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Ciencia, política y posverdad

Algunos políticos priman la simplicidad y la conexión emocional a la calidad y al respaldo científico

Joan Subirats

Marcha por la Ciencia en Nueva York. Una niña, junto a una pancarta que recuerda que no hay otro planeta, por ahora, en el que vivir. 

Marcha por la Ciencia en Nueva York. Una niña, junto a una pancarta que recuerda que no hay otro planeta, por ahora, en el que vivir.  / REUTERS / ANDREW KELLY

Hace unas semanas, el periódico 'The New York Times', inició una campaña encabezada con con esta frase: “La verdad es difícil. Difícil de encontrar. Difícil de conocer. La verdad es más importante ahora que nunca”. Este sábado, 22 de abril, el día de la Tierra, en unas 500 ciudades de todo el mundo se han movilizado científicos de todas las disciplinas y materias reivindicando el papel de la investigación y de la ciencia en el avance de la humanidad y en la toma de decisiones públicas. La actitud de Donald Trump, tan negativa y poco respetuosa con el conjunto de evidencias científicas que sustentan las políticas ambientales y otras políticas públicas, el recorte brutal a los fondos que sostenían esas investigaciones, así como los precedentes en el caso del Brexit o la tendencia a primar las emociones o la nacionalidad por encima de los datos y el trabajo académico, han ido exacerbando los ánimos de los científicos de los Estados Unidos y de muchas otras partes del mundo.

Se detecta una corriente anti-intelectualista que es aprovechada inteligentemente por políticos que priman la simplicidad y la conexión emocional a la calidad y al respaldo científico de sus aseveraciones. Y en ese sentido, desde las propias esferas académicas se admite que ha faltado comunicación, interés por la conexión concreta con las necesidades sociales, y ha faltado capacidad de involucrar a la gente en los propios procesos de investigación y en asegurar el impacto de las mismas en la mejora concreta de las condiciones de vida. Ha primado muchas veces más el conseguir publicar en un 'Journal' académico relevante que el atender al impacto y diseminación social de lo que se investiga. Evidentemente, a esa distorsión ha contribuido el propio sistema de incentivos y de evaluación que se sigue en el mundo académico y científico, donde solo cuentan las publicaciones en revistas de impacto y cualquier otra labor de implicación social y de involucrarse en procesos de transformación colectiva son desdeñados por irrelevantes o muy difíciles de medir.

AP / JACK HARDY

Manifestación de científicos por las calles de Londres, este sábado. 

CONECTAR CON LA COMUNIDAD

Para muchos trabajadores, para mucha gente del ámbito rural, para mucha gente de los barrios periféricos de las grandes ciudades, no es fácil convencerles de que la labor de los científicos es relevante en sus vidas. Y de ello se aprovechan Trump, Farage y otros políticos ahora en boga. El mundo académico y científico ha de conectar más directamente con las comunidades locales, estableciendo alianzas duraderas y efectivas por ambos lados que refuercen el papel social de la investigación y hagan más difícil su estrangulación.

La construcción de las políticas públicas en democracia se basa en la capacidad de argumentar bien la definición del problema que se quiere tratar de resolver o de reconducir y también fundamentar adecuadamente las alternativas de solución que se proponen. Para hacerlo de manera sólida es necesario que los diferentes actores implicados y, evidentemente, las instituciones encargadas de tomar decisiones y llevarlas a cabo, dispongan de los datos necesarios. Los datos por sí solos no nos dicen cuál es el problema ni la manera de resolverlo, pero si que permiten construir y defender de manera más consistente las soluciones o propuestas que constituirán la política pública o el programa que se quiera salir adelante. Lo que ocurre es que el tener criterios claros en el sentido de tomar decisiones basadas en evidencias, deja de lado que los ciudadanos no tienen porque compartir lo que para los expertos y para la mayoría de científicos está plenamente aceptado. En los temas ambientales hace ya años que se es consciente de ello, pero no se ha hecho lo necesario para superar esa distancia.

MANIPULACIÓN INFORMATIVA

No nos enfrentamos a algo enteramente nuevo. La propaganda y la manipulación han existido siempre. La expresión “posverdad” puede resultar una novedad, pero no lo es el impulso autoritario contrario a cualquier confrontación con la verdad que está detrás de esa expresión. Ese es precisamente el peligro, que olvidemos que esa manipulación informativa y esa retórica agresiva y xenófoba acabe legitimando fenómenos bien conocidos de represión, violencia y coerción. De ahí la necesidad de actuar y de responder a esa amenaza a la convivencia democrática. Y la Marcha por la Ciencia de este sábado es una parte significativa de la respuesta.

Temas: Donald Trump