Sala de despiece

No te encariñes de un pulpo (si te lo vas a comer)

  • Para su infortunio, no tiene huesos y puede ser comido en su totalidad, lo que lo hace apetecible tanto desde el punto de vista comercial como del gastronómico

Unos tentáculos cocinados de pulpo.

Unos tentáculos cocinados de pulpo.

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Pau Arenós
Pau Arenós

Coordinador del canal Cata Mayor

Especialista en gastronomía

Escribe desde Barcelona

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Corte 1

Comencé a ver el documental 'Lo que el pulpo me enseñó' ('My octopus teacher') horas antes de que le dieran un Oscar, y con una idea secundaria rondando la cabeza: ¿sería capaz de volver a roer una pata después de esa inmersión con el hombre que se hizo amigo de una hembra?

Hay gente que, deslumbrada por la habilidad del ser cabezón, ha manifestado ya públicamente que nunca más atravesará esas carnes.

Se compara su inteligencia con la del perro y se quiere trasladar la sostenida y antigua relación del can con el humano a la imaginaria con el octópodo para evitar ponerlo al fuego; y aunque no dudo de las capacidades, es difícil asumirlo como animal de compañía.

Sería un gran negocio para los fabricantes de correas de paseo, con ocho posibilidades.

Si a la hora de matar animales el sentimiento es lo dominante, habría que comenzar con el caballo y seguir con el conejillo de indias. 

Disfruté del visionado sin éxtasis y algo escamado por el agotador protagonismo del narrador, buceador y documentalista Craig Foster, que concibió el trabajo también como manual de autoayuda submarina para salir de un bache vital. Las reflexiones sobre cómo retomar el rumbo de su existencia hacen que el pulpo, la legítima estrella, tarde en enseñar los brazos.

Corte 2

La mentirijilla que ahoga el metraje es dar a entender una relación íntima y solitaria con el invertebrado, como si no hubiera directores o cámaras que captan con gran competencia y emotividad el nexo dispar de dos extremidades contra ocho.

En las historias reales rodadas en selvas, mares o montañas sufro por la persona que el argumento escamotea y que debería ser el personaje principal: el individuo mudo que lleva la cámara, que padece lo mismo que el protagonista, va cargado con peso y tiene la responsabilidad de la épica y la belleza. Y nunca aparece, y si se le menciona es de pasada y con la discreta función del obrero.

Es tan extraordinario lo que cuenta 'Lo que el pulpo me enseñó' (¿'Mi amigo el pulpo'?) que me aleja de identificar al astuto cefalópodo –que diseña una construcción de conchas para ocultarse– de la masa hervida que a menudo tengo en la encimera.

Una imagen del documental 'Lo que el pulpo me enseñó', ganador de un Oscar.

/ El Periódico

Corte 3

La piel muta para adaptarse al entorno de un modo radical e inmediato e igual viste un brillante traje discotequero que uno oscuro de oficinista o que se mimetiza con las rocas y el bosque de algas del litoral surafricano que sale al aire libre para huir de un tiburón o que camina sobre dos patas o que se coloca a la manera de embudo o de jaula ciega sobre un cangrejo para atraparlo.

No olvidemos que es un depredador y que intenta zampar aquello al alcance de las ventosas. Como nosotros.

Lo que el pulpo me ha enseñado es que hay que embobarse con su destreza (puede desenroscar un bote: ¡quién tuviera ocho brazos para abrir uno de aceitunas!) y que es de imposible domesticación e inclusión en la sociedad de los humanos.

Para su infortunio, no tiene huesos y puede ser comido en su totalidad, lo que lo hace apetecible tanto desde el punto de vista comercial como del gastronómico. Diríamos que es el animal perfecto para el consumo.

Corte 4

'Á feira' (a la manera gallega, y viajera: gran parte llega de los caladeros marroquís), en empanada, a la brasa, seco al aire, guisado, en cebiche, arroz, 'coulant', 'takoyaki', con pasta, en ensalada, imitando unos callos (y unos torreznos)…

La versatilidad en vida es pareja a la adaptabilidad una vez muerto. Aunque sea un molusco, se puede pensar como carne y como pescado. Su grandeza es su condena.

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No, el documental no ha conseguido que deje de comerlo, pero sí que le tenga respeto, un cambio que ya comenzó con el libro 'Otras mentes' (Taurus), de Peter Godfrey-Smith.

La próxima receta será una elegía, y el deseo de que ningún 'kraken' aceche cuando volvamos a bañarnos en el mar.