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AVANCES DE CIENCIA

El mayor desastre del siglo XX

El acontecimiento más dramático del siglo pasado no fue la primera o la segunda guerra mundial, sino la gripe española, cuyo centenario recuerda este año.

La periodista Laura Spinney relata el evento probablemente más mortífero de la historia en el libro "El Jinete pálido", que sale mañana.

Laura Spinney

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La periodista Laura Spinney, autora de El jinete pálido, un libro sobre la gripe española (Crítica, 2018) / Rudi Sebastian/Getty Images

Extracto de “El Jinete Pálido”, de Laura Spinney (Crítica, 2018)

Selección a cargo de Michele Catanzaro

El 9 de noviembre de 1918 abdicó el káiser alemán Guillermo y en las calles de París había júbilo. «À mort Guillaume! À bas Guillaume!» (¡Muerte a Guillermo! ¡Abajo Guillermo!) Mientras tanto, en el séptimo distrito de la ciudad, el poeta Guillaume Apollinaire yacía en su lecho de muerte. Apollinaire, un personaje destacado del movimiento vanguardista francés, el hombre que inventó el término «surrealista» e inspiró a personalidades como Pablo Picasso y Marcel Duchamp, se había alistado para combatir en 1914. Tras haber sobrevivido a una herida de metralla en la cabeza y una trepanación, murió de gripe española a los treinta y ocho años y fue declarado «mort pour la France» (muerto por Francia).

Su funeral se celebró cuatro días más tarde, dos días después de la firma del armisticio. Al salir de la iglesia de Santo Tomás de Aquino, los asistentes al funeral enfilaron hacia el este, hacia el cementerio del Père Lachaise. «Pero cuando llegó a la esquina con Saint-Germain, el cortejo se vio rodeado por un ruidosa multitud de personas que celebraban el armisticio, hombres y mujeres que agitaban los brazos, cantaban, bailaban, se abrazaban y gritaban en pleno delirio el famoso estribillo del fin de la guerra: «No, no tienes que irte, Guillaume. No, no tienes que irte»», recordaba Blaise Cendrars, amigo de Apollinaire y también poeta. El famoso estribillo estaba dedicado con ironía al káiser derrotado, pero, para los amigos de Apollinaire, estaba repleto de emoción.

La muerte del poeta es una metáfora del olvido colectivo de la mayor matanza del siglo xx. La gripe española infectó a una de cada tres personas del planeta, a 500 millones de seres humanos. Entre el primer caso registrado el 4 de marzo de 1918 y el último, en algún momento de marzo de 1920, mató a entre 50 y 100 millones de personas, o a entre el 2,5 y el 5 por ciento de la población mundial, una variación que refleja la incertidumbre que aún la rodea. Si se compara con sucesos únicos que hayan causado una enorme pérdida de vidas humanas, superó a la primera guerra mundial (17 millones de muertos), a la segunda guerra mundial (60 millones de muertos) y posiblemente a ambas juntas. Fue la mayor oleada de muerte desde la peste negra, tal vez de toda la historia de la humanidad.

Sin embargo, ¿qué vemos cuando desenrollamos el pergamino del siglo xx? Dos guerras mundiales, el auge y la caída del comunismo y quizá algunos de los episodios más espectaculares de descolonización. No vemos el acontecimiento más dramático de todos, aunque lo tenemos delante de nuestros ojos. Cuando se pregunta cuál fue el mayor desastre del siglo xx, prácticamente nadie responde que la gripe española. La gente se sorprende al conocer las cifras relacionadas con ella. Algunos se paran a pensar y, tras una pausa, se acuerdan de un tío abuelo que murió a causa de ella, de primos huérfanos a los que perdieron de vista, de una rama de la familia que dejó de existir en 1918. Hay muy pocos cementerios en el mundo que, suponiendo que tengan más de un siglo, no alberguen un grupo de tumbas desde el otoño de 1918, cuando se declaró la segunda oleada de la pandemia, la peor, y los recuerdos de las personas así lo reflejan. Pero no hay ningún cenotafio, ningún monumento en Londres, Moscú o Washington DC. La gripe española se recuerda de un modo personal, no colectivo; no como un desastre histórico, sino como millones de tragedias discretas, privadas.

