El Tourmalet

El Tourmalet: 1977, la peor Vuelta de la historia

Los ciclistas se dirigen hacia el monasterio de Tentudía, en Badajoz.

Los ciclistas se dirigen hacia el monasterio de Tentudía, en Badajoz. / LA VUELTA

  • Escribir una crónica desde el interior de una iglesia sirve para acordarse de los periodistas que hace 45 años tuvieron que contar algo diferente en la 13ª victoria de Freddy Maertens en la ronda española, que dominó de principio a fin, ganando subiendo, bajando, en llano, con sol y con lluvia.

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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La verdad es que solo lo he visto una vez en mi vida y fue en Lugano, en el Mundial de ciclismo de 1996 que se celebró en el cantón suizo de habla italiana. Por aquel entonces hacía 19 años que Freddy Maertens había ganado la Vuelta de 1977, tan terrible para los periodistas que siguieron aquella carrera como la sensación que tuvo el doctor Randall Mindy cuando anunciaba que un meteorito se acercaba a la Tierra y nadie le hacía puñetero caso.

Y ahora se dirá. ¿A qué viene a cuento acordarse de Maertens y su triunfo en la ronda española de hace 45 años? Pues muy sencillo porque cuando alguien escribe una crónica ciclista en una iglesia, sentado en un banco como si estuviera a punto de comulgar o de darle la mano al prójimo en sentimiento de buena voluntad, fluyen pensamientos entre extraños, curiosos y hasta sentimentales.

Desde el banco de la iglesia

Nunca en la vida, ni en el Giro, ni en el Tour, ni en la Volta se había tenido la ocurrencia de montar una sala de prensa en el interior de una iglesia, con los santos, la virgen y Jesús crucificado vigilando a que se contase en la crónica del día la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad de lo que estaba sucediendo en la 17ª etapa de la Vuelta ganada por un buen tipo colombiano llamado Rigo Urán.

La iglesia estaba en perfecto estado, aunque con mesas colocadas por la organización, unas teles para seguir la etapa, unos altavoces para escuchar las conferencias de prensa del ganador y de Remco Evenepoel como líder de la carrera y muchos periodistas haciendo fotografías de un escenario tan peculiar como inaudito.

La verdad es que a la iglesia del Monasterio de Tentudía, en la provincia de Badajoz, a pocos kilómetros de la frontera con Huelva y Andalucía, solo le faltaba el sagrario, que habían retirado por cuestiones obvias y seguramente para respetar algo del culto ante la llegada de los periodistas, muchas veces revoltosos, y el desembarco de la Vuelta.

La reflexión

Sin embargo, en ese escenario era imposible no hacer una reflexión, casi como si fuese una oración y acordarse de lo que habían sufrido los periodistas siguiendo la Vuelta, unas cuantas décadas anteriores, cuando todo era diferente, sin internet, sin teléfonos móviles, con coches sin dirección asistida ni GPS, sin que los ciclistas llevasen el ‘pinganillo’ enganchado en la oreja y sin los autobuses de donde casi nunca salen los corredores viviendo en su burbuja ajena muchas veces al mundo que los rodea.

Y en esa reflexión, como si fuese una confesión, rodeado de símbolos religiosos, que mejor que acordarse de los sufridos enviados especiales que siguieron en 1977 la que seguramente fue la peor Vuelta de la historia, de la que se esperaba una reacción imposible de Luis Ocaña, casi al estilo de la que nunca se producirá con Mikel Landa. Pero Ocaña daba sus últimas pedaladas por aquel entonces muy lejos de la solera y el poderío que demostró en el Tour de 1973 que ganó, o dos años antes cuando se convirtió en el único ciclista que puso contra las cuerdas a Eddy Merckx en el Tour, que habría ganado de no haber caído en el combate mientras descendía por el col de Menté.

Dominador absoluto y solo 70 ciclistas

Porque la Vuelta de 1977 fue muy dura de contar. Era una Vuelta que entraba en crisis, yendo hacia la desaparición, casi con un pie en una dimensión desconocida, con solo 70 ciclistas en la salida y con Maertens con un hambre más voraz que el que tuvo su compatriota Merckx en los años en los que nunca se ponía el sol mientras él pedaleaba.

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En la iglesia de Tentudía uno se imagina lo que debió sufrir el periodista que siguió aquella carrera para contar la 13º victoria de Maertens. ¡13 etapas ganó! Porque después de contar una, dos, tres, cuatro, cinco y hasta 12 victorias la proeza de escribir parece fácil, pero cuando llega la 13ª ¿Qué novedad se puede explicar a los lectores? Y además en una época en la que todos tecleaban en máquinas portátiles donde era imposible realizar un cortar y pegar por si alguien no había leído la gesta de la victoria número 6 y se repetía en la 13ª.

Maertens comenzó de líder y como primer clasificado acabó la carrera. Ganó subiendo, bajando, en llano y en contrarreloj. Explicar algo diferente, algo distinto debió ser tan difícil, tanto que ni la fe expuesta en una iglesia a ritmo de máquina de escribir portátil habría sido capaz de encontrar una novedad, algo distinto que contar con un ciclista que llegaba, veía y vencía en plan Julio César. Amén.