02 abr 2020

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AVANCE EDITORIAL

Historias de científicos que experimentaron con la vida y la muerte

Experimentos peligrosos, geniales y a veces ridículos también marcaron el curso de la historia de la ciencia

Luigi Garlaschelli y Alessandra Carrer repasan algunas de estas increíbles historias en su nuevo libro

Luigi Garlaschelli y Alessandra Carrer

Historias de científicos que experimentaron con la vida y la muerte

Fragmento de 'El "científico loco". Una historia de la investigación en los límites' de  Luigi Garlaschelli y Alessandra Carrer, traducción de Carlos Caranci Díez-Gallo (Carroci Editore/Alianza Editorial).

Selección a cargo de Valentina Raffio.

Lee aquí los otros Avances de Ciencia de El Periódico.

Capítulo 2. Jugar con la vida y con la muerte.

Tenebrosos alquimistas entre ciencia y magia

En Alemania, cerca de la ciudad de Darmstadt, hay un castillo Frankenstein donde, el 10 de agosto de 1673, vino al mundo Johann Konrad Dippel (muerto en 1734), un posible inspirador –y no solo por la evidente coincidencia onomástica del lugar de nacimiento– de la novela de Mary Shelley.

Dippel estudió teología, alquimia y filosofía en la Universidad de Giessen y escribió varios tratados teológicos que suscitaron notables controversias y le valieron también siete años de cárcel por herejía. Fue, asimismo, un activo experimentador en el campo de la alquimia y de la fisiología. Contribuyó, parece ser, al descubrimiento del famoso pigmento «azul de Prusia», pero su fama quedó ligada, sobre todo, al aceite que lleva su nombre, que obtuvo destilando huesos y residuos animales –esperando, quizá, con ello, obtener algún portentoso resultado alquimístico–. El aceite de Dippel es un líquido oscuro, viscoso, de olor desagradable, que se utilizó para desnaturalizar el alcohol, como medicina, como repelente para los animales, e incluso –aun sin ser letal– para hacer inutilizable el agua de los pozos del enemigo todavía durante la Segunda Guerra Mundial.

Casi con certeza Dippel llevó a cabo experimentos diseccionando animales, y es conocido un ensayo suyo titulado Vitae animalis morbus et medicina (1730) –escrito bajo el seudónimo de Christiano Democrito– en el que afirmó haber descubierto un «elixir de larga vida» y la manera de exorcizar a los demonios gracias a pociones obtenidas, precisamente, hirviendo huesos y carnes de animales. En el mismo ensayo sostuvo que el alma humana podría ser trasladada de un cadáver a otro con un embudo, pero no hay pruebas o indicios de que hubiese realizado experimentos con cadáveres humanos, o que los hubiese robado de los cementerios, como afirmaban rumores que circularon sobre él con posterioridad.

Con el paso del tiempo, el sueño alquimista de un elixir de larga vida dejó el sitio a la experimentación con las nuevas maravillas de la electricidad. Gallinas, ocas y pavos vivos se convirtieron en las cobayas preferidas, empleadas (tras haberlas dejado sin sentido) para testar la potencia de las primeras máquinas electroestáticas.

Tras la invención de la pila de Volta, y los éxitos de Galvani, Aldini y otros, muchos científicos experimentaron los efectos de la electricidad sobre organismos animales, ya estuviesen vivos o muertos. Karl August Weinhold (1782-1829) fue uno de estos. Médico y cirujano de cierto talento y dotado de características físicas más bien peculiares (brazos y piernas largos y delgados, cabeza pequeña y sin pelo y una voz casi femenina), Weinhold se hizo famoso por un punto de vista científico más bien controvertido y desinhibido, llegando, por ejemplo, a proponer la infibulación obligatoria masculina, que se efectuaría cosiendo el prepucio de las personas indigentes para impedir la reproducción y la  consiguiente superpoblación, una (idea que provocó la antipatía de muchos, y que probablemente surgió de otra característica fisiológica particular suya, descubierta después de su muerte: una deformidad de los genitales. (Finger, Law, 1998).