Tal vez tenga algo que ver con sus características. La primera guerra mundial se prolongó durante cuatro largos años, pero, pese a su nombre, la mayor parte de la acción se concentró en los escenarios bélicos de Europa y Oriente Medio. El resto del mundo sintió el viento cálido que arrastraba hacia ese torbellino, pero permaneció al margen y en algunos lugares la guerra parecía algo muy distante. Dicho de otro modo, la guerra tenía un foco geográfico y una narrativa que se desarrollaba en el tiempo. La gripe española, en cambio, invadió todo el planeta en un abrir y cerrar de ojos. La mayoría de las muertes se produjeron en solo trece semanas, desde septiembre hasta mediados de diciembre de 1918. Fue amplia en el espacio y breve en tiempo, comparada con un guerra, prolongada y limitada geográficamente.

"La gripe española […] mató a entre 50 y 100 millones de personas, o a entre el 2,5 y el 5 por ciento de la población mundial [,,,]. Si se compara con sucesos únicos que hayan causado una enorme pérdida de vidas humanas, superó a la primera guerra mundial (17 millones de muertos), a la segunda guerra mundial (60 millones de muertos) […]. Fue la mayor oleada de muerte desde la peste negra, tal vez de toda la historia de la humanidad."

Laura Spinney

"El jinete pálido" (Crítica, 2018)

El historiador de África Terence Ranger señaló a principios de los años 2000 que un acontecimiento tan condensado requiere un enfoque narrativo diferente. Una narración lineal no sirve; lo que se necesita es algo más parecido a la manera en que las mujeres del sur de África hablan de un acontecimiento importante para la vida de su comunidad. «Lo describen y después trazan círculos a su alrededor, volviendo constantemente a él, ampliándolo e incorporando recuerdos del pasado y pronósticos del futuro», escribió Ranger. El Talmud, el texto judío, está organizado de un modo similar. En cada página, la columna del texto antiguo está rodeada de comentarios, después de comentarios sobre los comentarios, en círculos cada vez más amplios, hasta que la idea central se ha entrelazado a través del espacio y el tiempo en el tejido de la memoria colectiva. (Puede que haya otra razón para que Ranger propusiera una historia feminizada de la gripe española: fueron en general las mujeres quienes cuidaron de los enfermos. Fueron ellas quienes registraron las imágenes y los sonidos de las habitaciones de los enfermos, quienes amortajaron a los difuntos y acogieron a los huérfanos. Fueron el vínculo entre lo personal y lo colectivo.)

En el origen de toda pandemia hay siempre un encuentro entre un microorganismo causante de la enfermedad y un ser humano. Pero ese encuentro, junto con los sucesos que conducen a él y los que derivan del mismo, está determinado por muchos otros que tienen lugar al mismo tiempo, así como por el tiempo, el precio del pan, y las ideas sobre los gérmenes, los hombres blancos y los yinns. La pandemia, a su vez, afecta al precio del pan, a las ideas sobre los gérmenes, los hombres blancos y los yinns, y a veces incluso al tiempo. Es un fenómeno tanto social como biológico; no se puede aislar de su contexto histórico, geográfico y cultural. La forma en que las madres y las abuelas africanas narran un acontecimiento resalta esa riqueza contextual, incluso cuando el suceso que se narra solo dura un latido histórico. Este libro pretende hacer lo mismo.

Es el momento oportuno. En las décadas inmediatamente posteriores a la pandemia, los únicos que la estudiaron, además de los actuarios contratados por las compañías de seguros, fueron los epidemiólogos, los virólogos y los historiadores de la medicina. Sin embargo, desde finales de los años noventa la historiografía sobre la gripe española ha explotado, y este reciente y vertiginoso aumento de la atención ha destacado por su carácter multidisciplinar. Ahora también se interesan por ella los economistas, los sociólogos y los psicólogos, además de historiadores «tradicionales». Cada uno de ellos ha posado la mirada en un aspecto diferente y entre todos han transformado nuestra comprensión de la misma. Sin embargo, con demasiada frecuencia, sus conclusiones permanecen sepultadas en publicaciones especializadas, por lo que este libro intenta reunirlas, tejer las diferentes hebras para formar una imagen más coherente de la bestia en todo su multifacético esplendor u horror.

