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RECUPERA LA FUNCIONALIDAD

Una terapia génica cura a un niño aquejado de una grave enfermedad de la piel

El pequeño, que sufre epidermólisis bullosa, había perdido el 80% de la epidermis

Los investigadores extrajeron una porción sana, la modificaron con un vector vírico, la cultivaron y la reinjertaron por todo el cuerpo

El Periódico

Una terapia génica cura a un niño aquejado de una grave enfermedad de la piel

Un equipo de investigadores ha logrado que un niño de 7 años aquejado de epidermólisis bullosa, una grave enfermedad genética que hace que la piel se vuelva frágil y se pierda, recupere una epidermis funcional en el 80% de su cuerpo gracias a una terapia génica que corrige el mal funcionamiento de las células y a un posterior autotrasplante. Anteriormente se habían logrado mejorar pequeñas zonas de la piel, pero nunca una zona tan amplia.

La investigación, que se ha publicado en la revista Nature, la han coordinado Michele de Luca, de la Universidad de Módena, en Italia, y Tobias Hirsch, de la Universidad de Ruhr, en Bochum, en Alemania.

La epidermis, la capa externa que funciona como una barrera de la piel contra el entorno, está anclada a la capa inferior o dermis y ello le confiere elasticidad y resistencia mecánica. La epidermólisis bullosa se origina precisamente cuando diversas mutaciones en unos genes -entre otros, el gen laminina beta3 o LAMB3- evitan el correcto anclaje. La enfermedad causa ampollas en la piel y heridas crónicas que deterioran la calidad de vida del paciente y en última instancia pueden derivar en cáncer de piel y, en ocasiones, en muerte. Actualmente no hay cura. 

Experimento previo

Con anterioridad, una investigación de los mismos científicos había proporcionado evidencias de que el trasplante de cultivos epidérmicos transgénicos (grupos de células epidérmicas genéticamente modificadas) podía generar una epidermis funcional. Los autores aislaron una pequeña porción de epidermis de un paciente y agregaron una versión normal del gen LAMB3 a las células epidérmicas aisladas, utilizando para ello un vector retroviral que transportaba el gen correcto al núcleo de las células. Con posterioridad, los científicos cultivaron in vitro las células corregidas genéticamente y las trasplantaron a la pierna del paciente. Sin embargo, solo se reconstruyó una pequeña área de piel.

Variante muy severa

Los científicos han ido mucho más lejos en esta ocasión. El afectado era ahora un niño alemán de siete años que tenía una forma "extremadamente severa de la enfermedad", como ha explicado en rueda de prensa De Luca: "La cicatrización de las heridas se complicaba con infecciones que causaban una repentina pérdida de piel". El pequeño había ingresado en el hospital porque su vida estaba en peligro al haber perdido prácticamente toda su piel.

En primer lugar, los autores practicaron una biopsia de cuatro centímetros cuadrados de la piel del menor -concretamente de la zona inguinal, una de las pocas que quedaba libre de erosiones y no generaba ampollas- y corrigieron estas células, llamada queratonicitos, usando el mismo vector retrovírico que portaba el gen no mutado LAMB3.

A continuación cultivaron las células corregidas y obtuvieron 0,85 metros cuadrados listos para injertos epidérmicos. Finalmente, se aplicaron los injertos hasta cubrir la superficie corporal afectada. En el transcurso de los 21 meses posteriores, la epidermis regenerada se adhirió firmemente a la dermis subyacente y no formó ampollas, además de ser resistente al estrés.

El niño ha vuelto ha jugar a la pelota y a ir en bicicleta con normalidad

Trabajo preliminar

Los autores admiten que el trabajo es solo preliminar e insisten en que son necesarias más investigaciones. Sin embargo, no han apreciado complicaciones como una sobreexpresión de algún gen o producción de anticuerpos. El niño a vuelto a jugar a la pelota y a ir en bicicleta con normalidad.

"El estudio demuestra la viabilidad y la seguridad de reemplazar toda la epidermis mediante el uso de células madre combinadas y terapia génica", afirman Mariaceleste Aragona y Cédric Blanplain, de la Universidad Libre de Bruselas, en un comentario en la misma revista.

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