Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Hasta el 1 de noviembre

El Recinte Modernista de Sant Pau resucita en una expo Fontilles, la última leprosería de España

El recinto modernista de Sant Pau cumple 10 años de turismo sin estridencias

El Recinto Modernista de Sant Pau descubre ser dueño de una pinacoteca barroca que exhibirá a partir de otoño

El Hospital de Sant Pau recuerda, en su 625 cumpleaños, sus siglos de idilio con el Teatre Principal

Antonio García Belmar, a la derecha, mueve con ayuda la Mobylette que Antonio, un afilador, tuvo que dejar atrás cuando ingresó en el sanatorio de Fontilles.

Antonio García Belmar, a la derecha, mueve con ayuda la Mobylette que Antonio, un afilador, tuvo que dejar atrás cuando ingresó en el sanatorio de Fontilles. / Belén González

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Carles Cols

Carles Cols

Barcelona
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Ha elegido muy adecuadamente el Recinte Modernista de Sant Pau uno de sus pabellones más desvencijados, el del Carme, para rememorar en una exposición una de las enfermedades durante siglos más temibles, la lepra, no porque sea altamente contagiosa, que no lo es, y que tampoco es inevitablemente mortal, en absoluto, pero sí que fue terriblemente estigmatizante, tanto que en medio mundo se recluyó a los enfermos en lazaretos. De un tiempo a esta parte, el antiguo Sant Pau está emergiendo no solo como una visita a la fenomenal arquitectura de Lluís Domènech i Montaner, sino también como inesperado espacio de exposiciones de la ciudad, y en esta ocasión, más que el bacilo ‘Mycobacterium leprae’, el protagonista es el sanatorio alicantino de Fontilles, que durante tres cuartas partes del siglo XX fue el hogar de enfermos procedentes de toda España, entre ellos los últimos 20 leprosos que el 7 de enero de 1961, en contra de su voluntad, salieron en autocar de la leprosería barcelonesa de Can Masdeu con destino a aquella finca de Alicante.

Se llamaban Consol, Rosa, Ana, Julia, Cinta, Agustina, Francisca, Cristina, Vicent, Agustí, Manuel, Agustín, Ramon, Domingo, Manuel, Juan, José, Ángel, Alejandro y José. Poner aquí sus nombres tiene su importancia porque ‘Fontilles, la ciutat amagada’, comisariada por Antonio Garcia Belmar, es, sobre todo, un relato sobre las vidas de los pacientes, una historia en las antípodas del morbo, pero tampoco nada edulcorada. ¿Por qué entre las piezas que se exhiben hay una Mobylette? ¿Y una radio? Porque eran las pertenencias que los infectados dejaban atrás cuando cruzaban la puerta del lazareto, como Antonio, un afilador que se ganaba la vida con esa motocicleta (se puede decir, sí), tan mítica como el Seat 600. Es la original, hoy con los neumáticos deshinchados y la pintura descascarillada, igual que las paredes del pabellón del Carme, todo ello muy metafórico del aspecto que en ocasiones confería la lepra.

La radio es simbólica por otra razón. En Fontilles, los jesuitas, a cargo de aquel sanatorio en el que sanos y enfermos estaban arquitectónicamente separados, igual que hombres y mujeres, opinaban que la escaleta de la programación de las radios generalistas poco menos que la escribía el diablo. Cuando llegaron los leprosos de Barcelona, se les prohibió el uso de aquel aparato que había sido, claro, una de sus grandes compañías. Fontilles ofrecía a cambio un placebo, una emisora propia de radio que desde 1945 y a través de la megafonía radiaba programas adecuados a partir de mediodía, cuando de forma comunitaria invita a rezar el Angelus.

La exposición es, como sea dice ahora, inmersiva: invita a escuchar las voces de los residentes de Fontilles, que cuentan cómo era su vida cotidiana (“había mucho compañerismo y lo pasábamos muy bien, porque formábamos unas juergas… ¡Menudas juergas! El cura no se enteraba”, recuerda Emilia) o cómo fueron extirpados de la vida en sociedad cuando se supo la enfermedad que padecían, porque, tal y como cuenta una de las víctimas, cuando aparecían los primeros síntomas, para los vecinos serías siempre el leproso.

Era un estigma que el cine insistentemente recordaba. Un ejemplo conocido por todos era que en cada nueva versión que se rodaba de ‘Ben-Hur’, la madre y la hermana del protagonista terminan recluidas en el bíblico Valle de los Leprosos y, por cierto, solo consiguen sanar a través de un milagro.

El hallazgo de una cura para esta enfermedad no fue, evidentemente, milagroso, pero sí que se hizo esperar. Las fechas lo dicen todo. Los más destacados leprólogos del mundo celebraron un congreso internacional en Berlín en 1897 y fue allí donde sentenciaron que la mejor profilaxis posible era aislar a los enfermos en sanatorios, sin contacto directo con el resto del mundo. No fue hasta 1982 que la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio por eficaz una triple quimioterapia de rifampicina, clofazimina y dapsona para revertir esa dolencia. No fue por desdén que hubiera que esperar casi un siglo. El problema radicaba en que los investigadores tropezaron siempre con la misma piedra, la imposibilidad de ensayar con ratones u otros animales habituales en los laboratorios, como los chimpancés. Al final, la única especie conocida compatible con esa necesidad resultó ser la más inesperada, el armadillo, de ahí que entre las rarezas de la exposición despunte precisamente un ejemplar disecado. Sorprende a primera vista, pero tiene su razón de ser.

Un armadillo, crucial para hallar una cura de la enfermedd, y una radio, dos piezas estrechamente vinculadas a la historia de la lepra.

Un armadillo, crucial para hallar una cura de la enfermedad, y una radio, dos piezas estrechamente vinculadas a la historia de la lepra. / Belén González

Hasta el próximo 1 de noviembre, pues, el Recinto Modernista de Sant Pau rememorará la historia de Fontilles, pero implícitamente recordará también la historia de la lepra en Barcelona. Fue durante la segunda mitad del siglo XII cuando, entonces fuera de las murallas, se recluyó a los leprosos en el antiguo Hospital de Sant Llàtzer, en la actual plaza del Pedró. En 1401, aquel recinto pasó a formar parte del Hospital de la Sant Creu y los herederos de esta institución compraron en 1903 la finca de Can Masdeu, lejos del insalubre Raval, en Collserola, un lugar en el que los enfermos incluso podía tener su propio huerto personal. Hasta que en 1961, lo dicho, cerró sus puertas.

Suma así el Recinte Modernista de Sant Pau una nueva exposición en su trayectoria desde que en 2014 abrió sus puertas, restaurado, como visita cultural. En septiembre comenzará a exhibir su patrimonio de pintura barroca, algo también inesperado, pero quizá con la lepra haya encontrado un hilo narrativo muy interesante que dé pie a que, poco o mucho, supla la ausencia de la historia de la medicina en Catalunya. Quién sabe…

Suscríbete para seguir leyendo