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AVANCES DE CIENCIA

La inteligencia de los (otros) animales

Memoria, altruismo y capacidad de adaptación se encuentran en insectos, mamíferos, pájaros y peces.

No sólo los humanos razonan, argumenta la bióloga Emmanuelle Pouydebat en un libro que sale mañana.

Emmanuelle Pouydebat

La bióloga Emmanuelle Pouydebat, autora de Inteligencia animal (Plataforma Editorial, 2018)

La bióloga Emmanuelle Pouydebat, autora de Inteligencia animal (Plataforma Editorial, 2018) / DRFP

Extracto de “Inteligencia animal. Cabeza de chorlitos y memoria de elefantes” de Emmanuelle Pouydebat, traducción de Ana Nuño (Plataforma Editorial, 2018)

Selección a cargo de Michele Catanzaro

Los otros Avances de Ciencia

Un libro sobre la inteligencia animal y su evolución no se escribe por casualidad. Es el resultado de un largo recorrido, en el que cada lector es libre de reconocerse un poco, mucho o muchísimo...

Lucy vive cerca de mí

1984 fue, para mí, uno de esos años que marcan para siempre, que orientan definitivamente una vida. Tenía once años y me sumergía en los libros ilustrados para niños que mi madre, que era maestra, me traía de la escuela donde trabajaba. Los temas eran la prehistoria, la evolución, los animales, los dinosaurios... Por esas fechas nació mi hermano, al que vi crecer, y esta experiencia cambió del todo la idea que tenía del desarrollo de la vida. Y luego se produjo otro nacimiento cuando leí “Ese simio, África y el hombre”: con este libro de Yves Coppens, lo que cambió para siempre fue mi manera de concebir la historia de la vida. En sus 130 páginas se ahormaron por primera vez mi vocación, mis ideas y dudas. A medida que pasaba las páginas, imaginaba el lejano origen del linaje humano. Veía a Lucy, la pequeña australopiteca que, en mi mente infantil, era una mezcla perfecta de humano y chimpancé. Desde mi habitación la veía escapar de sus predadores y utilizar todos los medios a su alcance para procurarse alimento. Como en las viejas películas de ciencia ficción donde las épocas se confunden fortuitamente, imaginaba, desde la séptima planta de nuestro piso, que un diplodocus miraba por la ventana y yo tenía que distraerlo mientras Lucy se escapaba... ¡Quería salvar a Lucy, nada menos! Mucho después supe que quizá murió ahogada al intentar cruzar un río, y que entonces, hace más de tres millones de años, tenía veinte. Ah, y que el diplodocus no habría podido comerse a Lucy, porque era herbívoro y, además, se había extinguido ciento cincuenta millones de años antes que ella...

"¿Por qué Lucy no es humana? ¿Y qué es un humano? Quiero comprender el pasado para comprender el presente."

Emmanuelle Pouydebat

"Inteligencia Animal" (Plataforma Editoria, 2018)

Seis años después, viendo en televisión el programa de debates La Marche du siècle, descubrí entre los invitados a un tal Yves Coppens... y volví a sentir el mismo hechizo, la fascinación y el flechazo de la primera vez. Pasé meses volviendo a ver una y otra vez la grabación del programa. El profesor hablaba de Lucy, la fascinante Lucy que había descubierto, junto con sus colegas estadounidenses, un año después de mi nacimiento. Uno de los más célebres fósiles del mundo jamás hallados por los humanos, y el primero relativamente completo perteneciente a un periodo tan lejano. Con humor y ternura, el señor de barba contaba cómo aquella diminuta hembra de australopiteco, de apenas 1,10 metros de estatura, vivía, se movía y luchaba por sobrevivir en un ambiente de bosque abierto. Sus 52 restos óseos han sido estudiados, examinados y analizados para desentrañar una de las historias más bellas: nuestra historia. Lucy, como nosotros, era un bípedo. Probablemente siguiera moviéndose por los árboles, como los chimpancés, y más que un ancestro directo de los humanos, parece que era algo parecido a una prima. Escucho, cierro los ojos e imagino a Lucy viva hace más de tres millones de años. Según el profesor, en esa época existía «un verdadero ramillete de prehumanos, y Lucy era una de sus flores». El ancestro común de humanos y chimpancés debió de vivir cuatro millones de años antes que ella, y dos millones la separaban de la aparición de los humanos... Mientras el narrador, poeta y científico hablaba, veía desfilar ante mis ojos, maravillada, el ejército de millones de años. Y pensaba: «También yo quiero comprender. ¿Cómo evolucionaron los primates? ¿Quién es ese famoso ancestro común que compartimos con los chimpancés?

¿Por qué Lucy no es humana? ¿Y qué es un humano? Quiero comprender el pasado para comprender el presente. ¡Ya lo tengo! Cuando sea mayor, quiero ser Yves Coppens».

