El Tourmalet

El Tourmalet: o cambiamos o nos cargamos el ciclismo

El público disfruta en el esprint final de la tercera etapa del Tour 2022.

El público disfruta en el esprint final de la tercera etapa del Tour 2022. / ASO / ASLHEY & JERED GRUBER

  • No pueden volver a repetirse etapas como la del domingo en la que no pasó nada salvo el esprint final.

  • La imagen del peor Giro de la historia todavía está muy presente y no puede darse de nuevo en el Tour.

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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O cambiamos o nos cargamos al ciclismo. Así de claro. Ni el Tour ni los equipos se pueden volver a permitir etapas como la del domingo, en las que no pasa nada durante casi 200 kilómetros. Si bien es cierto que desde la invención de este deporte, o al menos desde la entrada de equipos estructurados, siempre ha habido días en los que no ocurría nada y solo valía la pena estar pendiente del esprint final, en este 2022 llevamos muchos, demasiados, episodios de esta índole. Y cuando no, una escapada formada que todo el mundo sabe que capturarán en los últimos kilómetros o bien que llegará a meta con minutos y la bendición del pelotón.

En el Tour no puede darse ni un día más así. La carrera pasó por Dinamarca y se marchó rumbo a Francia; unos en avión, directamente a Lille, y otros por carretera, durmiendo en diferentes ciudades alemanas. Y se fueron de Dinamarca casi al mismo tiempo que un individuo sembraba el caos en un Copenhague que despidió a la carrera con alegría y fervor. Pues bien, de Dinamarca, salvo la contrarreloj inicial, solo se pueden contar gestas de los espectadores, de centenares de miles, en conjunto con cifras de millones, que llenaron pueblos, ciudades, calles y carreteras mientras los corredores circulaban en pelotón. ¿Hazañas deportivas? Ni una, porque siempre pasa algo. Tenía el Tour preparado un puente de 18 kilómetros, destinado a provocar una locura y se cruzó con pena y sin gloria, porque cuando no castiga el viento de cara siempre sucede algo que entorpece el espectáculo. Y de las gracias del domingo, que no existieron, más vale ni hablar.

Pero es que hemos llegado a esta situación después de vivir el peor Giro de la historia, un montón de etapas desperdiciadas, en las que no pasaba absolutamente nada, centenares de kilómetros perdidos. ¿Qué se recuerda de la ronda italiana? Una etapa magnífica, camino de Turín, con el Bora de Jai Hindley destrozando la carrera a 40 kilómetros de la meta y el ataque precisamente del corredor australiano para certificar su triunfo en la general a tres kilómetros de la cima de la Marmolada. Nada más, salvo los cohetes, bienvenidos sean, que estuvo lanzando Mathieu van der Poel durante tres semanas.

La salud del ciclismo

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Esta situación no puede volver a darse en el Tour porque nos estamos cargando el ciclismo. La gente no va a la carretera, y ni mucho menos se sienta delante de un televisor, para ver durante cuatro horas a un pelotón compacto y que solo se entretiene cuando la realización televisiva muestra monumentos y paisajes. Y ya está pasando demasiado. De esta temporada, al menos con letras de oro, solo se recuerdan los ataques a la distancia de Tadej Pogacar en la Strade Bianche y de Remco Evenepoel en la Lieja-Bastoña-Lieja.

¿Se puede salvar? Por supuesto, y más en este Tour cargado de locuras. La esperanza se escribe con las letras de los adoquines de la París-Roubaix y las cuestas de la Planche des Belles Filles. Pero mal iremos si solo se acelera el Tour en el último tramo de pedruscos o en la zona de vallas de la cumbre de los Vosgos. El dibujo de esta primera semana es magnífico, una llamada a la diversión sin destrozar físicamente a los corredores. Pero los ciclistas, y sobre todo quienes los dirigen, deben poner algo de su parte. ¿O es que todos van a llegar de amarillo a París? Que no se repita la situación del Giro. Por la salud del ciclismo.