09 abr 2020

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AVANCES DE CIENCIA

¿Cuándo empezamos a envejecer?

Hábitos alimenticios, patrones de sueño e incluso nuestra carga genética influyen en cómo nos hacemos mayores

Daniela Mari, experta en geriatría, explica qué dice la investigación sobre todas estas cuestiones

Daniela Mari

Daniela Mari, autora de ’El camino de cien años. El arte de envejecer bien’

Daniela Mari, autora de ’El camino de cien años. El arte de envejecer bien’

Fragmento de "El camino de cien años. El arte de envejecer bien", de Daniela Mari, traducción de Alessandra Picone (Biblioteca Nueva, 2018).

Selección a cargo de Valentina Raffio. 

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¿Cuándo empezamos a envejecer?​

Abres los ojos. Es una hermosa mañana de verano, poco después del amanecer. El aire que se cuela por la ventana traiciona ya al calor que, dentro de pocas horas, caerá sobre la ciudad como una capa de terciopelo, pero por ahora la brisa que notas en la piel, todavía entumecida por el sueño, es fresca. Te cosquillea los párpados, a los que les cuesta entreabrirse, llevándote una sonrisa a los labios. Cumpliste hace poco —no importa hace cuánto— sesenta años, pero en una mañana como esta es fácil olvidarlo. Un vistazo rápido al despertador y te levantas. Te duchas, te secas el pelo con una toalla suave, preparas el desayuno y, mientras tanto, ordenas el salón y riegas tus amadas flores en los alféizares. El olor a café tostado te lleva otra vez a la cocina. Te vistes, controlas en el espejo de la antesala en penumbra que todo esté en orden, coges las llaves y sales. En la puerta miras de soslayo el reloj: ha pasado una hora desde que sonó el despertador. El doble del tiempo que antes tardabas en arreglarte, precisamente tú, que de la rapidez hacías gala.

En los días siguientes, el paso a un mundo más lento se consolida: aumenta el tiempo que tardas en subir las escaleras, disminu ye la velocidad con la que lees el periódico y, si antes era suficiente para ti picar unas galletas entre una reunión y otra, ahora prefieres sentarte en un banco, y tal vez disfrutar de un poco de sol. Es verano, al fin y al cabo. Ahora bien, una noche, regresando del tra bajo, te miras en el espejo y piensas: estoy empezando a hacerme mayor.

¿Pero es así de verdad? En la antigua Roma uno podía ser elegido como senador, segura categoría de ancianidad, a los 40 años, y hoy uno puede ser considerado viejo incluso antes, si no es hábil con el ordenador, el smartphone, la tablet o aplicaciones y aparatos que utilizan la realidad aumentada, porque los jóvenes —los nativos digitales, utilizando una expresión muy común en la prensa, pero criticada en el ámbito académico— perciben como tal a quien está lejos de ellos a nivel generacional, a pesar de la diferencia de edad real.

"Algunos estudios recientes demuestran, por ejemplo, que ya en las primeras fases de la vida las condiciones ambientales en las que estamos sumidos pueden iniciar nuestro futuro envejecimiento"

Daniela Mari

'El camino de cien años. El arte de envejecer bien' (Biblioteca Nueva, 2018)

Desde un punto de vista científico, la cuestión de cuándo empezamos a envejecer es mucho más compleja. Algunos estudios recientes demuestran, por ejemplo, que ya en las primeras fases de la vida las condiciones ambientales en las que estamos sumidos pueden iniciar nuestro futuro envejecimiento y, por consiguiente, también las patologías relacionadas con él. Dichas condiciones ambientales constituyen el campo de estudio de la epigenética, la rama de la genética que analiza la actividad de regulación de los genes a través de procesos químicos que, a pesar de no conllevar cambios en el código del ADN, pueden modificar el fenotipo del individuo —dicho de otra manera, las características somáticas y funcionales resultantes determinadas tanto por los genes como por el medio ambiente— y también de su progenie. La epigenética nos explica que lo que está escrito en nuestros genes no es inmutable a lo largo de nuestra vida, sino que puede estar sujeto a modulaciones dinámicas. Un ejemplo típico se puede sacar de los estudios sobre los gemelos, con una composición genética idéntica, que pueden desarrollar rasgos (fenotipos) distintos gracias a las diferentes condiciones medioambientales en las que viven. En mi experiencia he seguido el caso de dos gemelas que han vivido en entornos distintos y, a pesar de ser idénticas genéticamente, una ha desarrollado la enfermedad de Alzheimer, mientras que la otra no.

