08 abr 2020

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    CRÓNICAS DE UNA OCUPACIÓN

    Ésta es la 'ville de...

    Josep Pernau

    Todo empezó a cambiar el día en que Samaranch dijo aquello de "a la ville de Barsalona". La ciudad no es la misma y nosotros tampoco. Antes a las niñas las inscribían en el Registro Civil con los nombres de Montserrat o Núria, Ahora les ponen Olimpia. Dentro de unos años las nenas aclararán: "Es que nací en julio de 1992". Los Juegos nos dejarán una Barcelona abierta al mar, las rondas de circunvalación, el Palau Sant Jordi y unas cuantas Olimpias, que celebrarán su onomástica el dia 25 de julio. Hemos cambiado. Antes habríamos acogido los beneficios de la lluvia como un regalo de la providencia. Ahóra nos aterra la posibilidad de que pueda llover.

    Culto al fuego

    No somos los mismos. Antes nos causaba pavor el fuego en esta época del año, porque podía poner en peligro nuestros bosques. Ahora le rendirnos culto, lo paseamos en procesión y el sumo sacerdote Maragall lo entroniza durante toda una noche en la sala gótica del Saló de Cent, donde la ciudad recibe a reyes y jefes de Estado. Debe haber dos clases de fuego: el fuego bastardo que prende de un encencedor o de una humilde caja de cerillas y el fuego que viene de los dioses del Olimpo, que se transmite de antorcha en antorcha y que mañana un arquero hará volar por los aires, como si bajara del cielo.

    Hasta las autoridades eclesiásticas han cambiado. En otra época habrían sentenciado que éste es un culto pagano y que tantos honores sóló los merece Dios. Ahora el cardenal Jubany escribe un artículo en La Vanguardia sobre los valores del olimpismo y el arzobispo Caries ofícia una misa por el éxito de los Juegos en la Sagrada Familia ante un millar de cámaras de vídeo sostenidas por japoneses. La próxima vez, en el próximo siglo, el arzobispo se revestirá de pontifical inspirado en Gaudí.

    En algo somos inalterables. Hay tensiones entre tres o cuatro banderas, con más o menos franjas rojas y amarillas, y con cruces y elementos estelares incorpora dos o no. Lucen de todas las maneras en los balcones. Pero como ha dicho Martí Jusmet, las banderas son lo de menos, lo peligroso son los palos que las sostienen. Dicen que nadie los esgrimirá, ahora que hay 170 banderas izadas en Barcelona y una de ellas impera sobre todas. Es de color blanco y luce cinco aros, por los que todos los nativos hemos de pasar.

    El alcalde Maragali nos pide que lo hagamos con una sonrisa. En la ciudad ocupada por los votos del fuego y del músculo ha decretado el estado de excepción. El alcalde nos pide que riamos y que seamos amables, que guardemos la mala uva y los gestos de emprenyament para después de los Juegos, cuando nos quedemos solos. Ahora nos está mirando media humanidad. Mañana nos verán más de 3.000 millones de hombres y mujeres de todo el mundo, y junto a nosotros, en la calle, en el metro, en el autobús, hay 15.000 atletas y el mísmo número de periodistas con el escapulario puesto.

    ¡Yolaaanda!

    En los hoteles de la Diagonal y en los trasatlánticos atracacados en el puerto están los vips, a los que atienden los representantes del yupísmo ilustrado, una clase que ha surgido en Barcelona durante estos últimos cinco años. En estos momentos Barcelona es la ciudad del mundo con más vips por kilómetro cuadrado. Y siguen llegando al aeropuerto, donde se les recibe con música. Llegan reyes y príncipes de verdad, y llegan reyes de la industria informática y de los refrescos, de las fotocopiadoras. Y están los miles de turistas anónimos, coleccionistas de Juegos Olímpicos y de grandes acontecimientos internacionales que establecen comparaciones con Seúl, con Los Ángeles, con Moscú, con Montreal y quién sabe si con Berlín.

    Mientras tanto, los indígenas, que somos anfitriones, nos sentimos un poco forasteros en nuestra propia ciudad, porque nos han cambiado nuestros hábitos. No podemos aparcar donde solíamos y los clientes de Yolanda, aquel travestido que vino de Pernambuco, han de irlo a buscar por la Zona Franca. "Yolaaaanda!"

    Maragall pide sonrisas ante nuestros ocupantes, y Jordi Pujol hace pedagogía, explicándoles qué es Catalunya y dónde está situada en el mapa. Muy didácticamente, les dice que tenemos mil años y que somos seis millones, en desayunos, almuerzos y cenos con invitados de postín. La sardana ha aunado ahora a los dos inquilinos de la plaza Sant Jaume. Se diría que se estaban vigilando. Puede ser que no se batan muchos récords del mundo en los estadios y en las piscinas. De momento, ya se inscribe en el Guiness el de la sardana más grande jamás bailada.