La información disponible hoy en día no solo es más diversa desde el punto de vista académico, también lo es desde el geográfico, y refle-ja el alcance mundial del desastre. Hasta la fecha, la mayoría de los ensayos sobre la gripe española se han centrado en Europa o América del Norte. Tenían que hacerlo, ya que durante mucho tiempo solo en esos países se habían recopilado datos de manera sistemática. En 1998, cuando los expertos en la gripe española de todo el mundo se reunieron en Ciudad del Cabo para conmemorar su octogésimo aniversario, reconocieron que apenas se sabía nada sobre lo que había sucedido en grandes zonas del planeta: América del Sur, Oriente Medio, Rusia, el Sudeste Asiático y la China continental. Pero los relatos que se centran en Europa y América del Norte distorsionan la imagen por dos razones. En primer lugar, estos continentes registraron las tasas de mortalidad más bajas, como promedio, por lo que sus experiencias fueron atípicas. Y en segundo, en 1918 ambas estaban muy involucradas en una guerra que devastaría Europa. Sin duda, la guerra fue el acontecimiento más importante en este continente: en Francia se perdieron seis veces más vidas a causa de la guerra que de la gripe, mientras que en Alemania el múltiplo fue cuatro, en Gran Bretaña tres y en Italia dos. Pero en todos los demás continentes, con la posible excepción de la Antártida, a la que ambos desastres dejaron prístina, murieron más personas a causa de la gripe que de la guerra. En el momento de escribir este libro, cuando han transcurrido casi veinte años desde la cumbre de Ciudad del Cabo y se aproxima el centenario de la catástrofe, es posible empezar a reconstruir lo que sucedió en otras partes del mundo. Este libro recurre a un enfoque diferente para narrar la gripe. Va avanzando desde la prehistoria hasta 1918, desde el planeta hasta lo humano, desde el virus hasta la idea y viceversa. El eje central es la historia de cómo surgió la gripe española, se propagó por el planeta y remitió, dejando a la humanidad transformada.

"En el origen de toda pandemia hay siempre un encuentro entre un microorganismo causante de la enfermedad y un ser humano. Pero ese encuentro, junto con los sucesos que conducen a él y los que derivan del mismo, está determinado por muchos otros que tienen lugar al mismo tiempo, así como por el tiempo, el precio del pan, y las ideas sobre los gérmenes, los hombres blancos y los yinns."

Laura Spinney

"El jinete pálido" (Crítica, 2018)

Pero esta historia se detiene en ocasiones para analizar lo que diferenció a las comunidades que la sufrieron, así como lo que las unió. En 1918, los italoamericanos de Nueva York, los yupik de Alaska y los habitantes de la ciudad santuario persa de Mashhad tenían poco en común excepto el virus, y en cada uno de estos lugares los factores culturales y de otro tipo influyeron en su encuentro con ella. Una serie de retratos muestran cómo se desarrolló la catástrofe en sociedades de diferentes puntos del planeta, lo que pone de relieve el carácter profundamente social de una pandemia.

Estos retratos arrojan luz sobre zonas del mapa que antes permanecían en la oscuridad y dan una idea de cómo se vivió la gripe española en partes del mundo en las que 1918 fue el año de la gripe, no el año en que terminó la guerra. Nos son exhaustivos, porque aún permanecen en el olvido millones de historias, por lo que se han de tomar con cautela. Seguramente, no solo fue en Río de Janeiro donde una orgía después de la gripe provocó un aumento de los nacimientos, o solo en Odesa, Rusia, donde se realizaron rituales religiosos arcaicos para ahuyentar la enfermedad. No fueron solo los indios quienes transgredieron temporalmente las estrictas barreras sociales para ayudarse entre sí o no fue solo en Sudáfrica donde las personas de un color culparon a las de otro. Puede que un obispo católico frustrara los intentos de contener la enfermedad en España, pero los misioneros fueron muchas veces los únicos que llevaron ayuda a las zonas remotas de China. Se ha de hacer una advertencia general: la narradora es, una vez más, europea.

