El Tourmalet

El Tourmalet: colorín, colorado, esta Vuelta se ha acabado

Un feliz Remco Evenepoel, en la cima de Navacerrada.

Un feliz Remco Evenepoel, en la cima de Navacerrada. / LA VUELTA / CHARLY LÓPEZ

  • Lo mejor es que al terminar la carrera no habrá que estar semanas pendientes de los resultados antidopaje, como ocurría en el pasado, para comprobar los nombres que se tachaban de la clasificación final.

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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Colorín, colorado, esta Vuelta se ha acabado. Y sí, en efecto, cuando se acaba la Vuelta, en septiembre, ya parece que sea el fin del verano. Comenzó la carrera con media España (o más) de vacaciones y se finiquita la carrera con los niños preparando la mochila para ir al cole. Y, además, hace tanto, tanto tiempo, que da la sensación que haya pasado una eternidad desde que los ciclistas dieron la primera pedalada por las calles de Utrecht, tan lejos, tanto que casi nadie se acuerda de la locura neerlandesa y de los kilómetros que se tuvieron que hacer entre los Países Bajos y el País Vasco para que la carrera recuperase su denominación de origen.

Porque este no ha sido un año normal en cuanto a traslados. Y de ello no es solo culpable la Vuelta, sino el Tour, que decidió nacer en Copenhague para regresar luego a Francia y recorrer entre ida y vuelta media Europa. La Vuelta, en cambio, ha sido un festival de traslados, desde Utrecht a Vitoria, de Asturias a Alicante, desde esta ciudad a Almería y desde Sierra Nevada a la costa gaditana, al margen de otras pequeñas visitas que han hecho decir a algunos ciclistas que se han pasado más horas viajando en el autocar (aunque los traslados largos los hicieron en avión) que sobre la bici.

Pero, se quiera o no, es imposible visitar al menos media España si no se conecta por carretera entre unos lugares y otros. El Giro siempre destaca por ser la carrera que intenta dejar a menos italianos sin carrera en vivo y en directo, pero ello obliga a traslados exagerados de un lugar a otro que siempre se realizan en coche.

Los kilómetros recorridos

Esta temporada, si se excluye la ronda italiana, ha sido obligado conducir unos 13.000 kilómetros, con muchísimos menos restos de insectos en el parabrisas, como ya se ha explicado en entregas anteriores. No hay distancia tan larga, incluyendo la ida y la vuelta, entre ninguna capital europea. Al menos, se anuncia un 2023 algo más tranquilo al volante, ya que el Tour comienza en Bilbao y la Vuelta lo hará un 26 de agosto en Barcelona para ir luego hacia Andorra y posiblemente realizar una incursión a Francia para escalar el Tourmalet, sobre todo si finalmente la legendaria cima que da nombre a esta colección de escritos vuelve a quedar injustamente fuera del menú del Tour como ha ocurrido este año.

Si se analizan las tres grandes carreras destaca el Giro por lo aburrido que fue, una carrera de la que solo se recuerda un ataque del ganador, Jai Hindley, que ha pasado prácticamente desapercibido en la Vuelta, a tres kilómetros de la cima de la Marmolada donde se decidió la general.

El análisis

Sin lugar a duda el Tour ha sido la más intensa y espectacular de las tres carreras, y no por su nombre, ya que otros años resultó ser más soso de lo que la prueba prometía. Sin embargo, el duelo entre Jonas Vingegaard y Tadej Pogacar fue una maravilla.

La Vuelta se ha quedado en una posición intermedia. Si bien es cierto que apenas ha habido etapas aburridas, la concentración de la carrera se ha acotado a la parte final de las etapas con apenas movimientos importantes desde lejos, aunque, eso sí, con finales tan intensos que hacían olvidar los kilómetros previos en los que no ocurría nada. Tuvo la carrera que contemplar la desgracia de la caída de Primoz Roglic, que penalizó el espectáculo en los últimos días, pero fue premiada internacionalmente por la explosión del fenómeno belga Remco Evenepoel y en términos caseros por el renacimiento de Enric Mas.

La nueva pareja

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De todas maneras, lo más maravilloso de esta ronda española ha sido comprobar las fantásticas credenciales mostradas en su presentación en sociedad por Juan Ayuso y Carlos Rodríguez, aunque el ciclista andaluz tuvo la desgracia de sufrir una caída muy fea que lo penalizó en la fase final de la prueba. La pareja tiene un futuro de éxitos abiertos de par en par para provocar algo más que sueños a una afición que andaba un poco perdida en cuanto a referencias deportivas.

Y al margen de la cariñosa despedida tributada a Alejandro Valverde, que prefirió disfrutar de la Vuelta más que meterse en líos competitivos, y de la tremenda decepción, una vez más, de Mikel Landa, lo mejor de la Vuelta será que quienes la han cubierto podrán dormir tranquilos las próximas semanas y no deberán estar pendientes como ocurría en el pasado de los resultados antidopaje para imprimirse la clasificación general y comenzar a tachar nombres excluidos de la lista ante un positivo. Colorín, colorado la Vuelta se ha acabado.