"Tras la invención de la pila de Volta, y los éxitos de Galvani, Aldini y otros, muchos científicos experimentaron los efectos de la electricidad sobre organismos animales, ya estuviesen vivos o muertos"

Luigi Garlaschelli y Alessandra Carrer

'El "científico loco". Una historia de la investigación en los límites' (Carroci Editore/Alianza Editorial)

En un escrito de 1817 (Versuche über das Leben und seine Grundkräfte auf dem Wege der Experimentalphysiologie) informó que había decapitado a un gatito de tres semanas, al que había extraído la médula espinal y la había sustituido luego con una mezcla de plata y zinc. Estos metales habrían actuado como una pila de Volta, estimulando eléctricamente los nervios del animalito y haciendo que se moviese y saltase como si estuviera vivo, antes de colapsar del todo. Según muchos de sus colegas, Weinhold habría exagerado decididamente los resultados de sus investigaciones. Sea como sea, no pudo experimentar con cuerpos humanos, como habría deseado probablemente, porque, desde 1804, en Alemania tales procedimientos habían sido prohibidos. Weinhold, como buen ciudadano, estaba dispuesto quizá a violar las leyes de la naturaleza, pero no las del Estado.

Andrew Crosse (1784-1855) era, en cambio, un caballero victoriano que vivió en los campos de Somerset, y cuyo nombre ha quedado ligado a un experimento que, en su época, hizo creer en un milagro. Un milagro relacionado nada menos que con la creación de vida de la nada. Pero vayamos por orden.

Atraído por las maravillas de la electricidad que se estaba descubriendo en aquellos años, Crosse había montado un avanzado laboratorio científico en sus tierras de Fyne Court, donde vivió de 1805 en adelante, tras sus estudios y el fallecimiento de sus padres. Poseía más de 2.000 pilas voltaicas, y cuando las descargaba, tras haber unido muchas en serie, las chispas producían sonidos semejantes a fuertes explosiones. En un determinado momento llegó a extender dos kilómetros de alambres metálicos entre postes y árboles de su propiedad para estudiar las propiedades eléctricas de la atmósfera. Fue uno de los primeros que utilizó la electricidad para aislar metales de sus minerales, y estudió el efecto de la electricidad en la formación de cristales de varios minerales.

Uno de estos experimentos, realizado en 1836, consistió en hacer gotear lentamente una solución ácida sobre una piedra electrificada, esperando inducir el crecimiento de cristales de cuarzo. Pero ocurrió algo inesperado. A partir del decimoctavo día fueron apareciendo en su microscopio pequeñas excrecencias blanquecinas que, posteriormente, desarrollaron extremidades y diez días después asumieron la forma de pequeñísimos insectos. 

Crosse observó decenas y decenas, que luego se separaron y se pusieron a moverse libremente por la habitación. Cuando se repitió el experimento, se obtuvieron los mismos resultados. El propio Crosse se mostraba incrédulo y reacio a difundir la noticia de la creación, de la nada, de una nueva forma de vida; aun así, escribió un informe para la London Electrical Society. El hecho acabó apareciendo pronto también en los periódicos locales. Las pequeñas criaturas fueron bautizadas como «ácaro de Crosse» (Acarus crossii).

Sus vecinos, que ya lo miraban con alguna sospecha por sus extraños experimentos eléctricos, lo declararon loco, ultrajador de la religión y probable adorador del demonio. Crosse recibió amenazas de muerte; hubo campesinos que afirmaron que sus misteriosos insectos habían arruinado sus cosechas, y un cura llevó a cabo un exorcismo.

El experimento fue replicado por otros científicos, algunos de los cuales dijeron que habían obtenido los mismos resultados. El propio Crosse no afirmó nunca haber creado vida; él fue el primero en considerar que lo más probable era que se tratase de huevos de ácaros que habían contaminado sus instrumentos y que más tarde habían eclosionado. Efectivamente, con posterioridad, los insectos fueron identificados como ácaros del polvo o del queso.

