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CATALÀ DEL ANY

Eduardo Mendoza, un señor de Barcelona

ELENA HEVIA / BARCELONA

Eduardo Mendoza, el pasado 21 de abril. 

Eduardo Mendoza, el pasado 21 de abril.  / JAVIER LIZÓN

Hay una levedad en Eduardo Mendoza, uno de los 10 candidatos al Premio Català del Any, que lo hace muy próximo. Tanto a él como a su literatura. Jamás ha querido escribir con la contundencia de los autores poderosamente conscientes de una vocación inquebrantable. No es Benet. No es Sánchez Ferlosio. Y desde luego no es Javier Marías. Él es un escritor amante de Charles Dickens, uno de los grandes humoristas de la literatura, capaz como aquél de dibujar un carácter en tan solo dos líneas y un excelente retratista urbano.

Si Barcelona es hoy una de las Ciudades de la Literatura de la Unesco es, entre otras cosas, porque Marsé, Casabella y por supuesto Mendoza han ofrecido vívidas cartografías. Y en el caso de Mendoza, con una ciudad soñada desde un momento clave, los años que precedieron al olímpico 1992. Sus novelas fueron, en cierto sentido, el kilómetro cero de eso que hoy llamamos, para bien o para mal, marca Barcelona.

En el 92, Barcelona se empezó a reformular a sí misma, aunque poco le haya servido en un presente en el que el propio Mendoza se siente en franca minoría frente a las oleadas de turistas. Y eso que no suele haber acritud cuando habla de su ciudad porque es un ‘gentleman’ y jamás le gusta encarnizarse. Asegura que se ha instalado en Londres –allí vive en los últimos años- no por los efectos colaterales de un ‘procés’ –“no soy independentista pero no me identifico con la visceralidad anticatalana”- sino porque quiere dejar espacio a los jóvenes y no convertirse en un abuelo gruñón cargado de reconvenciones.

PREMIO CERVANTES

Mucho se ha hablado de Mendoza en estos días en los que ha recogido con un asombro verdadero ese premio Cervantes que todo el mundo esperaba para él, menos él mismo. Aunque sea porque es autor de dos de las grandes novelas en español del siglo XX, ‘La verdad sobre el caso Savolta’ y ‘La ciudad de los prodigios’, se ha ganado ese reconocimiento de sobras. También porque muy probablemente Mendoza sea el máximo exponente actual de esa tradición cervantina al que la actual literatura española parece haber dado la espalda. Bueno, bebe de Cervantes, pero también del severo Pio Baroja y del muy cachondo Jardiel Poncela, a los que habría reinvindicar más.

Pero a lo que vamos. Casi todos los escritores españoles de hoy reivindican el 'Quijote' y muy pocos se dejan arrastrar por sus enseñanzas. No es el caso de Mendoza. Con ese sentido común del que siempre ha hecho gala, él inventó su particular Quijote con ‘El misterio de la cripta embrujada’, primera de las cinco novelas ejemplares protagonizadas por el Loco, encarnación de la ‘rauxa’ catalana, y también su novela favorita, la que él seguramente salvaría de la quema.

ALMA GAMBERRA

En el discurso de aceptación del Cervantes, rebosante de fina ironía, lo expresó así: «Don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza. Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera. Por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el el mundo».

No hay que dejarse engañar. Es cierto que Mendoza parece un modelo de sensatez pero eso no es más que un disfraz. En el fondo es un alma gamberra, sigue siendo el chico crecido que todo lo aprendió en los tebeos. 

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