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IEFC, 54 años de historia

La escuela decana de fotografía de Barcelona encara una etapa ilusionante tras sortear su desaparición

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Prácticas en una de las asignaturas de fotografía de moda.

Prácticas en una de las asignaturas de fotografía de moda. / AITO RODERO / IEFC

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Carles Cols

Carles Cols

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Los libros de historia dicen que el Institut d’Estudis Fotogràfics de Catalunya (IEFC) nació en 1972, pero quizá sería más adecuado sostener que la semilla de esta prestigiosa academia que en este 2026 ha estado a un solo paso del precipicio se plantó mucho antes, en 1954, cuando Miquel Galmés, su fundador, ganó un concurso de dioramas pesebristas en Gràcia y se llevó la gran alegría de que el premio una Univex Winar, una cámara de prestaciones modestísimas que, lo que son las cosas, son hoy muy buscadas por los coleccionistas. Tenía solo 17 años y, por decirlo muy adecuadamente, aquello fue para Galmés como el fogonazo de un flash. Algo se iluminó en sus inquietudes interiores, tanto que, con 35 años, a principios del los grises años 70, fundó el IEFC, una escuela especializada en formar fotógrafos profesionales y, también, un centro con la misión de preservar colecciones de negativos antes de que terminaran en el vertedero. Todo ese legado ha estado, lo dicho, ha estado a un paso de echarse a perder, pero un acuerdo final a tres bandas felizmente lo ha evitado y la nueva dirección del instituto pide ayuda para que se sepa no solo que no cierra sus puertas, sino que su futuro parece especialmente prometedor.

Lo sucedido merece un breve resumen. La Escola Industrial ha comenzado un lento pero irreversible proceso de modernización de sus instalaciones, un proyecto fenomenal que, sin embargo, era una amenaza para el IEFC. La Diputación de Barcelona, en una suerte de mecenazgo digno de elogio, nunca le ha cobrado alquiler a este instituto desde su fundación. Los alumnos, unos 400 cada año en esta última etapa, han recibido clases en los bajos de uno de los edificios de la Escola Industrial, pero ese espacio forma parte del proyecto de reforma, así que la mudanza era inevitable. El problema, claro, es que encontrar un espacio equivalente en esa ciudad les obligaba a competir con Inditex, McDonald’s, Mercadona o cualquier otra firma con ganas de expandir su red de establecimientos en la ciudad, vamos, un imposible. Ahí entró en escena, como un salvavidas cuando el agua ya le llegaba al cuello a la dirección del IEFC, el Ayuntamiento de Barcelona, que ha decidido prestar el edificio de la Escola del Carme, en el 214 de la avenida de Madrid, para que tras unas obras de acondicionamiento imprescindibles pueda iniciar el curso 2027-2028 en esa nueva dirección postal.

Josep Maria de Llobet, director del IEFC, imparte una clase a los alumnos.

Josep Maria de Llobet, director del IEFC, imparte una clase a los alumnos. / JOAN RIBÓ / IEFC

La Diputación de Barcelona, con todo, no abandonará su función de santo protector del IEFC y se ha comprometido a que cuando finalicen los trabajos de reforma de la Escola Industrial, no antes de cinco o seis años, podrá regresar a ese recinto, quizá no al mismo lugar exacto, pero sí en algún otro edificio. Es un futuro interesante en ambos casos. En la Escola del Carme, porque así el IEFC tendrá por fin, que no es poca cosa, un rótulo con vistas a la calle que anuncie su existencia. Y en la futura Escola Industrial el futuro es luminoso porque el proyecto en curso prevé reconvertir ese espacio en una gigante ágora del barrio.

Trabajos de conservación de negativos de cristal de parte de la colección histórica del IEFC.

Trabajos de conservación de negativos de cristal de parte de la colección histórica del IEFC. / IEFC

El actual director del IEFC, Josep Maria de Llobet, respira ya tranquilo, aunque no del todo. Los meses de incertidumbre quizá han hecho dudar a posibles aspirantes a cursar estudios en este instituto, vamos, un contratiempo que llega después de la consabida pandemia y de la irrupción de las cámaras de notables prestaciones en cualquier teléfono móvil. Es por eso que De Llobet cree necesario recordar, por si es necesario, de dónde viene el IEFC. Galmés, el fundador, no solo tuvo entre sus empeños satisfacer las necesidades profesionales de su época, o sea, satisfacer la demanda del mercado de fotógrafos de moda, de prensa, de laboratorio…, sino que además fue un pionero en lo que después terminaría por ser una afición de no pocas personas, rescatar en los Encants negativos de cristal y de rollo clásico de cualquier formato. Con el tiempo y gracias a esa iniciativa, el IEF terminó por ser el destino de colecciones completas en las que se atesora parte de la historia de Barcelona, Catalunya y España en imágenes. Entre los 400.000 negativos de los fondos documentales despuntan, por ejemplo, los trabajos de Alejandro Merletti, la colección de Emili Godes, las más de 77.000 imágenes que en vida acumuló Lucien Roisin o la singular labor que desde 1880 se imprimió en la fototipia Thomas. Y hay mucho más.

Un taller de fotografía a cargo de Isabel Muñoz.

Un taller de fotografía a cargo de Isabel Muñoz. / JOAN RIBÓ

Otro argumento para felicitarse por esta suerte de resurrección en el último instante del IEFC es, según de Llobet, la notable lista de profesores que han impartido clases ahí y de alumnos que, una vez, terminados los estudios, su nombre y apellido ha cotizado al alza. Entre los primeros maestros de fotografía que dejaron huella destacan, por ejemplo, Manel Esclusa, Manolo Laguillo y, que se dice pronto, Joan Fontcuberta, pero a esa terna hay que añadir, en las dos categorías, a Sandra Balsells, Xavi Gordo, Eugeni Pons, Edu Ponces… Para la hermandad profesional del clic son todo ellos referentes en uno u otro campo, sin duda.

¿Tiene sentido, en cualquier caso, desear medio siglo más de vida al IEFC? La pregunta, claro, es simplemente retórica. Es cierto que en el pasado los fotógrafos fueron miraron con desdén la llegada la de la fotografía digital. La autenticidad, creyeron, no podía salir de ningún otro lugar que no fuera el laboratorio de revelado. Aquel error no se ha vuelto a cometer y, ahora, sin ir más lejos, el uso de la Inteligencia Artificial como fantasmal cámara con la que generar imágenes forma parte del temario de estudios. Quién lo iba a imaginar en 1954 cuando Galmés, gracias a su buena mano para composición de una escena e un diorama, se le abrió todo un mundo con una simple máquina de baquelita.