Dippel, Weinhold y Crosse, ¿inspiradores de Frankenstein?

El historiador rumano Radu Florescu (1996) ha sugerido la posibilidad de que Dippel y el castillo de Frankenstein inspirasen a Mary Shelley; los cónyuges Shelley podrían haber visitado el castillo durante uno de sus viajes por el Rin y haber escuchado las leyendas locales sobre el científico. Con todo, el hecho es, en realidad, más bien hipotético y controvertido.

Por lo que respecta a Weinhold, fue un científico loco en todos los sentidos, y que bien podría haber sido una buena fuente de inspiración para Mary Shelley y su Frankenstein, dado que se da también una coincidencia cronológica entre la publicación de la novela y los experimentos del científico de Meißen. Sin embargo, no hay pruebas de que la escritora inglesa haya tomado su inspiración del trabajo de Weinhold, y quizá sea mejor así, porque –como ha puesto de relieve Alex Boese (2007)– si Mary Shelley hubiese tenido que remontarse al experimento que hemos citado, habría tenido que describir a una multitud de campesinos enfurecidos y armados con antorchas y horcas dedicados a lanzarse a la caza de un gatito sin cabeza…, y no habría sido lo mismo.

Finalmente, por lo que concierne al experimento eléctrico que vio el nacimiento de los ácaros, este se produjo casi veinte años más tarde de la publicación de Frankenstein, y por consiguiente no pudo, ciertamente, servir de inspiración para la novela; de todos modos, se sabe que en 1814 Mary Shelley asistió a una conferencia de Crosse, durante la cual este había ilustrado la red de cables eléctricos extendida alrededor de su casa para capturar la electricidad de los rayos, lo que la impresionó mucho. Además, en un artículo del Taunton Courier, firmado por un tal Edward W. Cox, se informa sobre una visita de Percy Bisshe Shelley y de su mujer Mary a la finca de Crosse en otoño de 1836, el año del experimento en el que, de la nada, se «creó vida».

"Weinhold fue un científico loco en todos los sentidos que bien podría haber sido una buena fuente de inspiración para Mary Shelley y su Frankenstein"

Luigi Garlaschelli y Alessandra Carrer

'El "científico loco". Una historia de la investigación en los límites' (Carroci Editore/Alianza Editorial)

Cadáveres en el columpio, cadáveres crucificados y crucifixiones reales

Enfant prodige, Robert Cornish (1903-1963) se había licenciado en la Universidad de California cuando tenía solo 18 años, consiguiendo el doctorado a los 22. En el Instituto de Biología Experimental de la universidad, en el que había obtenido un puesto, desarrolló unas gafas para poder leer bajo el agua. Pero a los 27 años empezó a interesarse por un proyecto bastante más ambicioso: nada menos que el de resucitar a los muertos.

Su idea consistía en que, fijando el cadáver de un individuo, fallecido recientemente y sin lesiones físicas, a una especie de plano inclinable en varias posiciones (básicamente un columpio basculante de parque infantil), y moviéndolo arriba y abajo, era posible hacer que la sangre circulase de nuevo, y por lo tanto se reactivasen las funciones cerebrales y cardiacas. No está claro por qué pensaba que este método, basado exclusivamente en la gravedad,  podía ser más eficaz que cualquier tipo de bomba. En todo caso, en 1933 llevó a cabo sus primeros experimentos con víctimas de ahogamientos y de ataques cardíacos, así como con condenados a la silla eléctrica, sin tener verdadero éxito. Con todo, después de una hora de «columpio», según él dijo, había notado que el rostro del cadáver estaba menos pálido y que había incluso alguna señal de pulso.

