Alimentación
Los hombres y las mujeres ponen sal a los platos por motivos distintos, según un estudio
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Detrás de ese movimiento, aparentemente automático, se esconden motivaciones muy diferentes según quién sostenga el salero.

Añadir sal a la comida ya servida es uno de esos gestos que se repiten en la mesa casi sin pensar. Pero detrás de ese movimiento aparentemente automático se esconden motivaciones muy diferentes según quién sostenga el salero. Al menos así lo sugiere una investigación centrada en adultos mayores que ha detectado patrones claramente distintos entre hombres y mujeres.
El trabajo, titulado 'The habit of adding salt to food at the table and its association with socio-demographic, anthropometric and dietary characteristics in Brazilian older adults', analizó los hábitos de 8.336 personas de 60 años o más en Brasil y llegó a una conclusión que obliga a repensar las campañas de salud pública: los factores asociados a echar sal en la mesa no coinciden en unos y otras. Estos son los perfiles que dibuja el estudio, del que se hace eco el periodista especializado Antonio Villarreal en el portal SINC.

Los factores asociados a echar sal en la mesa no coinciden en unos y otras / FREEPIK
En los hombres, vivir solos y olvidarse de la dieta para la tensión
Entre los participantes masculinos, la prevalencia del hábito fue notablemente mayor que entre las mujeres: un 12,7% frente a un 9,4%. Los autores destacan que "el hábito de añadir sal a la comida en la mesa difiere entre hombres y mujeres", una diferencia que, en el caso de ellos, se concentra en dos situaciones muy concretas.
Por un lado, los hombres que no seguían ninguna dieta para controlar la hipertensión tenían más del doble de probabilidades de recurrir al salero respecto a quienes sí la seguían. Por otro, vivir sin compañía también pesaba: los que residían solos presentaban una probabilidad un 62% mayor de añadir sal que quienes convivían con otras personas. Salud descuidada y soledad, por tanto, como los dos grandes detonantes masculinos.
En las mujeres, una red de factores dietéticos y de entorno
El perfil femenino, en cambio, es bastante más complejo. El estudio señala que en ellas intervienen variables ligadas tanto a la alimentación como al lugar de residencia. No seguir una dieta para la hipertensión elevaba un 68% la probabilidad de echar sal en la mesa; no consumir fruta, un 81%; y no incluir verduras, un 40%.
A esto se suma el contexto: vivir en áreas urbanas multiplicaba por más de dos la probabilidad de recurrir al salero frente a quienes residían en zonas rurales. Algo similar ocurría con la dieta cargada de ultraprocesados: los autores apuntan que esa probabilidad es “más del doble entre quienes tienen una alta presencia de alimentos ultraprocesados en la dieta y entre quienes viven en zonas urbanas”. El gesto, en este caso, aparece como síntoma de un patrón alimentario y vital más amplio.
Qué dice (y qué no dice) el estudio
Conviene leer los datos con prudencia. La investigación es observacional y transversal, de modo que detecta asociaciones, pero no relaciones de causa y efecto: por ejemplo, no demuestra que vivir solo o consumir ultraprocesados provoque, por sí mismo, echar más sal. Además, la muestra se circunscribe a personas mayores de 60 años en Brasil, un grupo con características propias que no puede extrapolarse sin matices al conjunto de la población.

Los autores defienden que las políticas de reducción del consumo de sal deberían tener en cuenta estas diferencias por sexo / FREEPIK
Con esas cautelas, los autores defienden que las políticas de reducción del consumo de sal deberían tener en cuenta estas diferencias por sexo. Un mismo gesto en la mesa -sostienen- esconde perfiles distintos y, por tanto, requiere de mensajes distintos para llegar a cada uno.
Fuentes
La información de este artículo procede del estudio 'The habit of adding salt to food at the table and its association with socio-demographic, anthropometric and dietary characteristics in Brazilian older adults.
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