Un ejemplo importante de regulación de la expresión génica nos llega de la Segunda Guerra Mundial, y, en particular, del período de la dominación nazi en los Países Bajos, de noviembre de 1944 a la primavera de 1945, un invierno terrible, conocido como Hongerwinter, el invierno del hambre. Tras el desembarco de Normandía, el ejército de los Aliados había conseguido liberar la parte meridional del país, pero cuando las fuerzas británicas fracasaron en el intento de ocupar algunas posiciones en el río Reno en la zona de Arnhem —una operación conocida como «Market Garden»- los alemanes, fortalecidos por el primer verdadero éxito militar tras la debacle del Día D, y furiosos por una huelga ferroviaria convocada por los Aliados para contrarrestar el resultado de la batalla de Arnhem, decidieron intensificar su control en la región, imponiendo un rígido embargo de alimentos.

Empezaron meses muy duros para la población: ese invierno fue áspero y rígido, y el hielo hizo imposible moverse y comunicarse. Mientras que arreciaban los enfrentamientos por el control de la región, el ejército alemán destruyó en su retirada cauces y puentes para inundar el país y obstaculizar el avance de los Aliados: las inundaciones destruyeron las cosechas, dañaron las granjas y dificultaron aún más el transporte de alimentos. La población no tenía comida ni ropa suficiente para calentarse y alimentarse y, a menudo, tanto en las ciudades como en el campo, faltaba cualquier forma de calefacción. Las líneas eléctricas estaban cortadas. Muchos se alimentaron exclusivamente de bulbos de tulipán para sobrevivir. El consumo calórico diario bajó a poco más de 400 kilocalorías, y a veces —sobre todo en las zonas donde la batalla era más dura— el consumo era incluso menor.

La hambruna holandesa de 1944-1945 causó la muerte de más de 18.000 personas y las consecuencias gravísimas sobre la población superviviente perduraron en el tiempo, más allá de mayo de 1945, cuando Holanda fue finalmente liberada. En efecto, en años más recientes, analizando los registros de población cuidadosamente cumplimentados por las autoridades, a pesar de la desesperada situación bélica, algunos epidemiólogos observaron un dato inesperado: los hijos de madres que habían sufrido un período de malnutrición durante el embarazo (precisamente de 400 kilocalorías) a menudo desarrollaban —una vez de vuelta, en edad adulta, a una dieta rica— una mayor incidencia de obesidad y enfermedades cardiovasculares con respecto a la población general.

"La Segunda Guerra Mundial es uno de los eventos más traumáticos que la humanidad haya conocido nunca desde un punto de vista cultural, político y también científico"

Autor de la cita

'El camino de cien años. El arte de envejecer bien' (Biblioteca Nueva, 2018)

La Segunda Guerra Mundial es uno de los eventos más traumáticos que la humanidad haya conocido nunca desde un punto de vista cultural, político y también científico. Así como la tragedia de Hiroshima y Nagasaki nos puso en guardia acerca de los riesgos del uso bélico de la energía nuclear, el invierno del hambre nos ha hecho tomar conciencia de la importancia de las condiciones ambientales para la salud del hombre en general, y para el envejecimiento en particular. El estudio epidemiológico que acabo de mencionar, conocido como «Dutch Hunger Winter Study», a partir de los datos recopilados durante la ocupación nazi de los Países Bajos (parece casi que esta fue una especie de trágico experimento sobre seres humanos), demostró los graves efectos que provoca la deprivación intrauterina sobre la salud del adulto (si ocurre en los primeros tres meses de embarazo, cuando el feto es muy pequeño y se desarrolla rápidamente) y cuánto pueden influir en el individuo durante el resto de su vida.

En un estudio posterior en la misma cohorte histórica se ha demostrado que sujetos de 56-59 años, cuyas madres habían estado malnutridas al principio del embarazo, sufrían un envejecimiento cognitivo precoz, en comparación con coetáneos nacidos por madres no malnutridas. La explicación más probable es que los sujetos expuesto al hambre en el período más cercano a la concepción, una vez alcanzados los sesenta años presentan niveles considerablemente bajos de metilación del ADN del gen del factor de crecimiento insulínico tipo 2 (Insulin-like Growth Factor-2, IGF-2). Me explico. La metilación del ADN es la modificación epigenética más conocida: un grupo metílico —una molécula formada por un átomo de carbono y tres de hidrógeno, con una gran tendencia a unirse a otras moléculas que contienen carbono— se enlaza (a través de un proceso que involucra una enzima) a un átomo de carbono de la citosina —uno de los segmentos del ADN— etiquetando de esta forma el gen. Las consecuencias de la metilación son el encendido y el apagado génico: situaciones de hipo- e hipermetilación pueden llevar, respectivamente, a la activación de genes potencialmente dañinos o a desactivar genes que intervienen en los mecanismos de reparación del ADN.

