28 mar 2020

Ir a contenido

    CRÓNICAS DE UNA OCUPACIÓN

    Como un parto

    Josep Pernau

    La ciudad se despertó ayer con una sensación de alivio. Había sido como un parto. Se había cumplido bien el compromiso de una fiesta que presenciaron 3,500 millones de personas y era lo que importaba. Bien a gusto el viernes habrían salido a la calle a comentar sus impresiones con alguien. La alegría es mayor cuando se comparte con los demás y si de algo quedó insatisfecha la ciudadanía fue de comunicación. Pero eran ya más de las 11 de la noche y los ciudadanos tuvieron que esperar a la mañana de ayer para proclamar urbi et orbe su entusiasmo.

    No nos fiamos de nosotros

    No es que se desconfiara de la organización. Es que no nos fiamos de nosotros mismos. De ahí que muchas veces seamos hipercríticos. A los que tienen poder no les gusta esta postura, pero en el fondo la deberían agradecer. Por lo menos no nos desentemos de los asuntos públicos. Tal como ha ocurrido ahora. Los catalanes tenemos un gran sentido del ridículo colectivo y nos asustaba el compromiso de ahora. Un cierto fatalismo nos hace desconfiar siempre. Cuando nos queremos convencer de que som els millors, lo que pretendemos es ahuyentar nuestros propios fantasmas.

    La historia nos ha moldeado así y vivimos siempre en la ansiedad de que algo se puede truncar. Por nosotros mismos o por los hados adversos. De ahí los temores de la lluvia. El primer ministro portugués, que estaba en la tribuna, se trajo el anticlón de las Azores en el equipaje y todo salió rodado sobre la alfombra azul del estadio. Desde el sábado, os aguafiestas están escondidos.

    La vieja que runrunea cuando alguien en la casa se empeña en ver un partido de fútbol o de basket por la tele, y a la que estos días por culpa del Tour le han birlado un culebrón, también mostraba su entusiasmo. Igual que el sedentario que no ha pisado un estadio en su vida, que cree que es una ridiculez salir a la calle de calzón corto a practicar el footing y que nunca practicará otro deporteque el de la siesta. Nada saben de olimpismo, pero cinco años de persistencia machacona en los medios de comunicación les han llegado a convencer de que los Juegos Olímpicos son algo muy importante, que ven miles de millones de personas y han llegado a sentir como propio el compromiso que inicialmente pudieron creer que sólo era de Samaranch y Maragall.

    No de manera pública, sino confesada y contenida, se siente también satisfecho el elitista, el que hace cinco años dijo que pasaría de los Juegos, que le píllarían bien lejos estos días y que la huida sería a un lugar sombreado por señal televisiva. Sigue aquí y el sábado podía haber salido a cenar, para demostrar que nada le vincula afectivamente a los Juegos. Se lo habría agradecido el gremio de la restauración, en una noche en que los barceloneses se dividieron entre los que iban al estadio o los que se quedaban en casa, delante del televisor. Es lo que hizo el elitista. Por curiosidad crítica, eso sí.

    El gran mérito de la organización ha sido dar un sentido colectivo y una dimensión que podía presumirse que estaba destinado a los aficionados al deporte. Los ciudadanos han hecho suyos los Juegos y si desde los estamentos se felicita a Maragall, los barceloneses se felicitan entre sí. Paradógicamente, polémicas entre las diferentes administraciones pueden haber contribuido a crear este clima. Nadie se desinteresa de lo que importa.

    Maragall y Pujol, perdonados

    Era la medianoche y quedaba mucho público en las inimediaciones del Estadio. En una noche calurosa, la bajada de Montjuïc, entre masas de público, era agobiante, sobre todo porque tampoco se encontrarían muchas facilidades de transporte en plaza España. Pero las incomodidades se le perdonaban a Maragall y por una noche se le podía perdonar a Pujol que no se hubiera construido el metro. Se había salvado el compromiso y era lo que importaba. Medio mundo nos había estado mirando y habíamos aparecido guapos en las imágenes. Algo nos preocupa ahora. Es saber si seremos capaces de resistir tantas emociones. El triunfo del Barça en la Liga, la victoria también del Barça en la Eurocopa y ahora la ceremonia inaugural de los Juegos, en sólo algo más dos meses, es demasiado.

    Felicitaciones al alcalde

    Ayer por la mañana, el alcalde estaba exultante. Asistía a la recepción que la embajada japonesa en España ofrecía al príncipe heredero Naruhito en un hotel. Le habían felicitado la noche anterior en el estadio, al acabar la ceremonia, y le felicitaban ahora los que no lo habían hecho horas antes. Samaranch, presente en la recepción, aparentemente ausente, como lo están los dioses, se sentía igualmente felicitado. No se había equivocado. O no se habían equivocado los que escribieron en una papeleta el nombre de `Barsalona¿.

    "Hemos vendido imagen. Ahora ya pueden ir los castellers a montar sus torres humanas a Finlandia, los de la Fura del Baus a montar espectáculos a Nueva Zelanda y la música se ha ganado un lugar en Japón. Haber participado en la ceremonia es un aval." Lo dice Maragall, rebosante de satisfacción. Inicialmente, el alcalde se mostraba contrario a la presencia de los castellers. Aquí se entiende que las torres se derrumben y que puedan hacer llenya. Pero habría sido fatal que ocurriera en la fiesta. Precisamente por los castellers ha recibido muchas felicitaciones de representantes extranjeros. A su éxito le encuentra una explicación: se trata de un ejercicio atlético, que exige participantes de todas las edades, incluidos los de pelo canoso.