En los dos años siguientes Cornish experimentó un procedimiento mejorado con cuatro fox terrier, a los que anestesiaba con éter y más tarde asfixiaba con nitrógeno. En los cuerpos de los perros –llamados, con obvia referencia bíblica, Lazarus II, III, IV– inyectaba un anticoagulante (eparina) y un estimulante (adrenalina), y se les practicaba una especie de respiración forzada. Una vez aquí, eran «columpiados» en el soporte inclinable. Sorprendentemente, algunos perros volvieron a la vida: Lazarus II y III sobrevivieron unas horas sin consciencia, mientras que Lazarus IV y V sobrevivieron incluso algunos meses, pero ciegos y con evidentes daños en el cerebro.

La prensa sensacionalista siguió ávidamente estos experimentos, secundando la vanidad de Cornish y, en 1935, la Universal produjo una película de serie B inspirada en este asunto, La realidad increíble (Life Returns), con Cornish haciendo de sí mismo.

Llegados a este punto, sin embargo –también por las protestas de los animalistas–, la Universidad de California se disoció de los experimentos de Cornish y le cortó los fondos, obligándolo a continuar sus extraños y crueles experimentos en su casa de Berkeley.

En 1947 el científico volvió al primer plano de la crónica al anunciar un nuevo y perfeccionado método de reanimación, que habría querido probar con un condenado a muerte. Esta vez su instrumento era una especie de máquina corazón-pulmón, construida artesanalmente con piezas de aspiradora, tubos de fontanero y una columna de cristal llena de 60.000 ojales de lazos para zapatos (en realidad, evidentemente, una columna de destilación). Un tal Thomas McMonigle, detenido en el corredor de la muerte en la prisión de Saint Quentin, se ofreció voluntario, pero las autoridades no dieron su autorización y McMonigle fue ajusticiado en la cámara de gas el 20 de febrero de 1948.

Resignado, Cornish pasó los últimos años de su vida vendiendo un dentífrico en polvo de su invención –el Dr. Cornish Tooth Powder– hasta su muerte, por infarto, en 1963. En la necrológica publicada por un periódico local, se recordó que en el instituto de Berkeley Cornish había sido, además, el primer estudiante en ir en sandalias a clase. Aunque no ha pasado a la historia por haber vencido a la muerte, Cornish podría ser celebrado como precursor del estilo nerd.

"Su idea consistía en que, fijando el cadáver de un individuo a una especie de plano inclinable en varias posiciones, y moviéndolo arriba y abajo, era posible hacer que la sangre circulase de nuevo, y por lo tanto se reactivasen las funciones cerebrales y cardiacas"

Luigi Garlaschelli y Alessandra Carrer

'El "científico loco". Una historia de la investigación en los límites' (Carroci Editore/Alianza Editorial)

Crucificar a los muertos: Pierre Barbet

En 1931, a Pierre Barbet (1884-1961), director del departamento de cirugía del hospital Saint-Joseph de París, se le acercó un sacerdote católico, el padre Armailhac, que buscaba la ayuda de expertos anatomistas para verificar si los restos de sangre visibles en la Sábana Santa de Turín2 podían corresponder a la anatomía y la fisiología real de un ser humano. Tras haber examinado algunas imágenes fotográficas de la Sábana Santa, Barbet fue a Turín y comenzó una serie de mediciones y experimentaciones prácticas que lo convencieron cada vez más de la autenticidad de la tela y del hecho de que hubiese envuelto el cadáver de un hombre crucificado.

Los interrogantes que plantea la Sábana Santa, en particular a los médicos legales, son muchos; por ejemplo: ¿en qué postura habría sido crucificado exactamente el hombre de la Sábana? ¿Qué forma tenía la corona de espinas? La forma y la dirección del goteo de la sangre ¿son verosímiles? ¿Cómo es que fluye por encima del cabello sin embadurnarlo? ¿Las huellas de sangre fueron producidas por sangre líquida o coagulada? ¿Cuál fue la causa de la muerte del crucificado? ¿Las manos estaban clavadas por las palmas o cerca de la muñeca?

Ya que ni siquiera un anatomista o un médico forense tienen mucha familiaridad con cadáveres de personas crucificadas, en los años 1930 Barbet decidió realizar experimentos personalmente, y así, en los subterráneos de SaintJoseph erigió una cruz sobre la que iba a proceder a clavar varios cadáveres que recuperó del Instituto de Anatomía, adonde los mandaban hospitales y asilos de la ciudad.

