de la plaza había hasta hace poco dos paneles de hormigón procedentess del antiguo muro de Berlín, de esos que se convirtieron en objetos del mercado del arte al día siguiente de su caída. Uno era el retrato al spray de Kennedy, el otro un grafito poco interesante. Un buen día el retrato de quien dijo 'Ich bin ein Berliner' (yo soy berlinés) desapareció, el otro sirve esporádicamente de cortavientos a un sin techo, que antes se llamaban pobres. A pocos metros, dos coches eléctricos cargan los baterías en los bornes instalados en la acera, que la Wiki llama graciosamente "electrineras". Los pequeños vehículos se pueden alquilar por internet. En otra esquina, Le tout bon, una brasserie-restaurante, donde he visto en dos ocasiones al logorreico tribuno Cohn-Bendith desayunando tras su periódico.

Hoy es jueves. Por la tarde, la animación en los bares que circundan la plaza alcanza toda su plenitud, una especie de eurobotellón chic donde se dan cita festiva los empleados más jóvenes y los 'stagiers' del Parlamento todos hablando 'globish', el inglés global. La plaza es una babelia donde el español está bien representado. Hoy hace un buen día, los estudiantes del ILMH, la escuela más antigua de traductores e intérpretes de Bélgica se comen el bocadillo sobre la hierba de su microcampus, bajo la presencia imponente del Parlamento que ellos miran con el deseo y la ambición de quien aspira un día a trabajar entre sus muros para seguir construyendo esta Europa de la Unión que ellos ven como algo natural, estable y terminado aunque, claro, todavía no sea así.

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Profesor en Bruselas.