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Inteligencia artificial, temores y oportunidades

Las aplicaciones cada vez más comunes plantean cuestiones complejas

Pere Puigdomènech

Una reciente partida entre un jugador profesional de go, el surcoreano Lee Se-Dol, y el programa AlphaGo de Google, controlado por un humano.

Una reciente partida entre un jugador profesional de go, el surcoreano Lee Se-Dol, y el programa AlphaGo de Google, controlado por un humano. / AFP / GOOGLE DEEPMIND

La inteligencia artificial se está aplicando cada vez más. Hablamos desde que los ordenadores demostraron su capacidad de cálculo y memoria. Nos está ayudando a tener una vida más fácil, pero también plantea cuestiones complejas. Por eso queremos controlar sus aplicaciones y ponemos barreras. Una de las más comunes son los códigos captcha, que deben servir para que en ciertas webs solo puedan entrar personas físicas: se acaba de demostrar que también pueden ser resueltos por ordenadores.

Cada día nos acostumbramos más a que haya sistemas que resuelvan cuestiones que antes resolvían personas. Hay sistemas de adquisición de datos complejos, como la identificación facial, y de tratamiento de datos que toman decisiones, como dejar pasar a alguien o poner una multa. También toman decisiones en el mundo de las finanzas. Si a ello agregamos el desarrollo de robots, podemos aventurar qué tareas relativamente complejas podrán realizar las máquinas en un futuro no muy lejano.

Hay gente a la que esto le preocupa. La literatura de ciencia ficción está llena de aventuras más o menos terroríficas de un mundo controlado por las máquinas. Y hay reflexiones filosóficas en las que se concluye que no hay más remedio que resignarse y aliarnos con ellas. Seguramente, como en tantos otros casos, la exageración es más atractiva. A veces nos puede tanto permitir alertar sobre riesgos que se pueden presentar como producir reacciones contra desarrollos tecnológicos que pueden quedar abortados.

Aunque caigan algunas barreras de seguridad, el desarrollo actual de la inteligencia artificial no debería provocar riesgos inminentes. Tampoco es tan banal como para que no nos preocupamos sobre algunos de sus efectos, por ejemplo en el empleo. La experiencia nos demuestra que cuando aparecen nuevas tecnologías, tenemos maneras de examinar sus limitaciones y tratar de usarlas de la mejor manera. Seguramente debería preocuparnos más cómo usamos nuestra inteligencia natural.

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