Toma pan y moja

El abusón de camareros

  • Si existe el suplemento por usar la terraza, ¿por qué no puede haber uno por ser un auténtico gilipollas?

Un camarero recoge una mesa de una terraza de un restaurante del barrio de la Barceloneta. 

Un camarero recoge una mesa de una terraza de un restaurante del barrio de la Barceloneta.  / Efe / Quique Garcia

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Òscar Broc

El cretinismo no va acompañado de la discreción. A un cretino se le detecta con facilidad, se deja ver y oír, exhibe con orgullo sus carencias educacionales, emocionales, sexuales y de todo tipo. Además, el cretino, el miserable, el imbécil gusta de intoxicar a sus semejantes, de ahí que los lugares donde hay más gente sean su patio de recreo.  

Aeropuertos, festivales o playas, por ejemplo, atraen al cretino como las pizzas familiares al Miguel Bosé de la gira de 'Papito'. No obstante, es en los restaurantes y bares donde este bicho molesto, quién sabe si azuzado por la cafeína o los gintónics en copa balón, se exhibe con mayor ahínco y falta de prejuicios.  

¡Psst, psst!

El trato al camarero es el indicador más fiable. Solo por la forma de llamarle y dirigirse a él, detectarás en cuestión de segundos si el cliente es un perfecto cretino o no. Los que llaman al camarero como si fuera un cocker spaniel, los que le humillan para buscar el aplauso de sus palmeros, los que emiten órdenes como si hablaran con un esclavo, los que se ahorran el “buenos días” y el “gracias”, a esa escoria me refiero. 

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Además, por lo que dicta mi experiencia, los abusones de camareros, contra lo que muchos piensan, no son iletrados o delincuentes, en muchas ocasiones se trata de ‘señoros’ adinerados (y con pelazo efecto mojado), ávidos por sentirse poderosos a costa de un mileurista.

Suelen tratar al camarero como un bicho molesto, son más amables con su camello que con el incansable trabajador que les pone el café cada mañana, son lo peor de la sociedad y deberían pagar más por ello: si existe el suplemento por usar la terraza, no entiendo por qué no puede haber uno por ser un auténtico gilipollas.