El Tourmalet

Libourne, ¿cerrado por vacaciones? No, cerrado por el Tour

Aficionados junto a las vallas del Tour en Libourne.

Aficionados junto a las vallas del Tour en Libourne. / LE TOUR

  • Los vecinos a los que no les gusta la ronda francesa deben huir de una ciudad tomada por la Grande Boucle.

  • Los devotos de la carrera invaden con sus caravanas la ruta de la contrarreloj, porque en esta etapa es donde mejor se identificar a los ciclistas.

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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A veces pienso que a todos los vecinos de una ciudad de 25.000 habitantes como es Libourne, a unos 40 kilómetros pero a demasiados minutos de Burdeos, seguro que no les gusta el Tour. En este caso, cuando en un fin de semana la localidad ha sido agraciada por el doble premio de dos etapas de la Grande Boucle, entonces lo mejor literamente es huir, buscar la ruta de la playa, cuando ha regresado el verano a Francia, y olvidarse del tremendo colapso circulatorio que se monta con la llegada de los ciclistas. Y más cuando el programa indica que se celebra una contrarreloj, horas y horas de calles cortadas.

La Volta a Catalunya, por poner el ejemplo de una carrera mucho más sencilla que el Tour, se ha pasado año sin organizar contrarrelojes. Pero no porque desagradasen a los organizadores, sino porque no encontraban un ayuntamiento decidido a cerrar durante todo el día las vías más importantes de la ciudad para que los ciclistas pasasen uno a uno a una velocidad de vértigo. Y no digamos si la carrera llega con el horizonte de unas elecciones municipales, no sea caso que algún negacionista con el deporte o sencillamente un vecino cabreado por el lío circulatorio decida guardarse la etapa en la memoria y luego cambiar el voto.

Los camiones atascados

El viernes por la tarde dos camiones de inmensas dimensiones de la organización quedaron encallados entre las calles estrechas de Libourne. Los conductores estaban desesperados tratando de buscar una maniobra que les permitiera liberar a los vehículos. Hacía un par de horas que había terminado la 19ª etapa del Tour y la gendarmería ya empezaba a cortar los accesos preparando la contrarreloj de este sábado. Solo se veían coches de vecinos circulando marcha atrás huyendo del atasco de los camiones o buscando una vía que no tuviera una valla a la vista para llegar a sus casas. Por si fuera poco, los GPS se volvían tan locos que no servían para nada.

El fin de semana más próximo, por delante o por detrás a la fiesta del 14 de julio, es el peor para circular por las autopistas francesas, sobre todo las que llevan a las playas del sur del país, tanto por la vía atlántica o mediterránea. Este sábado, entre el Tour y la escapatoria hacia el mar, en el peaje próximo a Libourne, se había formado una cola de tres kilómetros y medio... tres kilómetros y medio, más de 15 minutos de espera para pagar el importe de circular por la autopista.

Los amantes del Tour

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Otros, los amantes y los devotos del Tour, soportan lo que sea con tal de formar parte de la fiesta de la carrera. La contrarreloj es la mejor especialidad ciclista para identificar a todos los corredores de la prueba, puesto que circulan siempre con un coche a su estela con un cartel con la bandera del país original del corredor y su apellido. Y a los ciclistas ya les viene bien, porque mucha gente tiene tiempo de leer de quien se trata y así escuchan ánimos personalizados.

Muchos aficionados ya llegaron el viernes e instalaron las caravanas junto a la carrera, tantas que a lo largo de 30 kilómetros es fácil descontarse. Porque hasta con un poco de suerte uno de los helicópteros de la carrera puede aterrizar en un momento determinado junto al lugar escogido para animar y ver el paso de los corredores. Es un premio extra, en una etapa con más público que en los pasos por los principales puertos de montaña superados este año. Así es el Tour. Para lo bueno y también para lo malo.