La historia de la gripe española se cuenta en las partes segunda a sexta del libro. Pero esta historia forma parte de una más amplia, la que nos cuenta cómo han cohabitado, y coevolucionado, el ser humano y la gripe durante 12.000 años. La primera parte, «La ciudad sin murallas», explica esta historia hasta 1918, mientras que la séptima parte, «El mundo después de la gripe», explora las huellas de la gripe española con las que convivimos en la actualidad. Como el ser humano y la gripe siguen coevolucionando, la octava parte, «El legado de Roscoe», se interesa por una batalla futura, la próxima pandemia de gripe, previendo con qué nuevas armas las combatiremos y cuál será probablemente nuestro talón de Aquiles. Juntas, estas historias constituyen una biografía de la gripe, una historia humana en la que el fil conducteur es la gripe. El epílogo aborda la cuestión de la memoria y plantea la pregunta de por qué, cuando su impacto fue tan profundo, decimos que está «olvidada».

Se suele decir que la primera guerra mundial mató el romanticismo y la fe en el progreso, pero si bien la ciencia posibilitó que se cometiera una matanza a escala industrial con la guerra, también fracasó a la hora de impedir otra con la gripe española. La gripe remodeló las poblaciones humanas de una forma más radical que ningún otro acontecimiento desde la peste negra. Influyó en el curso de la primera guerra mundial y, posiblemente, contribuyó a la segunda. Empujó a la India más cerca de la independencia, a Sudáfrica del apartheid y a Suiza al borde de la guerra civil. Marcó el comienzo de la sanidad universal y la medicina alternativa, nuestra afición por el aire puro y nuestra pasión por el deporte, y probablemente fue responsable, al menos en parte, de la obsesión de los artistas del siglo xx por las múltiples maneras en que el cuerpo humano puede fallar. «Posiblemente» y «probablemente» son términos indispensables cuando se habla de la gripe española, ya que en 1918 no había manera de diagnosticarla y, por tanto, de saber con certeza que era esa la enfermedad, como tampoco podemos estar seguros de que la peste bubónica (o una de sus variantes, la peste neumónica) causara la peste negra en el siglo xiv. Lo que no es discutible es que la pandemia de 1918 aceleró el ritmo de los cambios en la primera mitad del siglo xx y ayudó a configurar nuestro mundo moderno.

"La gripe […] influyó en el curso de la primera guerra mundial y, posiblemente, contribuyó a la segunda. Empujó a la India más cerca de la independencia, a Sudáfrica del apartheid y a Suiza al borde de la guerra civil. Marcó el comienzo de la sanidad universal y la medicina alternativa, nuestra afición por el aire puro y nuestra pasión por el deporte."

Laura Spinney

"El jinete pálido" (Crítica, 2018)

Si todo esto es cierto, ¿cómo es que aún seguimos pensando en la gripe española como una nota a pie de página de la primera guerra mundial? ¿Realmente la hemos olvidado? Terence Ranger pensaba que sí, pero si aún estuviera vivo puede que tuviera dudas antes de repetir esta afirmación. De ser así, entonces el mérito corresponde a un inmenso esfuerzo colectivo. La gripe española ya no se puede contar sin las aportaciones de los historiadores y los científicos, incluidos los sociólogos. La ciencia nos la cuenta hasta el umbral de la historia, a través de los espacios de la prehistoria que parecen vacíos pero que, en realidad, están cubiertos de garabatos invisibles, y que moldearon los acontecimientos de 1918 y también lo que vendría después. La historia entra en escena allí donde los garabatos se vuelven legibles y la ciencia vuelve a arrojar cierta luz desde el presente. En otros cien años, la ciencia y la historia se habrán transformado. Puede que incluso exista una ciencia de la historia, en la que las teorías sobre el pasado se verifiquen contrastando con bancos de datos históricos informatizados. Es probable que este tipo de enfoque revolucione nuestra forma de entender fenómenos complejos como las pandemias, pero aún está en sus inicios. Sin embargo, hay algo que podemos afirmar con seguridad: en el bicentenario de la pandemia de 1918, los historiadores habrán llenado más espacios en blanco y la ciencia habrá arrojado una luz más brillante.

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