31 oct 2020

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Llegamos al millón de muertos y los negacionistas comparan la mascarilla con un calzoncillo

El Periódico

Llegamos al millón de muertos y los negacionistas comparan la mascarilla con un calzoncillo

Ya llevamos un millón de muertos por coronavirus en el mundo, y muchas, demasiadas personas, siguen hablando de engaño y continúan sin creerse que esto va en serio y que si no hacemos las cosas bien seguirán muriendo nuestros amigos, familiares o simples conciudadanos que merecían seguir con vida y que hemos puesto en riesgo por no seguir los consejos de los científicos.

Pero que si quieres arroz. Miles de manifestantes llenaron este sábado, al igual que el anterior, la conocida plaza londinense de Trafalgar Square para protestar contra las medidas restrictivas del gobierno británico.

Y lo mismo está ocurriendo en capitales como Berlín, Bruselas, Dublín y París, donde miles de personas se reunieron para denunciar que la pandemia es un engaño.

Son las teorías de la conspiración que llevamos tiempo escuchando y con las que parece que ni siquiera la dramática realidad puede.

Porque el mundo se ha llenado de historias que parecen nacer, crecer y desarrollarse a las mil maravillas en redes sociales como Facebook, y en las que se alerta sobre cosas tan sorprendentes como que con la vacuna nos instalarán un microchip para tenernos controlados, o que el SARS-CoV-2 es un arma biológica no se sabe muy bien si de los chinos o los americanos, o que los encierros son sólo una herramienta de opresión por parte de los gobiernos para mantenernos quietecitos, sumisos y callados, o que la culpa de todo la tiene el 5G...

Y así vamos asistiendo a la ceremonia de la sospecha que tiene el peligro de que cientos de miles de personas puedan negarse a que les pongan la vacuna, con el consiguiente riesgo que ello supone para los demás.

La última de los negacionistas va de mascarillas y es sólo tan sorprendente como muchas otras. Resulta que tienen la prueba de la ineficacia de las mascarillas y del engaño que suponen para la población:

- «Una mascarilla no puede evitar el contagio del coronavirus cuando ni siquiera es capaz de evitar que captemos el olor de las flatulencias».

Es una afirmación más de las muchas que se dicen, y que se suma a las de «no me deja respirar. Es incómoda. Me empaña las gafas. Me da mucho calor. Parece que me ahogo. Queda horrible...»
Y se quedan tan tranquilos.

Así que vamos a intentar explicar algo tan sencillo como la diferencia entre un virus como el SARS-CoV-2 y, con perdón, un pedo.

Y no vamos a hablar de mascarillas especiales, como las concebidas para la guerra biológica que tantas veces hemos visto llevar a los militares en películas de ciencia ficción.

Vamos a referirnos a una mascarilla quirúrgica (las azules que lleva la gran mayoría de la población, aunque también pueden ser blancas y de otros colores), e incluso a algunas de tela, siempre que cumplan los requisitos.

Para empezar, aunque ya es bastante sabido, vamos a recordar que con este tipo de mascarillas lo que buscamos es evitar que quien la lleva contagie a los demás, y no que se contagie él. Aunque también proporcionan protección para el que la usa.

Sabemos que el contagio se produce por las gotas de flugge, que son las gotitas de saliva que expulsamos al hablar, respirar, cantar, gritar... y que si una persona está infectada, aunque no lo sepa, cuando salen de su boca van cargadas de virus y lo llevan directamente a otras personas, o lo dejan en el ambiente (aerosoles), o se depositan sobre una superficie, para que otro lo recoja con riesgo grave de contagio.

Pues justo lo que hacen este tipo de mascarillas es frenar esas gotitas. Y esto se traduce en una reducción muy, pero que muy importante de la transmisión del virus.

Entendido esto, no queremos dejar de decir que llevarla con la nariz al aire, o en la barbilla, o en el codo, es una idiotez de personas que además demuestran ser muy insolidarias y que piensan muy poco en los demás.