"Un estudio posterior en la misma cohorte histórica se ha demostrado que sujetos de 56-59 años, cuyas madres habían estado malnutridas al principio del embarazo, sufrían un envejecimiento cognitivo precoz"

Daniela Mari

'El camino de cien años. El arte de envejecer bien' (Biblioteca Nueva, 2018)

Podemos explicar de forma más exhaustiva las consecuencias del invierno del hambre holandés: desencadenado por un estímulo ambiental —el hambre sufrido por la madre—, se dio una programación genética dirigida a dejar que el bebé creciera y sobreviviera en condiciones desfavorables en el momento del primer desarrollo embrionario. En cuanto la situación ambiental cambió —en este caso, gracias al bienestar vivido tras la recuperación posterior a la Segunda Guerra Mundial, evidente sobre todo en la nueva abundancia de comida—, la impronta genética «protectora» inicial se volvió desfavorable, causando un aumento de patologías cardiovasculares y deterioro cognitivo precoz en los sujetos «víctima» de esta programación.

Por supuesto, se trata de un caso límite, pero también en la vida diaria normal podemos notar cuán diferente es la forma en la que cada persona envejece. Hace algunos años, en calidad de
antigua alumna de un «mítico» 3oD del Liceo Classico Parini de Milán, me encontré, medio siglo después del bachillerato, con mis antiguos compañeros de clase. Todos estábamos muy expectantes por vernos después de tanto tiempo, y en los ojos de todos se podían apreciar, en la misma medida, interés y preocupación. Pero nuestro grupo enseguida recuperó el espíritu de antaño, alimentado también por el permiso que tuvimos para entrar en nuestra aula, en la que poco había cambiado. Entre los viejos muros cada uno contaba despreocupadamente sus recuerdos favoritos de los muchos años que habíamos compartido.

Es increíble pensar que las chicas estábamos obligadas a llevar el uniforme negro, con el cuello preferentemente blanco, y no fuésemos admitidas en el colegio con pantalón. A pesar de la estricta disciplina, también recordamos lo bien que lo pasábamos con el profesor de filosofía Siro Contri, que explicaba la Fenomenología del espíritu de Hegel en la pizarra, avanzando cada uno con su pupitre hasta la cátedra tras una señal preestablecida o retrocediendo, dejando media aula vacía. Cuando el profesor se daba la vuelta, se quedaba alucinado y gritaba: «¿Qué hacéis? ¡Quietos!». Sin embargo, en el bachillerato también hemos adoptado buenas costumbres: el profesor de latín y griego, Pelosi, a finales del último año nos dijo: «Adonde vayáis de vacaciones, a la cumbre de una montaña o a la orilla del mar, acordaos siempre de llevar un libro en la mano». Nunca lo he olvidado. Estuvimos viendo las viejas fotos de clase y, levantando la mirada hacia quien estaba delante de nosotros en ese momento, después de cincuenta años, tal vez sentado en el mismo pupitre el que había estado sentado todo el período del bachillerato, nos dimos cuenta de cuánto habíamos envejecido cada uno de nosotros.

Poco después de este encuentro, leí entonces con mucho interés el estudio conocido como «Dunedin Study», llevado a cabo en Nueva Zelanda sobre unos mil sujetos seguidos desde el nacimiento hasta los 38 años, con controles efectuados —a los 26, 32 y 38 años— en algunos marcadores fisiológicos de envejecimiento, elegidos para identificar una edad biológica: la presión arterial, el metabolismo, la función renal, pulmonar y hepática, el colesterol, el sistema inmunitario, la salud de los dientes y la longitud de los telómeros. Además de estos parámetros fisiológicos, los controles tenían el objetivo de analizar algunas habilidades cognitivas, como la capacidad de atención, la concentración, la memoria (por ejemplo, pidiendo al paciente que repita un pequeño relato), las asociaciones de palabras, las capacidades práxicas, la coordinación y el equilibrio.

