Sala de despiece

Un buen chorizo picante (y embutidos con atajos)

Algunos fiambres llevan más aditivos que la gasolina de los coches de carreras

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Una tabla con chorizo picante Belloto.

Una tabla con chorizo picante Belloto. / P. A.

Corte 1

Con un ilusionante “viva el bocata de chorizo”, el cocinero David de Jorge me mandó un tubo rojo y picante endiabladamente bueno (nótese el juego infernal).

Era de la empresa Alejandro y lo habían bautizado con un aumentativo, Belloto, que podría ser también el nombre de un super héroe: 'Belloto reparte castañas'. El subtítulo era tentador y evocativo: 'chorizo extremo'. Si eso da nombre a un deporte de aventura, me apunto.

Corte 2

Tajado en finas rodajas, el cerdo sudaba: no me refiero a mí, aunque también se me humedeció la frente. Belloto tenía esa clase de grasa que viste el paladar de noche de fiesta.

Busqué la etiqueta para estar seguro de que no iba a morir: cerdo ibérico de bellota, pimentón, sal y especias. Y nada más. Y eso –la esencialidad– aparece como excepcional. Algunos fiambres llevan más aditivos que la gasolina de los coches de carreras.

Corte 3

Tengo la costumbre de leer las etiquetas de los alimentos: dan más miedo que una novela de Stephen King. Guardé una de un salchichón fabricado por una reputadísima casa con sede en Jabugo.

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Salchichón de bellota: carne de cerdo 100% ibérico, sal marina, dextrina, dextrosa, especias, antioxidante (ascorbato de sodio), potenciadores del sabor E-631 y E-627 y E-621, conservadores (nitrato de potasio y nitrito sódico), colorante (ácido carmínico).

Me sobran nueve añadidos. ¿No saben hacer un embutido con carne de cerdo, sal marina, especias y el aire de la localidad de Jabugo?

Hago un alto en los potenciadores de sabor, sobre todo, el E-621, el glutamato monosódico. ¿Tan poco se fían de su trabajo que necesitan añadir polvillos? Una chapuza, y un fraude moral.

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Corte 4

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