Experimento que puede hacer usted en casa

Pero volvamos al 'último grito' de los negacionistas y su afirmación sobre la inutilidad de la mascarilla: «No pueden impedir que te contagies si no impiden que huelas una ventosidad».

La respuesta científica para desmontar esta afirmación es sencilla y fácilmente comprensible. La daremos más adelante.

Pero lo más fácil es una demostración empírica que cada uno puede hacer en su casa. Sólo para que le entre por los ojos.

- Póngase la mascarilla quirúrgica e intente apagar una cerilla soplando a través de ella. Por más que se acerque, y aunque la llama pueda llegar a moverse un poquito, no la apagará.
- Haga lo mismo con una mascarilla ffp2 o KN95 y verá que la llama ni se entera de sus esfuerzos.
- Incluso si sopla con una mascarilla de tela, homologada, no se inmutará la llama
- Ahora haga lo mismo con una camiseta de tela 100% algodón, o una prenda de ropa interior con la misma composición, y verá cómo la cerilla se apaga.
- Y también puede hacer el experimento con un pantalón vaquero. Verá que la llama se apaga o al menos se mueve bastante, dependiendo de su potencia en los pulmones.

Además, si alguna vez ha hecho el experimento de poner un mechero o una cerilla encendida a la salida de una flatulencia, con el pantalón puesto, verá cómo llega el gas e incluso se inflama. Aunque mejor no hacerlo, no se le vaya a incendiar el pantalón.

No es más que un experimento casero y visual, sin pretensiones.

Lo que dice la ciencia

La explicación científica es todavía mas sencilla. Un pedo, o una flatulencia, que suena más fino, es básicamente un 'gas' intestinal producido por nuestro estómago y que sale al exterior.

Si nos pusiésemos a analizarlo veríamos que está compuesto por muchas cosas diferentes. Pero si nos centramos sólo en las cosas que podemos oler, lo fundamental es el metano (CH4) con el dióxido de azufre (SO2). Una molécula que 'lleva' un átomo de azufre con dos de oxígeno. Muy similar a una molécula de agua (H2O) pero más grande.

Claro que nosotros no podemos ver su tamaño porque no tenemos gafas microscópicas. Pero sólo hace falta un poco de cultura para comprender la barbaridad del 'último grito' de los negacionistas.

Ninguna mascarilla tiene capacidad de frenar los olores, porque para lograrlo deberían frenar otras moléculas de parecido tamaño, como por ejemplo las de oxígeno. Y entonces nos ahogaríamos.

Vamos a comparar realmente:

El tamaño de las moléculas como el metano o el dióxido de azufre se mide en picómetros (10-12 metros). Un metro es un billón (1.000.000.000.000) de picómetros.

Por ejemplo, los diámetros atómicos del hidrógeno, del carbono o del azufre son respectivamente 53, 140 y 200 picómetros. El del metano es de 380 picómetros y el del dióxido de azufre 360 picómetros. Si midiésemos el SARS-CoV-2 en picómetros, tendría 140.000.

Pero esa comparación se queda corta, porque conviene recordar que el tamaño total (volumen) depende del cubo de la longitud. Para entenderlo, el tamaño de una persona que mide 1,80 metros, por ejemplo, no es una delgada línea de 180 centímetros, sino todo su cuerpo, con el volumen que tenga.

Así que, simplificando mucho, un coronavirus tendrá, aproximadamente, un volumen de cerca de 1.500 billones de picómetros cúbicos (concretamente 1.436.758.400.000.000 picómetros cúbicos), mientras que un átomo de azufre, apenas ocupará un volumen cercano al millón y medio de picómetros cúbicos (concretamente 1.436.758 picómetros cúbicos).

Sin duda un coronavirus es muy pequeño. Pero es unos 150 millones de veces más grande que un átomo como el de azufre. Y no cabe por los mismos sitios.

Así podríamos ir desmontando tantas afirmaciones sin sentido que estamos escuchando alrededor del coronavirus.