El Tourmalet

Un camino a Santiago llamado Vuelta a España

A los ciclistas les da igual la ciudad que visitan porque su mundo está entre la rueda del corredor que llevan delante, el hotel y el descanso

El pelotón de la Vuelta con folklore, en la penúltima etapa.

El pelotón de la Vuelta con folklore, en la penúltima etapa. / LA VUELTA / CHARLY LÓPEZ

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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El camino a Santiago cuando se va en bici, cuando se sigue a ese pelotón que se coloca un dorsal a la espalda, es el más largo posible. La Vuelta sirve para descubrir paisajes totalmente diferentes, desde los páramos burgaleses, pasando por los arrozales valencianos, por el contaminado Mar Menor, por los terrenos secos que rodean Almería, por el horno de Córdoba, por los campos con encinas donde pastan los cerdos ibéricos de Extremadura, al lado de los acantilados del Cantábrico y por las tierras húmedas de Galicia.

Los ciclistas, en cambio, dicen que no ven nada más allá de su ciclocomputador y la rueda a seguir. Explicaba hace unos años Óscar Pereiro, creador de esta penúltima etapa de la Vuelta, que una vez y en el Giro le dijo a su director que no era otro que Álvaro Pino. “Qué bonitos los paisajes de los Dolomitas por los que hemos pasado”. Y el técnico gallego le lanzó una bronca de consideración. “¿Paisajes? ¿paisajes? ¿te has fijado en el paisaje? Eso quiere decir que no lo has dado todo”.

La hora del desayuno

Al ciclista le da igual estar en Burgos, Guadalajara, Albacete, Valencia, Cartagena, Jaén, Villanueva de la Serena, Cangas de Onís o Vigo. Su mundo se concreta en despertarse cuando el masajista toca la puerta, pesarse en la báscula para ver como anda de kilos, ponerse la ropa de paseo y bajar a desayunar. ¿Cómo es el desayuno de un ciclista? Impresionante. No hay nada más que decir, señoría. Cualquier otro ser humano que no estuviera decidido a recorrer 200 kilómetros en bici a un promedio superior a los 40 por hora, no tendría otro remedio que ponerse los dedos en la garganta y provocar el vómito para liberar al estómago de la opresión de tanto alimento: arroz, espaguetis, mermeladas, cereales, mantequilla, panecillos… todo, todo lo que entre al cuerpo, porque cuantas más reservas mucho mejor.

Acaba el desayuno y es la hora de meterse en el interior del autocar, casi un pequeño hotel ambulante con apenas una decena de asientos, una salita para reuniones, un pequeño bar donde los auxiliares guardan el licor que se toman cada noche cuando ha terminado el trabajo y las duchas; esas duchas que esperan al ciclista con agua bendita y calentita para quitarse el barro, la suciedad, el sudor, la amargura del sufrimiento.

En el autocar escucharán la táctica que muchas veces sirve de todo porque ya hace muchos años que José Miguel Echávarri, cinco Tours con Miguel Induráin, uno con Perico y otro con Pereiro, bautizó al ciclismo como el deporte de la improvisación. Ya puedes hablar mucho de los planes en el autocar que llega un rival y te pone la carrera patas arriba, tal como hizo Egan Bernal el miércoles cuando le dio por atacar a 61 kilómetros de los Lagos y se llevó a rueda a Primoz Roglic.

El final de la jornada

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A los ciclistas, después de la etapa, les espera otro traslado en autobús hasta el hotel en la ciudad asignada, a continuación el masaje, donde muchos se quedan dormidos siempre y cuando no haya una sesión activa para despertar a los músculos atrofiados. Llegará después la hora de la cena, que toman en salones reservados, por obra y gracia del cocinero que viaja con cada equipo, luego una infusión en el autocar y la hora de tumbarse en la cama, la videollamada con la familia, para ver como están los niños o los planes después de la Vuelta si ya empiezan las vacaciones o al menos unos días de descanso donde no faltará, aunque a ritmo más suave, el contacto con la bici.

Pero en este largo viaje de Burgos a Compostela, el más extraño de los caminos a Santiago, a los corredores les habrá dado igual qué ciudad los ha acogido. Hubo una época AC (antes del coronavirus) en la que los corredores salían a pasear por los alrededores del hotel. Ahora con la burbuja ni se mueven de las instalaciones. Solo piden que el hotel sea cómodo y práctico porque antes de la medianoche ya están dormidos, soñando con la etapa del día siguiente. Y así habrá sido durante 21 etapas, dos jornadas de descanso y los tres días previos al inicio de la Vuelta, en este raro camino de Burgos a Santiago, iniciado y acabado ante dos de las catedrales más famosas del mundo.