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PAISAJE CON FIGURAS

Mi autorretrato sin mí

Francesc Torres presenta en el Macba 'La campana hermética' con objetos de su vida

Ramón de España

Francesc Torres, en su exposición en el Macba.

Francesc Torres, en su exposición en el Macba. / DANNY CAMINAL

La instalación de Francesc Torres (Barcelona, 1948) que ayer se inauguró en el Macba es un autorretrato del artista a través de los objetos que le han hecho compañía desde la más tierna infancia; algunos, heredados de padres y abuelos; la mayoría, adquiridos por él mismo, y algún que otro obsequiado por un amigo: me honro en haberle regalado la figurita de un Supermán comunista con la hoz y el martillo en el pecho que ha acabado en una vitrina de la muestra.

No quiero insinuar que la propuesta estaría incompleta sin mi colaboración, pero me sirve de recuerdo de esos almuerzos que celebramos periódicamente y en los que siempre encontramos un momento para chincharnos mutuamente, de manera humorística, sobre su condición de marxista tronado (según yo) y la mía de pusilánime social demócrata (según él). Dado el futuro glorioso que se atisba para el comunismo y la social democracia, me temo que acabaremos nuestros días hechos unos viejos ilusos, despotricando en una residencia y riéndonos como aquellos dos teleñecos de la tercera edad que solían salir al final del programa.

Torres ha bautizado su propuesta como La campana hermética. Yo la considero una muestra de que al síndrome de Diógenes se puede acceder con cierto criterio. Es también la demostración de algo en lo que mucha gente no cree (ellos se lo pierden): que se pueden establecer relaciones sentimentales con los objetos y que el amor no se reduce al ámbito estrictamente humano. Te puedes quitar de encima un objeto como dejas a tu novia o no vuelves por una ciudad que te encantaba y que, de repente, ha dejado de fascinarte.

Sin dignidad

Intuyo que hay algo que no acaba de funcionar a nivel humano entre todos aquellos que vivimos rodeados de libros, discos, tebeos y cachivaches varios. Ni siquiera gozamos de la dignidad del coleccionista, y cuando la diñamos, todo aquello que tan importante era para nosotros va a parar a la basura porque resulta que no le interesaba a nadie más. Era parte de nosotros, sí, o era nosotros, directamente, y por eso no atañe ni afecta a nadie más. Ha hecho bien Torres en poner en marcha un legado al Macba de sus fondos que nos ahorrará verlos tirados en los encantes sin que el responsable de cultura de la Generalitat, como ya ha pasado en algunas ocasiones, se haya enterado de nada.

De momento, quien visite el Macba tiene la oportunidad de ver al natural las cosas que han hecho de nuestro hombre el artista que es. Ahí están su fascinación por los coches y la velocidad -de pequeño, corrían por casa ejemplares de Colliers's o The Saturday Evening Post llenos de haigas y mujeres de largas piernas que no tenían nada que ver con la Barcelona gris que veía por la ventana de casa: los conseguía su padre, uno de esos pittori della domenica a los que Paolo Conte dedicó una canción-, su interés por la Historia en general y la guerra civil española en particular -un abuelo encarcelado diez años por rojo-, en forma de pistolas, granadas y una edición franquista en ocho tomos sobre la Gloriosa Cruzada que luce los balazos que el artista le pegó una tarde con un fusil republicano que todavía funcionaba... A la entrada de la muestra, un cuadro pintado por un amigo cuyo nombre se me escapó reproduce el encuentro en Yalta entre ChurchillRoosevelt Stalin, y al fondo, a la derecha, cual Zelig que se ha colado donde no debía, aparece el propio Torres en un simpático anacronismo.

La campana hermética es una instalación sensacional que resume de manera tan sincera como oblicua la carrera de Francesc Torres, el artista que, por la cuenta que le trae, nunca tira nada.

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