Comprender el pasado para comprender el presente

En cuanto acabé el instituto salí pitando a la universidad a matricularme en antropología con la intención de hacer una tesis sobre la evolución del linaje humano, pero por lo visto era demasiado pronto... Así que aprendí humildad mientras subía a otra torre, la de la Universidad de Tolbiac, para asistir a mi primer curso de prehistoria, celebrado en el gran anfiteatro por la inolvidable Yvette Taborin. Por fin me reencuentro con Lucy: desde la tarima, sin cortarse un pelo pero con gran delicadeza, la profesora se dispone a ofrecernos su interpretación del bamboleo que al andar hacía mi pequeña australopiteca bípeda...

"¿Puede decirse que la herramienta sea un rasgo característico del humano? ¿Habrá que considerar miembros del género humano a los chimpancés? ¿Será preciso revisar nuestras definiciones del género humano?"

Emmanuelle Pouydebat

"Inteligencia animal" (Plataforma Editorial, 2018)

Las clases desfilan sin parar. Aprendo a identificar diminutos fragmentos de hueso y asignarles la especie a la que corresponden. ¿Será este un hueso de primate? ¿Pero de cuál? ¿Y este, que parece de mamífero, a qué grupo pertenecerá? Tengo que deducir de qué hueso forma parte cualquier fragmento, por diminuto que sea, y que a veces no excede el centímetro cuadrado. Me encantaba este pequeño juego de adivinanza y me convertí en toda una experta, nadie me superaba. No tardé en querer trabajar con osamentas enteras, de modo que hice mis primeras prácticas en excavaciones arqueológicas. Una de ellas, que contenía una sepultura colectiva del Neolítico, estaba en una grota del Gard, en Corconne, y tenía 9.000 años de antigüedad. El escalpelo y el pincel no tardaron en descubrirme la superficie de un hueso. Poco a poco apareció la materia, y en pocas semanas tenía delante de mis ojos el cuerpo entero de un niño pequeño. Sentí entonces una mezcla de fascinación, emoción, audacia y turbación. ¿Sería porque el periodo era muy reciente o porque yo vivía el pasado con demasiada intensidad? A saber. Pero de una cosa sí estaba segura y era de que Lucy vivía en mi imaginación. Sin duda esa era la razón por la que no me animaba a ir al Museo Nacional de Historia Natural a ver la réplica de sus restos. Otra lección, y con esta van cinco: para ser Yves Coppens, no basta con quererlo. Tendría que descubrir otra manera de comprender el pasado.

Comprender el presente para comprender el pasado

Vuelvo a verme en la universidad, sentada en un aula o en la biblioteca, bebiendo las palabras de los enseñantes: antropólogos, primatólogos, biólogos, evolucionistas, etólogos... Me sumerjo de nuevo con deleite en los libros y artículos, me impregno de la extraordinaria biblioteca invadida por la historia del Museo Nacional de Historia Natural. Sin Internet, porque Internet aún no existe, y leer un artículo quiere decir esforzarse en localizarlo, encargarlo, esperar que esté disponible..., en resumen, currárselo. Pero cuando al fin tenías en las manos el artículo o el libro, el corazón latía más deprisa. En mi recuerdo estoy a punto de leer por primera vez uno de aquellos documentos. Paso las páginas con avidez, y cada frase me traspasa y me inspira. Han pasado más de diez años desde aquella primera vez, pero la emoción es la misma que cuando leí por primera vez o, mejor, devoré Mis amigos los chimpancés, de Jane Goodall, uno de los «ángeles» de Louis Leakey. Jane Goodall tenía veintiséis años cuando se fue a buscar chimpancés a Tanzania, a un rincón perdido de Tanganica. Todos pensaban que no tardaría en volver, pero allí se quedó a vivir cincuenta años y transformó para siempre la primatología. Goodall no solo ponía nombre a sus chimpancés, sino que, además, se atrevió a demostrar que cada individuo tenía su propia personalidad. Describió cómo fabrican herramientas y las utilizan para alimentarse, y tuvo que luchar incansablemente para que sus observaciones fueran aceptadas. La comunidad científica de la época no creía en su trabajo y cuestionaba ferozmente la calidad científica de sus métodos. Poco a poco, sin embargo, los prejuicios fueron cediendo y al final se desató un debate científico apasionante. ¿Puede decirse que la herramienta sea un rasgo característico del humano? ¿Habrá que considerar miembros del género humano a los chimpancés? ¿Será preciso revisar nuestras definiciones del género humano? Escribir este libro y los artículos que nacieron de sus investigaciones me ha permitido comprender que es indispensable estudiar el comportamiento de los actuales primates para poder abordar su evolución y los orígenes del humano. En otras palabras, comprender a los monos para comprender a Lucy y al ancestro común, lo que quiere decir comprender el presente para comprender el pasado.

¡Qué tonta, si está clarísimo! Cuando sea mayor, también quiero ser Jane Goodall.