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EL TOURMALET

Aquella Volta de 1990

En las últimas 31 ediciones la ronda catalana ha pasado de ser la prueba que marcaba el fin del verano a recibir cada año la primavera

Alejandro Valverde, con el dorsal número 1, en la salida de la Volta, en Tarragona.

Alejandro Valverde, con el dorsal número 1, en la salida de la Volta, en Tarragona. / VOLTA CATALUNYA

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Aquella Volta de 1990 se celebró en septiembre y tuvo a Lale Cubino como vencedor por delante de Marino Lejarreta y Pedro Delgado. Fue la Volta en la que Miguel Induráin se estampó contra el asfalto de Salou para terminar en las urgencias del hospital Joan XXIII de Tarragona con una fractura de clavícula, la caída más grave del ciclista navarro junto a la que sufrió en la Vuelta de 1989 cuando se cayó en el descenso del Fito y se rompió los escafoides. Dos años después de su accidente en carreteras catalanas Induráin ganó dos veces seguidas la Volta, en lo que era una costumbre en él, afrontar la prueba después de disputar el Mundial, que por aquella época se corría antes de que los ciclistas se internaran por Catalunya, y tomarse después unas semanas de vacaciones.

En 1990 era la carrera en la que los ciclistas discutían personalmente las condiciones para proseguir un año más en su equipo o buscarse la vida llamando a la puerta de escuadras rivales. No existían aún los representantes, al más puro estilo futbolístico, en las entrañas del pelotón. Tampoco había autobuses, aunque algunos equipos más avanzados como era el caso del Banesto, ya llevaban una pequeña autocaravana que empezaba a ser refugio de los corredores. El resto, se colocaba en los coches de los equipos, con las ventanillas bajadas y las piernas colgando.

Con las cámaras de carrete

Era fácil hablar con ellos y fotografiarse en una época en la que no había que desperdiciar ni una instantánea porque las cámaras iban con carrete que luego se tenía que llevar a una tienda especializada para que lo revelaran y te devolvieran las fotos en riguroso formato de papel.

La de 1990 fue mi primera Vuelta y también la primera ronda por etapas que cubrí como periodista antes de debutar al año siguiente en la Vuelta que ganó Melcior Mauri, en el Giro que se llevo Franco Chioccioli, a quien llamaban 'Coppino' por su extraordinario parecido con Coppi, y en el primero de los cinco Tours conquistados por Induráin.

Entonces se circulaba en coche por detrás de la escapada. Se llegaba a un puerto y desde lejos se observaba como los favoritos lo comenzaban a escalar y se llegaba a la meta con el riesgo de que te capturase el pelotón. Apenas había vallas en la zona de meta y el público llegaba a ver, adelantándose y dando un paso al frente, a los ciclistas mientras preparaban el esprint. Ahora se circula por delante y se les recibe en la meta; ahora hablando con ellos a metros de distancia y con una valla de por medio por el distanciamiento social que obliga la pandemia.

Septiembre, junio, mayo y marzo

Desde entonces han pasado otras 30 ediciones de la Volta, que serían este año 31 de no haberse cancelado la carrera en 2020 en pleno confinamiento por la pandemia. Y se ha visto deambular la prueba hasta en cuatro épocas diferentes del año. La Volta hasta que en 1995 se trasladó la Vuelta a septiembre navegaba muy feliz en los últimos días de verano. Era como el fin de fiesta y, además, había la posibilidad de ver en acción al ganador del Tour y al campeón del mundo.

Sin embargo, con el cambio, la Volta tuvo que buscarse la vida e inicialmente fue trasladada al mes de junio, después del Dauphiné y la Vuelta a Suiza, demasiado cercana al Tour para que ningún candidato a la ronda francesa se arriesgase a pasarse de forma en Catalunya o a sufrir una caída que enturbiase su preparación para Francia. Eran, además, años oscuros en el ciclismo y alguno prefería cargar baterías de forma poco clara en casa que verse sorprendido por un control de competición en el último suspiro antes del Tour. Así, tristemente y sin que nos diéramos cuenta, circuló el ciclismo buscando el cambio de siglo.

Después enviaron a la Vuelta al mes de mayo, como si fuera un castigo, una penitencia. Coincidía con el Giro y toda la atención mediática estaba pendiente de lo que sucedía en Italia. Recuerdo, en una ocasión, en 2008, en el primer triunfo de Alberto Contador en Milán, haber escrito desde la sala de prensa de la ronda catalana en Banyoles de lo que pasaba en el Giro antes de viajar a Italia.

La bendición de primavera

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Las fechas de primavera fueron como una bendición. Se acopló a los días que disfrutaba la difunta Setmana Catalana, después de correrse la Milán-San Remo. Y coincidió con el cambio de mentalidad del pelotón. Ya nadie se toma una carrera de marzo como un simple entrenamiento con dorsal, sino que los equipos se activan trayendo a sus figuras y disputándola como si del propio Tour se tratará. Lo hemos visto este año: Pogacar luchó y ganó por la Tirreno-Adriático y Roglic peleó y perdió la París-Niza.

En 31 ediciones ha habido ganadores para todos los gustos, desde primerísimas figuras de la época como Chiappucci, Jalabert, Zülle, Escartín, Chava Jiménez, Beloki, Purito, Valverde, Porte, Quintana o Superman López a corredores tan sorprendentes como Pecharromán, Martín Perdiguero o Gustavo César Veloso. Y sin olvidar a David Cañada, que murió durante una marcha cicloturista, o a Michele Scarponi, que se lo llevó por delante una furgoneta cuando salía a entrenar en bici.