El Tourmalet

Aquella Vuelta de 1996

La ronda española disputada hace 25 años fue la de la retirada de Miguel Induráin y la última vez que no hubo victorias de etapa españolas

El pelotón de la Vuelta pedalea en el camino a Galicia.

El pelotón de la Vuelta pedalea en el camino a Galicia. / LA VUELTA / CHARLY LÓPEZ

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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Aquella Vuelta de 1996 fue una de las más tristes, de esas carreras de ingrato recuerdo, la que comenzó a cambiar el paso cuando Miguel Induráin se descolgó en el Fito, cuando la carrera ya empezó a estar más pendiente del futuro del cinco veces ganador del Tour de lo que sucedía en la ruta de la carrera, en una ronda española que fue más bien suiza con un podio en Madrid, en los años en los que se montaba enfrente del estadio Santiago Bernabéu, ocupado en las tres plazas por corredores helvéticos: Alex Zülle, el ganador, Laurent Dufaux y Tony Rominger. Y fue también la última vez que se acabó la carrera sin triunfos de corredores españoles, lo que puede ocurrir este año a no ser que se remedie, lo que ya parece un milagro, de aquí hasta la plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela, este domingo.

Después de un Tour ingrato como referencia deportiva, la Vuelta de 1996 se presentaba como la de la revancha, lo nunca visto, Induráin, luego se supo que forzado, se apuntaba a la carrera, la primera vez que lo hacía desde 1991, pero lo más importante, nunca se había incorporado a la carrera española después de ganar el Tour y el Giro. Y encima se encontraba con Rominger, que comenzaba a prepararse para la recta final de su carrera deportiva, y con Zülle, ciclista de moda, el arma del conjunto ONCE para volver a ganar en Madrid.

Pero el pedaleo de Induráin nunca fue el esperado y la relación con la dirección del Banesto, su equipo, estaba agrietada. Si a todo ello se unía el hecho de que la salud no lo acompañaba, cuando vio que no podía aguantar el ritmo del pelotón y se descolgaba comenzó a despedirse de los corredores, daba igual que fueran rivales o no, que poco a poco lo iban superando. Al llegar al hotel El Capitán, un enclave que acoge a peregrinos, pescadores de salmón, piragüistas y cicloturistas a la entrada de Cangas de Onís, entregó la bici, se fue a la habitación y se duchó en el que fue su último día como corredor con un dorsal oficial colocado a la espalda. Luego llegaron algunos critériums de exhibición, pero no era lo mismo.

La última cena

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“Miradlo bien, porque esta noche es la última vez que lo veréis cenando con los compañeros”. Era la frase que José Miguel Echávarri, mánager del Banesto, pronunciaba a los periodistas que se acercaron al lugar, que cenaron en la misma sala y que vieron a Induráin compartiendo mesa con sus gregarios. Miguel se levantó, saludó a los periodistas, no habló, porque tampoco había mucho que decir, se fue a su habitación y de madrugada buscó la ruta hacia el aeropuerto de Barajas para tomar un avión a media mañana hacia Alicante, puesto que en aquella época pasaba el verano en Benidorm.

Con su retirada, confirmada el 2 de enero de 1997, casi pasó desapercibido el hecho de que ningún corredor español ganase una etapa. Eran tiempos de cambio en el ciclismo español. Se buscaba un recambio inmediato a la figura de Induráin. Así que enseguida se encontró el sustituto ideal que no fue otro que Abraham Olano, aunque al corredor guipuzcoano, fichado por el Banesto, siempre le pesó y rechazó con inteligencia el papel de sustituto de Induráin; entre otras cosas porque nadie nunca pudo reemplazarlo.