La ronda española

Córdoba convierte a la Vuelta en una sauna

  • Magnus Cort Nielsen consigue su segunda victoria en el día más caluroso con el termómetro alcanzando los 41 grados.

  • Primoz Roglic vuelve a caer aunque Nelson Oliveira, del Movistar, se lleva la peor parte por los cortes provocados por un alambre de espino.

Magnus Cort Nielsen supera al italiano Andrea Bagioli en la meta de Córdoba.

Magnus Cort Nielsen supera al italiano Andrea Bagioli en la meta de Córdoba. / LA VUELTA / CXCLING

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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El cercado era de espino. Era una propiedad privada por los montes de Córdoba. Era la trampa. Volaba Primoz Roglic pero como si tuviera un ángel protector por ser el principal candidato a la victoria de la Vuelta casi no se hacía un rasguño. Segunda caída del ciclista esloveno. Nelson Oliveira, el corredor portugués del Movistar, se veía involucrado en el mismo accidente, como Adam Yates, y su pierna acababa llena de arañazos, rasgada por el alambre y sin bajar de la bici, agarrado al descapotable del médico de carrera, le desinfectaban la herida. Duro oficio el de ciclista.

La meta de Córdoba, junto a la puerta de Almodóvar, era la llegada de los abanicos. Los cordobeses no querían perderse el anunciado esprint, segunda victoria del danés Magnus Cort Nielsen, y cualquier cosa servía para intentar darse un poco de aire. Si levantaban la vista y contemplaban el termómetro que había junto a la meta, solo podían pensar que valor se suponía estar junto a las vallas de la zona de llegada: 41 grados en Córdoba cuando apareció el primer pelotón de la Vuelta.

Era imposible refrescarse en carrera porque a los pocos minutos el agua fresca de los botellines se convertía en un caldito que habría calentado el cuerpo a las mil maravillas pero en diciembre, en vísperas de Navidad y no en un tórrido mes de agosto.

Fue la etapa de la lencería fina: medias que se destrozaban para llenarlas de hielo y entregarlas a los corredores. El hielo se derrite sobre el cuello y da una sensación de frescor que sirve para que el calor cordobés no se note e impulsar un poco más los pedales mientras se asciende como si no hubiera mañana por la cumbre del 14%. Se cortan casi todos los velocistas. Enric Mas se mira con Roglic, que después de haberse vuelto a caer, prefiere estar en la retaguardia. Está claro que los que pelean por la Vuelta prefieren sudar, como el resto, pero compartiendo los olores de un pelotón tremendo. Todos sudan. Todos se echan agua, o caldo, o té, porque es tan caliente lo que sale de los botellines que no hay ser humano que se lo pueda beber. Y los gregarios, los más flojos en montaña, los que van a por el coche buscando bidones, se encuentran lejos, rezagados, porque el combate, aunque parezca que todos están metidos en una sauna, no cesa entre los que quieren ganar la etapa, como Romain Bardet o Giulio Ciccone, que atacan pero son pillados.

A pecho descubierto

Es también el día del pecho depilado porque todos van con el 'maillot' abierto, felices por el aire que los refresca cuando afrontan el descenso del puerto del 14% camino ya de la meta de los abanicos, de una Córdoba convertida en una sauna con un sol justiciero.

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Cruzan el puente del Guadalquivir y dejan la Judería a la derecha. No están para turismo, solo para cruzar la línea de llegada y buscar la ducha en el hotel. Nadie sube a los autobuses. Todos se van directos a las habitaciones. Llegan repartidos en pelotones. La gente corre. Da igual el calor. Primero son los ciclistas a los que se les chilla pidiendo bidones. Los botellines vuelan y la policía trata que no haya un alboroto al recoger frascos convertidos en reliquias.

Nielsen levanta los brazos y antes de subir al podio se refresca la espalda con el hielo que le entrega su auxiliar. Se abraza con su compañero belga Jens Keukeleire que lo ha lanzado en el esprint de forma colosal. Cuando llega Oliveira con las cicatrices provocadas por el alambre de espino la gente ya empieza a irse. Todos sudados y alguno malherido. 

El engaño de la Vuelta a Burgos

La Vuelta a Burgos, sin pretenderlo, se convirtió en un engaño. Mikel Landa se presentó a la prueba castellana con apenas dos días de competición después de su gravísima caída que lo apartó del Giro. Y sin pretenderlo, casi por accidente, consiguió la victoria. Lo hizo a una semana del inicio de la ronda española.

Pensó el corredor alavés que ya estaba en plena forma y se animó hasta el punto de asumir que estaba listo y dispuesto para entrar en la batalla y luchar por la victoria en la Vuelta. Pero fue un espejismo. El ciclista vasco abandonó la ronda italiana a la quinta etapa. Llegó a Vitoria en un vuelo especial. Ingresó en una clínica y unos días después fue intervenido en la clavícula izquierda. Lo esperaba entonces una recuperación con un objetivo, que no era otro que llegar a la Vuelta en las mejores condiciones.

Antes de Burgos, Landa realizó dos días de competición. Debutó tras el accidente en Italia en la Clásica de San Sebastián, donde se probó con un ataque, y luego se apuntó al Circuito de Getxo. Lo esperaba Burgos con cinco etapas. Landa ganó la carrera, se animó y se vio entre los favoritos de la Vuelta.

Sin embargo, el fondo necesario para pelear por la Vuelta no era el mismo que para ganar en Burgos y las piernas de Landa no son las que ha tenido en otras carreras hasta el punto de perder tiempo en todas las etapas de montaña. Ya se ha desentendido de cualquier reto en la general y sigue en carrera con un doble objetivo: ganar una etapa, por ejemplo en los Lagos la semana que viene, o ayudar a algún compañero del Bahrein, como el australiano Jack Haig.