"Los resultados del «Dunedin Study» confirman que la tasa de envejecimiento, a igual edad, es extremadamente variable de un individuo a otro"

Daniela Mari

'El camino de cien años. El arte de envejecer bien' (Biblioteca Nueva, 2018)

Los resultados del «Dunedin Study» —interesante sobre todo porque tiene en cuenta un amplio abanico de componentes, tanto sociales como genéticas, que no tienen paragón en modelos animales de envejecimiento— confirman que la tasa de envejecimiento, a igual edad, es extremadamente variable de un individuo a otro: algunos de los sujetos examinados no mostraban señales de envejecimiento en el período de observación, mientras que otros habían envejecido mucho o sufrido un deterioro cognitivo.

Algunos incluso habían fallecido. La edad biológica, también en los jóvenes adultos, es por lo tanto un factor extremadamente subjetivo. Por este motivo es importante estudiar la trayectoria del envejecimiento también en los jóvenes: de hecho, el objetivo de la investigación debería ser conseguir intervenir en el proceso de envejecimiento en sí, antes que afrontar cada una de las patologías que lo acompañan. El «Dunedin Study», en este sentido, ofrece nuevas oportunidades científicas, indicando posibles ámbitos de estudio futuros: por ejemplo, podría ser útil analizar los efectos de adversidades encontradas en la infancia, como los maltratos, para controlar cuánto pueden acelerar el envejecimiento en las décadas siguientes estos acontecimientos traumáticos. También sería interesante —desde un punto de vista tanto científico como político y social— determinar el efecto de las escalas sociales sobre el estado de salud: si descubriésemos que los niños nacidos en la pobreza envejecen más rápidamente en relación con los que nacen en familias acomodadas, no tendríamos que preguntarnos solo cómo intervenir para invertir la tendencia a un envejecimiento acelerado a partir de la infancia, sino también como evitar, en el futuro, estos efectos de la desigualdad social.

"Sería interesante —desde un punto de vista tanto científico como político y social— determinar el efecto de las escalas sociales sobre el estado de salud"

Daniela Mari

'El camino de cien años. El arte de envejecer bien' (Biblioteca Nueva, 2018)

Además, se podrían analizar los procesos reguladores del envejecimiento a través de la genómica de alto rendimiento, con la técnica del microarray, un conjunto de microscópicos segmentos de ADN pegados a una superficie sólida de cristal, plástico, o —cada vez más comúnmente— a un chip de silicio, que permite examinar simultáneamente la presencia de muchísimos genes en una muestra de ADN y, sobre todo, hace posible comparar el perfil de expresión génica de un individuo enfermo con el de uno sano para detectar qué genes están involucrados en la patología. Aplicada a los procesos de envejecimiento, esta técnica nos permitiría identificar precozmente los casos en que se presente un envejecimiento acelerado, para poder implementar estrategias de prevención antes de que aparezcan las patologías relacionadas con la edad más avanzada. Algunos análisis longitudinales sobre amplias muestras de población podrán permitirnos investigar estas posibilidades; de hecho, los estudios de población prospectivos son los únicos que, involucrando un número elevado de sujetos, seguidos durante décadas, nos permiten destacar los factores de riesgo para varias patologías y establecer una mejor prevención.

Un ejemplo de importancia histórica es el «Estudio Framingham del Corazón», realizado en la homónima ciudad de Massachusetts, que ha examinado sobre todo el riesgo cardiovascular, reclutando, ya en 1948, 2.309 sujetos entre los 30 y los 62 años, seguidos todos los años con controles de laboratorio y exámenes médicos hasta 2014. Así que, asociando a través de técnicas estadísticas sofisticadas las patologías o las causas de muerte con los datos de laboratorio registrados a principios del estudio, se han marcado algunos hitos, como el papel del tabaquismo, de los niveles de colesterol, de la hipertensión y de la obesidad, que afecta a todos los grupos sociales. El estudio, actualmente en curso, ofrece la posibilidad de acceder a su enorme basede datos a quien proponga una nueva investigación epidemiológica, y se espera que aporte muchos más resultados interesantes.

El ejemplo del invierno del hambre con el que hemos empezado sí es emblemático, pero los traumatismos y la desigualdad social no son los únicos factores que influyen en el proceso de envejecimiento de cada uno de nosotros. Saber mantener una imagen positiva de uno mismo y modificar su propio comportamiento en respuesta a los cambios físicos son elementos igualmente importantes para ralentizar este proceso. En Sino al confine (en español Hasta el límite), novela publicada en 1910, la escritora italiana, premio Nobel, Grazia Deledda describe muy bien cómo estar contentos con nosotros mismos permite resistir el paso del tiempo.