El Tourmalet

El Tourmalet: en París se volverán locos

El conjunto Jumbo, antes de ganar la primera etapa, animado por el público de Utrecht.

El conjunto Jumbo, antes de ganar la primera etapa, animado por el público de Utrecht. / LA VUELTA / CHARLY LÓPEZ

  • Todo el parque automovilístico de la Vuelta, incluidos los vehículos de los equipos, se traslada este domingo desde Breda a Vitoria para dormir en los alrededores de la capital francesa.

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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Alguien totalmente ajeno a la Vuelta se preguntará: “¿qué hace este hombre hablando ahora de París?”. En efecto, el Tour ya es historia, incluido el femenino que fue un verdadero éxito. Pero París tiene una enorme relación este año con la ronda española y no solo por el hecho de que propiedad de la empresa que gestiona la carrera tenga la sede en la capital francesa.

El domingo por la noche, aquellos parisinos que regresen a sus casas y anden atascados, como suele ser habitual, por el periférico de la ciudad, igual comienzan a mirar la fecha que indica sus relojes o sus móviles. “Ya no estamos en julio”, dirán. “¿Y qué hacen tantos coches ciclistas, autocares, furgonetas, los mismos, porque son los mismos, que estuvieron en el Tour?”. Además, para aquellos que no lo sepan, la Vuelta utiliza los Skodas que se movieron por la Grande Boucle, todos ellos matriculados en Francia, y que se recogieron a principios de semana precisamente en la capital francesa. Será como mirar hacia atrás, revivir por unos instantes el combate entre Jonas Vingegaard y Tadej Pogacar, contemplar los Alpes y los Pirineos y hasta los adoquines, el ‘Infierno del Norte’, allí donde se estampó Primoz Roglic, ahora el principal favorito para ganar esta carrera.

La huida de los Países Bajos

El domingo, al terminar la etapa, se producirá la gran huida de los Países Bajos. Los ciclistas, parte de la organización y unos cuantos acreditados, tendrán la fortuna de dormir cerca de Amsterdam para tomar un avión el lunes por la mañana y volar hacia Vitoria. Pero hay que llevar todo el parque automovilístico hacia el País Vasco y no queda otra que atravesar esas autopistas francesas tan transitadas en julio -algo se ganará- cuando buena parte del pueblo francés se encuentra de vacaciones.

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Y entre Breda, donde acaba la tercera etapa de la Vuelta, y Vitoria, donde el martes se estrena el recorrido peninsular, está París, donde la mayoría de los viajeros ha escogido dormir. No lo han hecho para visitar o pasear por las calles parisinas o conducir el coche por los Campos Elíseos. En algún sitio había que descansar por el camino, porque ir directamente a la capital vasca era una salvajada. Por eso, París, aunque sean los hoteles de la periferia, bien vale una Vuelta bajo el riesgo de que algún habitante de la ciudad piense si se ha vuelto loco.

Los radares de los periféricos

Por París pasará la Vuelta, al igual que lo hará por Tours y sobre todo por otro periférico terrible en cuanto a embotellamientos, el de Burdeos, que compite con los de Toulouse y Lyon para desesperar al automovilista y ponerse a la altura del de la capital. Y, además, con unos terribles protagonistas si se tiene la suerte de encontrar la ruta algo fluida: son los radares que se disparan al mínimo despiste. Muchas veces hay que ir a 70 por hora y solo con sobrepasar un poquito esa velocidad, y no por correr, sino por un pequeño descuido, llega la multa. No es gran cosa efectuar el pago porque el Gobierno francés dispone de una magnífica App que se descarga con una enorme facilidad y en unos segundos. Solo hay que poner el código de la infracción que siempre llega, que nadie crea lo contrario, y facilitar la tarjeta de crédito. Esa pequeña contrariedad en el periférico de Burdeos se soluciona aportando 50 euros a las arcas francesas. Es entonces cuando alguien grita en su interior aquello de ‘¡Vive le Tour!’ que ojalá no se traduzca el lunes en un ‘¡Viva la Vuelta!’.