El Tourmalet

El Tourmalet: ya no hay insectos en la Vuelta

El público neerlandés espera a los corredores en la salida de la Vuelta.

El público neerlandés espera a los corredores en la salida de la Vuelta. / LA VUELTA

  • Otros años, en el Tour o en la ronda española, era necesario buscar gasolineras para limpiar el cristal de bichos que impedían la visión. Ahora, en cambio, han desaparecido.

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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Sé que el Tourmalet como su nombre indica siempre debería reunir textos dedicados exclusivamente al ciclismo y a las carreras por donde sobrevive. Pero permitidme este martes hacer una excepción porque hay un fenómeno, y de verdad es un fenómeno, que me tiene muy preocupado, intrigado y hasta pienso si no tiene algo que ver con este dichoso y condenado cambio climático donde al menos las bicis tienen algo que decir, y siempre en positivo.

Este año ha sido, por circunstancias del recorrido del Tour y de la Vuelta, uno en los que más he conducido, de Barcelona a Copenhague, un Tour por el medio, unos días extras con el Tour Femmes para dejar el coche aparcado en París y recuperarlo luego para ir a Utrecht y desde ahí atravesar de nuevo la Francia típica de julio para dirigirme hasta Vitoria, donde este martes ha comenzado el periplo de la ronda española en su lugar de origen.

La esponja y a limpiar el cristal del coche

Pues bien, a lo que iba. Otros años, con menor kilometraje y con las temperaturas también en su máximo exponente, no hacía otra cosa que buscar gasolineras, y no para llenar el depósito que ahora afortunadamente los niveles de consumo están muy controlados. La búsqueda de una gasolinera solo tenía un objetivo: coger la esponja, remojar el cristal delantero y con la escobilla sacar todos los restos de insectos enganchados que impedían una buena visión. Había tramos de autopista que yendo a 130 por hora, la velocidad permitida en Francia, el coche se convertía en algo así como un exterminador de bichos. Escuchabas como impactaban con el vehículo. El capó del coche, las luces delanteras, la matrícula… todo, absolutamente todo, estaba lleno de restos de insectos. Muchas veces tenías que mover el limpiaparabrisas delantero con agua a chorros para limpiar al momento los restos de sangre de algún escarabajo enorme que había tenido la desgracia de impactar con el cristal.

Han desaparecido

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En cambio, este año, con unos cuantos de miles de kilómetros recorridos en países como Francia, Bélgica, Países Bajos, Suiza, Alemania y Dinamarca, nada de nada. Los insectos han desaparecido de la faz de la tierra europea. Ya no es necesario comprar líquido limpiaparabrisas, ni mancharse las manos con la esponja o la escobilla. No hay insectos enganchados al cristal y el capó del Škoda está tan limpio que ni siquiera es necesario pasarlo por el tren de lavado. ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? Yo no tengo ni idea. Puedo cuestionar y debatir sobre lo que sucedió en el Tour o dar mi pronóstico sobre quién puede ganar (o no) la Vuelta pero solo soy un testigo que tiene una constancia demostrada: no hay insectos muertos, han desaparecido y eso se traduce en una preocupación porque no es normal.

Hizo mucho calor en el Tour, una carrera que en la última semana sufrió las consecuencias de la ola de altas temperaturas que asoló buena parte de Europa. Estos primeros días de Vuelta, en un ambiente neerlandés tan bonito como delirante, no ha hecho el calor que se espera en Córdoba o Jaén con la carrera más decidida, pero los bichos se han esfumado igual que ocurrió en el Tour y no sé si alguna cosa no estamos haciendo bien.