La atención de Barbet se concentró en el brazo izquierdo del hombre de la Sábana Santa, donde son visibles restos de sangre: un largo reguero que desde las manos llega casi hasta el codo, y dos regueros breves, en el dorso de la mano, que salen de la herida del clavo en varias direcciones, formando una especie de «V». Barbet teorizó que cuando un cuerpo está clavado en la cruz por las manos, la postura hace difícil la respiración, por lo que el condenado trata de levantarse de vez en cuando haciendo fuerza con los pies, que, por otro lado, también están clavados en el poste. De esta manera, los brazos asumen dos angulaciones diferentes, lo cual explica la razón de que los dos regueros que salen de la herida del dorso de la mano presenten ángulos ligeramente diferentes. Al final, sin embargo, cuando las fuerzas comienzan a fallar, el condenado muere por asfixia. Barbet calculó que los brazos debían asumir ángulos de 65 y 70º en las dos posturas.

Para demostrar su teoría, el cirujano clavó un cadáver en la cruz apoyada en el suelo, con los brazos a unos 90º respecto del cuerpo. La cruz y el cuerpo, que estaban apoyados en una especie de plataforma plegable, se izaban luego verticalmente –y se supone que, para hacer esto, era necesaria también, en el tenebroso subterráneo, la ayuda de un voluntarioso asistente–. El cadáver, una vez colocado verticalmente, a causa de su propio peso y de la elasticidad de los músculos y de las articulaciones, bajaba hacia abajo unos centímetros. Resultaba, así, que el ángulo del brazo –respecto a la vertical– ahora era ya claramente de 70º (ya que el cadáver no podía levantarse, obviamente, el otro ángulo quedó sin verificar). La fotografía publicada de uno de estos cadáveres crucificados (Barbet, 1950) nos muestra a un viejo flaco, con una blanca cabellera desordenada.

"En los años 1930 Barbet decidió realizar experimentos personalmente, y así, en los subterráneos de SaintJoseph erigió una cruz sobre la que iba a proceder a clavar varios cadáveres que recuperó del Instituto de Anatomía"

Luigi Garlaschelli y Alessandra Carrer

'El "científico loco". Una historia de la investigación en los límites' (Carroci Editore/Alianza Editorial)

Sin embargo, se planteaba un problema ulterior. Cuando el cuerpo del condenado estaba relajado, todo su peso descansaba sobre el clavo que sujetaba la palma de la mano; ¿eran entonces los tejidos de la mano lo bastante resistentes como para no desgarrarse? Para resolver la duda, el perspicaz anatomista ideó otros macabros experimentos, en los que ya no utilizaba cuerpos enteros, sino solo antebrazos humanos –recuperados de operaciones de amputación recién terminadas –que, evidentemente, estaban disponibles en mayor número y que se prestaban a pruebas relativamente más sencillas. El miembro se fijaba en la madera con un clavo de aproximadamente 1 cm de diámetro en el centro de la palma de la mano, y a continuación se le sujetaba un peso de unos 30 kilos. Pasado algún tiempo, la carne se desgarraba y el antebrazo se caía.

Después de innumerables pruebas, Barbet descubrió la existencia del llamado «espacio de Destot», un estrecho paso existente entre cuatro pequeños huesos de la muñeca, a través del cual se podía fijar el clavo de modo que soportase el peso del cuerpo. Desde ese momento, al razonamiento, curiosamente, se le dio la vuelta prácticamente en todas las publicaciones por parte de quienes creen en la autenticidad de la Sábana Santa, afirmando que es precisamente de ese modo como los romanos clavaban las manos –sin embargo no se sabe nada al respecto– y que es  evidente que la herida es visible en la muñeca, aunque la imagen es confusa; en todo caso, la herida aparece en el centro del dorso, según la representación artística tradicional.