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EXCESOS DE AZÚCARES

"Las etiquetas engañan, todo lleva algún tipo de azúcar"

María Ángeles e Ylenia, intolerantes a la fructosa y al sorbitol, reflexionan sobre la omnipresencia de azúcares y edulcorantes en la gran mayoría de alimentos procesados

Valentina Raffio

María Ángeles e Ylenia, madre e hija intolerantes a la fructosa y el sorbitol, posan en el comedor de su casa

María Ángeles e Ylenia, madre e hija intolerantes a la fructosa y el sorbitol, posan en el comedor de su casa / SERGI CONESA

"Cuando empiezas a fijarte de verdad en las etiquetas te das cuenta de que todo, absolutamente todo, lleva azúcar", relatan María Ángeles e Ylenia, madre e hija con intolerancia a la fructosa y al sorbitol, dos de los nombres con los que se también se conoce el azúcar. Su organismo solo puede tolerar una cantidad muy limitada de azúcares y, en la mayoría de casos, los que se encuentran de manera natural en frutas y verduras son suficientes. Más allá de estos, casi cualquier producto procesado, de los que se encuentran en los supermercados, supone un exceso en sus límites de ingesta diaria: "Las etiquetas engañan, todo lleva algún tipo de azúcar o edulcorante. Solo hay que fijarse en la letra pequeña para ver que, además de los azúcares naturales del producto, casi siempre se añaden una barbaridad de edulcorantes para potenciar el sabor", comenta María Ángeles. "¿De verdad es necesario endulzar tanto los productos? Desde que no puedo tomar azúcar, me he dado cuenta que la cantidad de azúcar que consumimos sin darnos cuenta es un despropósito", reflexiona Ylenia.

Para María Ángeles, de 50 años, el diagnóstico definitivo llegó el año pasado. Para Ylenia, de 24 años, hace poco más de un mes. Hasta entonces, madre e hija deambularon durante años por consultorios y especialistas y pasaron un sinfín de pruebas médicas inconcluyentes que achacaban su dolencia a causas tan diversas como el estrés, las menstruaciones o afectaciones del aparato digestivo relacionadas con la lactosa o el gluten. Hasta que, tras décadas de búsqueda, los médicos descubrieron que el culpable de su malestar no era otro que el azúcar. Así que la solución pasaba por algo tan aparentemente fácil como eliminar de manera drástica este ingrediente de su dieta. "Parecía sencillo, pero hoy en día llevar una vida normal sin consumir nada de azúcar es casi imposible", comentan al unísono. Su caso, aunque extremo, visibiliza el problema de la omnipresencia del azúcar añadido en los alimentos de consumo habitual. Y no porque azúcares y edulcorantes sean malos de por sí, sino por su exceso. 

Etiquetas engañosas

Tanto María Ángeles como Ylenia siempre han intentado llevar una alimentación saludable siguiendo las pautas del sentido común. Iban al supermercado, confiaban en la etiqueta más visible para escoger la opción más sana entre la variedad de productos que encontraban en las estanterías y, solo de vez en cuando, sucumbían a algún dulce capricho. No fue hasta después de su diagnóstico cuando empezaron a fijarse de verdad en qué estaban comiendo y, sobre todo, en la omnipresencia de los dulcificantes en la gran mayoría de alimentos que consumían. "Al principio confiaba en los productos 'gourmet' que se anunciaban con 0% de azúcares, pero cuando aprendí a interpretar las etiquetas me di cuenta que llevaban tantos edulcorantes solo podía pensar en que, ya puestos, mejor comerme un donut", explica Ylenia.

Su nueva pauta médica les aconseja no consumir nada de hamburguesas, salchichas, croquetas, empanadillas, embutidos, fiambres y pizzas de supermercado. Ni bollería, caramelos, cereales, chocolate, galletas, helados, natillas, cremas y pasteles que se encuentran entre las estanterías. Pero tampoco cerveza, destilados, licores, refrescos, vino o zumos. La versión comercial de todos estos alimentos suele incorporar edulcorantes artificiales para potenciar su sabor: unos aditivos inocuos para la mayoría pero potencialmente perjudiciales para ellas. En el caso de María Ángeles, quien sufre un mayor grado de intolerancia que el de su hija, incluso la pasta de dientes convencional puede suponer un problema ya que, aunque no lo parezca, incorpora ciertos endulzantes. "Cada vez que explicamos nuestro caso a algún amigo o familiar se sorprenden porque no tenían ni idea de la cantidad de azúcares que consumimos sin darnos cuenta", comentan madre e hija.

"Estamos tan acostumbrados a que el dulce esté por todos lados que cuando intentamos eliminarlo de nuestra dieta parece que nada tenga sabor", reflexiona Ylenia, quien tras una vida entera educada en la cultura del "Cola Cao y el cruasán para desayunar" ha tenido que cambiar radicalmente sus hábitos y reeducar su paladar. Ahora, para poder convivir con su intolerancia, madre e hija utilizan su particular 'lista negra de ingredientes' para interpretar qué esconde la letra pequeña de las etiquetas. Para ellas, nada de azúcar (ni blanco, ni moreno), fructosa, jarabe o miel. Pero tampoco edulcorantes artificiales como eritritol, isomaltosa, lactitol, maltitol, manitol, sorbitol, xilitol, acesulfamo, aspartamo, ciclamato, glucósidos de esteviol, neohesperidina, neotamo, sacarina, sal de aspartamo y acesulfamo, sucralosa o taumatina. "Apenas hay opciones comerciales que de verdad trabajen sin azúcares (como ocurre, por ejemplo, con los productos para celíacos, intolerantes a la lactosa o veganos), así que la única alternativa es trabajar con productos frescos y prepararlo todo en casa", explican.